La herencia del tacón rojo Capítulo 2 – Después de la foto #2
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Capítulo 2 – Después de la foto #2

—No mientas, comadre. Traes la mirada en otro planeta. ¿Quién es?

Diego lo fulminó con la mirada. —¿Qué te importa?

—Claro que me importa. Soy tu stage manager y tu amigo. Si vas a traer a alguien nuevo al backstage de tu corazón, mínimo avísame. No quiero que un vato de corbata nos venga a arruinar el show.

Diego rió, pero bajó la vista. Manu lo observó con seriedad, aunque su tono era juguetón. —Solo digo, mana, los de San Pedro son de mecha corta. Se emocionan fácil y se asustan más rápido. Tú vales mucho pa’ que un compa de traje te deje plantada en media canción.

—No sé si va a pasar algo —admitió Diego—. Nomás sé que… me miró distinto.

Manu levantó las cejas. —Ay, mana, esos son los peores. Los que miran distinto son los que más queman. Pero bueno, también a veces son los que valen la pena.

La Vane, que escuchaba desde la mesa de sonido, intervino con ironía. —Mira, mijo, si ese hombre regresa, asegúrate de que no te vea solo cuando brillas. Porque el maquillaje se quita, pero el hambre y la renta no.

Diego asintió en silencio. Guardó el abanico y volvió a ensayar, pero el recuerdo de la mirada de Mauricio seguía vivo, latiendo como una segunda música en la cabeza.

En medio de la rutina, escuchó el celular vibrar en la mesa de utilería. Lo revisó: un nuevo mensaje de Mauricio. “¿Ensayas todos los días?”

Diego sonrió, aunque nadie lo vio. Respondió rápido: “El escenario no perdona. Siempre hay que estar lista.”

Guardó el teléfono y volvió a bailar, ahora con un impulso distinto. El cuerpo le pesaba menos, como si el mensaje hubiera abierto un espacio de aire fresco en medio del sudor.

Esa misma tarde, Mauricio salió a caminar sin rumbo por el Barrio Antiguo.

No entró al club; solo pasó frente a la puerta cerrada de La Candela.

Se detuvo unos segundos, viendo el letrero apagado.

El contraste con San Pedro era abrumador: aquí las paredes estaban pintadas con grafitis, los bares abrían tarde, la gente caminaba con ropa informal.

Unos chavos reían sentados en la banqueta con una bocina portátil que escupía reguetón.

Mauricio respiró hondo. Sentía que cruzar esa calle era atravesar un espejo.

No se atrevió a entrar, pero su cuerpo sabía que volvería.

Mientras caminaba de regreso, pensó en lo que Paola había dicho en el desayuno.

No estás aquí. Y sí, ella tenía razón. Desde la foto, desde el primer show, desde el mensaje de Alma, sentía que ya no pertenecía del todo al mundo ordenado que lo rodeaba.

Una parte de sí mismo se había fugado hacia ese otro Monterrey que vivía de noche.

En la noche, Diego volvió a casa rendido. Lupita lo esperaba con pan dulce. —Parece que bailaste hasta con los demonios —dijo ella, viéndolo dejar los tacones en la mesa.

—Algo así —respondió él, riendo.

Se sentaron juntos a cenar. La televisión sonaba de fondo con un noticiero, pero ninguno prestaba atención. Lupita le pasó una servilleta y lo miró con ternura. —Hijo, lo único que te pido es que cuides tu corazón. El cuerpo se cura, pero el corazón tarda más.

Diego no respondió. Se limitó a mirar sus manos, aún marcadas por el maquillaje que no se borraba del todo. Pensó en el mensaje de Mauricio y en la posibilidad de que, tal vez, alguien sí lo viera completo: Diego y Alma al mismo tiempo.

Mientras tanto, Mauricio entraba al departamento en silencio.

Paola dormía ya, con una revista de bodas caída sobre el pecho.

Él se acercó, le quitó la revista y la acomodó en la cama.

La miró unos segundos, con un peso en la conciencia que no sabía explicar.

Se dirigió a su escritorio, encendió la lámpara y abrió la computadora, pero no para trabajar.

Abrió Instagram. Vio de nuevo las fotos de Alma, los comentarios, el brillo.

Suspiró. Se dio cuenta de que había empezado a vivir una vida en paralelo, escondida detrás de una pantalla.

Apagó la computadora, se recostó y cerró los ojos. Pero en su mente no estaba la imagen de Paola en su vestido beige, ni la cena familiar de San Pedro. Era Alma, con tacones rojos, mirándolo desde el escenario vacío.

El lunes amaneció con un cielo despejado, pero Mauricio lo sintió como un peso gris.

En la oficina de la acerera, las voces de sus compañeros se mezclaban con el ruido constante de teclados y llamadas.

Él fingía escuchar, pero su mente estaba en otro sitio.

Cada vez que abría el correo, sus ojos volvían al celular donde guardaba la foto con Alma.

Era como un recordatorio secreto en medio del mundo rígido de gráficos, presupuestos y reuniones.

En un momento de descanso, salió a la terraza a fumar, aunque no era fumador habitual.

Se encendió un cigarro con torpeza y lo sostuvo sin dar muchas caladas.

El humo le raspó la garganta, pero el ritual le daba excusa para estar solo.

Pensó en escribir de nuevo a Alma. Su dedo rozó la pantalla, pero se detuvo.

