Capítulo 2 – Después de la foto
“En la selfie todas diosas, pero al día siguiente ni el filtro nos salva, mija.”
El amanecer en Monterrey llegó con un sol fuerte que atravesaba las cortinas de San Pedro y golpeaba con luz directa la habitual sobriedad del cuarto de Mauricio.
La sábana blanca estaba arrugada en la mitad de la cama, pero él ya llevaba un rato despierto, mirando el celular.
La pantalla mostraba una notificación fija: una nueva foto etiquetada en Instagram.
En ella aparecía él, con gesto torpe, junto a una drag queen de vestuario verde esmeralda y tacones rojos.
El letrero de La Candela brillaba al fondo como si fuera un testigo burlón.
El nombre de usuario resaltaba bajo la imagen: @almaviper.
Mauricio repasó la foto varias veces. En ella no parecía feliz, ni incómodo, ni siquiera consciente del flash. Solo estaba ahí, como atrapado en un instante que no había planeado. Lo que sí destacaba era Alma: sonrisa venenosa, abanico en mano, mirada directa a la cámara. Todo lo que él no era.
Pensó en borrarla de su perfil, pero había algo magnético en esa imagen.
La guardó en la carpeta privada y bloqueó la pantalla justo cuando escuchó pasos en el pasillo.
Paola apareció con bata ligera, sosteniendo una taza de café.
—Te despertaste temprano —comentó, sentándose al borde de la cama.
Le entregó la taza como un gesto de rutina. —Soñabas raro, te movías mucho.
—Sí, dormí inquieto —respondió él, bebiendo un sorbo. El café estaba fuerte, amargo.
Paola lo observó con atención. —Últimamente te noto distante. ¿Es el trabajo?
Mauricio se acomodó en la almohada y asintió, evitando profundizar. —El cierre de mes, ya sabes cómo es. Todo el tiempo números y pendientes.
Ella no insistió. Lo abrazó y salió de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, Mauricio desbloqueó de nuevo el celular y entró al perfil de Alma.
Vio más fotos: una con vestido plateado, otra con peluca rubia.
Los comentarios eran una mezcla de elogios, emojis de fuego y frases como “¡mana, te rifaste!” o “snatched!”.
Era un idioma paralelo que él apenas entendía, pero que lo atraía.
Dudó unos segundos y, contra su costumbre, pulsó seguir.
En Escobedo, Diego despertó con los ojos hinchados de cansancio.
La noche anterior había terminado el show pasada la una de la mañana, y después del desmaquillaje siempre quedaba esa sensación de piel cansada, como si el rostro hubiera cargado una máscara de hierro.
En la mesa lo esperaba una nota de Lupita: “Hijo, te dejé café y pan. Cuídate la voz.” La letra era firme, casi bordada en el papel.
Se sirvió una taza y revisó sus mensajes.
Una notificación en particular le llamó la atención: un nuevo seguidor en su cuenta.
El nombre era discreto, sin foto llamativa: @mauricio_g.
Diego arqueó una ceja. Recordaba al hombre de camisa blanca, nervioso entre las mesas, casi fuera de lugar.
“El curioso”, pensó. Revisó dos veces para asegurarse. No era común que gente así lo siguiera.
Sonrió de lado y dejó el celular en la mesa. No respondió, no dio like, no hizo nada. Sabía que en el juego de las redes, el silencio a veces decía más que un mensaje.
Al mediodía, Diego trabajaba en una mesa improvisada de su sala, delineando bocetos de maquillaje para la próxima presentación.
Usaba lápices de colores, sombras viejas y un cuaderno manchado de glitter.
En cada página aparecían ojos exagerados, labios gruesos, cejas filosas.
Era un taller silencioso donde Alma iba tomando forma incluso antes de pintarse.
Mientras dibujaba, recibió un mensaje directo: “Eres increíble. Anoche nunca había visto algo así.”
Diego lo leyó dos veces. La cuenta era la de Mauricio. Dudó un momento antes de responder. Finalmente escribió: “Ver es entrar. Ya entraste.”
En San Pedro, Mauricio sintió un golpe en el estómago al leer la respuesta.
El mensaje brillaba como si fuera un reto.
Se quedó con el celular en la mano, mirándolo en silencio.
Paola entró a la sala en ese instante, con un catálogo de flores para la boda.
—Mira estas —dijo, mostrándole la página—. Blancas, elegantes, nada exagerado.
Mauricio lo miró apenas. Asintió sin ver el catálogo.
Paola frunció el ceño, pero no insistió.
Había aprendido que forzar una conversación con él a veces era inútil.
Lo dejó con su celular y siguió con las páginas.
Mauricio esperó a que ella se alejara para volver a leer el mensaje de Alma.
Cada palabra le parecía un filo: Ver es entrar. Ya entraste.
Por la tarde, en La Candela, las luces estaban apagadas pero el escenario vibraba con el eco de los ensayos.
Manu ajustaba cables, La Vane daba instrucciones y Diego, aún en camiseta y shorts, repasaba pasos con los tacones puestos.
Cada golpe contra la madera sonaba como un tambor en el espacio vacío.
—Más arriba el brazo, mana —corrigió Manu desde la cabina—. Que se vea que quieres cortar el aire.