En San Pedro, los hombres como él no escribían a drag queens.

Esa era la voz que lo retenía, la de su padre, la de su entorno.

Pero la otra voz, más nueva, más intensa, lo empujaba: Ya entraste.

Un compañero abrió la puerta de la terraza. —¿Todo bien, jefe? —preguntó.

—Sí, sí, solo despejándome —respondió Mauricio, apagando el cigarro a medias.

El otro asintió y regresó. Mauricio se quedó unos segundos más, observando el humo diluirse en el aire. Le pareció que así era su vida: un humo que se disipaba, dividido en corrientes distintas.

En Escobedo, Diego limpiaba brochas en el pequeño lavabo de su cuarto. El agua salía con restos de pigmento rojo, azul, dorado. Cada brocha era una herramienta de guerra y de arte. El celular vibró sobre la cama: un nuevo mensaje directo. “No dejo de pensar en lo que hiciste en el escenario.”

Diego se sonrió. Respondió con calma:

“Eso fue solo un ensayo. Lo real apenas comienza.”

Después de enviar el mensaje, se dejó caer sobre la cama.

Miró el techo manchado de humedad y pensó en la ironía: mientras su cuarto se descascaraba, Alma era cada vez más luminosa en las redes.

Tal vez ese contraste era la verdad de su vida: un mundo que se sostenía con cinta adhesiva, y otro que brillaba bajo los reflectores.

La risa de Lupita llegó desde la cocina, acompañada por el sonido de una radio vieja.

Esa mezcla de lo cotidiano con lo extraordinario era lo que lo sostenía.

Por la tarde, Diego se reunió con Manu en el café donde a veces trabajaba de barista.

El lugar olía a espresso recién molido y a pan dulce.

Las paredes estaban decoradas con murales de colores vivos, mensajes pintados a mano como “La vida es corta, toma café largo”.

Manu lo saludó con un abrazo fuerte. —Mana, cuéntamelo todo. ¿Ya te escribió el príncipe azul o no?

Diego rodó los ojos. —No es príncipe ni azul. Es raro. No sé qué busca.

—Pues mira que si se mete a La Candela y sale vivo, mínimo curioso sí es. —Manu rió—. Pero ojo, mana, la curiosidad mata más que el shade.

Diego se encogió de hombros. —Es diferente. Me mira distinto.

Manu lo observó con gesto serio. —¿Y tú qué ves en él?

Diego no respondió al instante. Dio un sorbo a su café y miró por la ventana, hacia la calle polvorienta. —Veo… otra vida. Como si yo pudiera ser alguien más.

Manu chasqueó la lengua. —Nomás que no se te olvide que ser alguien más también cansa. Tú ya eres dos: Diego y Alma. Si sumas otra máscara, te me vas a perder.

—¿Y si no es otra máscara? —preguntó Diego—. ¿Y si solo me está viendo completo?

Manu lo miró en silencio unos segundos. Luego sonrió. —Si eso pasa, mana, pues agárrate. Porque alguien que te vea completo puede ser bendición… o terremoto.

Ambos rieron, pero en la mesa quedó un eco de seriedad. Diego tomó un panecillo del plato y lo partió en dos. El azúcar glas cayó sobre el mantel como si fueran restos de glitter. Se dio cuenta de que, incluso ahí, Alma lo acompañaba.

Esa noche, Paola organizó una cena en casa de sus padres.

Mauricio asistió, trajeado, con una botella de vino bajo el brazo.

Los saludos fueron cálidos, pero él sentía una presión extraña en el pecho.

Durante la comida, Paola habló de salones, de listas de invitados, de flores.

Su madre aportaba sugerencias, su padre asentía.

Mauricio sonreía, pero cada tanto miraba el celular escondido en el saco, esperando una vibración.

—¿Y ustedes cómo se conocieron? —preguntó el padre de Paola a Mauricio, con una sonrisa amable.

Mauricio relató la historia de la universidad, de las coincidencias en clases y reuniones. Paola lo miraba con ternura, pero él sentía que narraba un recuerdo prestado. Como si hablara de otra vida que ya no le pertenecía.

El menú era tradicional: cabrito, tortillas de harina, frijoles. El aroma llenaba el comedor. Mauricio masticaba con lentitud, como si cada bocado lo desconectara más de lo que sentía dentro. Las risas de la mesa le parecían ajenas.

Cuando la cena terminó, Paola lo acompañó a la puerta. —Hoy sí estuviste más callado que nunca —susurró, con una mirada entre triste y molesta.

—Estoy cansado —mintió Mauricio.

Ella lo besó en la mejilla y entró de nuevo.

Él se quedó unos segundos en la acera, mirando el cielo oscuro sobre San Pedro.

Le pareció que el Cerro de la Silla, iluminado a lo lejos, lo vigilaba como un juez.

El aire estaba cargado, y sintió que cada silencio de esa noche pesaba más que cualquier palabra.

En Escobedo, Diego recibía un mensaje más de Mauricio: “Quiero volver a verte. No en el club, fuera.”

Diego lo leyó con el corazón acelerado. Dudó antes de contestar. Finalmente escribió:

“Fuera del club soy otro. ¿De verdad quieres ver a Diego?”

La respuesta tardó unos minutos:

“Sí. Quiero ver a los dos.”