—Y mete cara —añadió La Vane—. El público no se enamora de las piernas, se enamora de la mirada.
Diego repitió el movimiento con más fuerza. El sudor le resbalaba por la frente y le quemaba los ojos. En medio del giro, se imaginó la cara de Mauricio mirándolo desde la barra. Una distracción mínima le hizo perder el equilibrio. Se rió de sí mismo y volvió a empezar.
—Ya te vi —dijo La Vane, acercándose—. Traes la cabeza en otra parte. ¿Quién es?
Diego negó con la cabeza. —Nadie.
—El nadie tiene nombre, siempre —respondió La Vane, palmeándole el hombro.
Diego no contestó. Se concentró en los pasos. El eco del tacón contra la madera se mezclaba con la voz de Alma en su mente, repitiendo en silencio: Ya entraste.
En la noche, Mauricio salió a cenar con Paola y los padres de ella.
El restaurante era uno de esos lugares de manteles blancos y copas brillantes, donde todo parecía calculado para exhibir elegancia.
Hablaron de flores, de salones, de costos.
Mauricio respondió en automático, con frases breves. Su mente estaba en otro sitio.
Paola lo notó. Lo estudió mientras hablaba con sus padres, mientras sonreía en los momentos adecuados. Había algo ausente en él, como si una parte estuviera apagada. No dijo nada, pero guardó la observación para sí misma. En San Pedro, los silencios también eran un lenguaje, y Paola sabía leerlos.
Esa noche, ya de regreso en casa, Mauricio revisó de nuevo el perfil de Alma.
Pasó los dedos por la pantalla como si pudiera tocar el brillo de las lentejuelas.
La foto en la que aparecían juntos seguía ahí, pública, iluminando lo que hasta ahora había sido secreto.
Se quedó un largo rato observándola, hasta que el cansancio lo obligó a dejar el celular en la mesa de noche.
Cerró los ojos, pero en la oscuridad volvió a escuchar la frase: Ver es entrar. Ya entraste.
El domingo amaneció lento en Escobedo. Diego había pasado la noche entre trazos de maquillaje y bocetos de vestuario, pero al abrir la ventana lo recibió un aire caliente, pesado.
Se sirvió un café y se sentó junto a Lupita, que ya estaba cosiendo en la mesa.
Ella levantó la vista y lo observó en silencio, como si supiera que algo le bullía en la cabeza.
—¿Traes cara de desvelo, hijo? —preguntó, sin dejar de guiar la aguja.
—No dormí bien. Estaba pensando en… cosas del show.
Lupita soltó una risa breve. —¿Cosas del show, o de alguien del show?
Diego parpadeó, sorprendido. —¿Cómo?
—Ay, hijo, no me quieras ver la cara. Yo sé cuando tu cabeza está ocupada. Nomás acuérdate de que uno no puede maquillarle la vida a los demás, ¿eh?
Diego sonrió y tomó un sorbo de café. No quiso dar más detalles. Pero en su mente apareció de inmediato la figura de Mauricio, con su camisa sobria, parado junto a la barra como si estuviera en un lugar prohibido.
En San Pedro, Mauricio desayunaba con Paola en la terraza. Ella hojeaba revistas de bodas mientras él trataba de leer el periódico. El sonido de las páginas era un escudo, pero Paola lo interrumpió:
—El padre quiere que vayamos a misa la próxima semana, juntos. Dice que así formalizamos más.
—Está bien —contestó Mauricio, sin levantar la mirada del papel.
Paola frunció los labios. —¿Me estás escuchando?
—Sí, claro —mintió él.
Ella suspiró. —A veces siento que hablo sola. No sé si es el trabajo o qué, pero… no estás aquí.
Mauricio dobló el periódico con calma. —Estoy aquí. Solo que traigo muchas cosas en la cabeza.
Paola no insistió, pero la duda quedó flotando en el aire. Mauricio, en cambio, volvió a mirar de reojo el celular. La notificación del mensaje de Alma seguía ahí, como un imán.
Por la tarde, en La Candela, el calor era sofocante incluso con los ventiladores encendidos.
Manu corría de un lado a otro ajustando cables.
La Vane, con bata ligera, repasaba la lista de canciones.
Diego, en shorts y camiseta, practicaba con los tacones puestos.
Los ensayos de domingo eran más largos porque se preparaban para la semana fuerte.
El club vacío tenía otro olor: trapeador húmedo, cerveza vieja en el piso, maquillaje en polvo. Las bombillas sobre el escenario vibraban con un zumbido bajo. Diego abrió el abanico y lo cerró de golpe; el chasquido retumbó en la sala vacía como un latigazo.
—Más ritmo, mana —gritó Manu desde la cabina—. El público no va a esperarte.
Diego giró con fuerza, abriendo el abanico en el tiempo justo. La tela roja cortó el aire como una espada. La Vane aplaudió. —Eso, mija. Así sí pareces reina, no estatua.
Diego, sudando, se dejó caer en el borde del escenario. Manu bajó y le ofreció una botella de agua. Se la entregó con una sonrisa ladeada. —Anda, hidrátate, que pareces pollo en rosticero.
—Estoy bien —respondió Diego, bebiendo a sorbos.