La herencia del tacón rojo Capítulo 1 – La caída del telón #3
4%

Capítulo 1 – La caída del telón #3

—¿Quién es? —preguntó Lupita desde la mesa—. Se te ve la sonrisa en la espalda.

—Trabajo, ma —dijo Diego, jugando.

—Ah, sí, trabajo —respondió ella—. La luz no se paga con likes.

Durmió a ratos.

Por la mañana, metió en la mochila lo necesario y los tacones rojos. Se despidió con un gesto y salió.

La Candela de día era otra. Sin público, sin humo, era un esqueleto amable. Mesas apiladas, escenario limpio, cortinas sin magia. El DJ probaba niveles. Manu, con gorra al revés, marcaba con cinta unas X en el piso.

—Hoy con cumbia antes del coro —dijo Manu—. La Vane quiere que entres con el abanico abajo y lo subas en “de tanto amor”. Y si rematas con split, cara de que no dolió. El público es cruel: entre más duele, más aplaude. Pero tú te bajas como si nada.

—Sí, directora —bromeó Diego.

—¿Los rojos?

—Siempre.

Se calzó los tacones y marcó la coreografía. Contó ocho. Codos en ángulo, abanico en semicírculo, estola cayendo con precisión. La Vane apareció con café y ojeras de madrina.

—A ver, mi amor —dijo—. Billete medio segundo menos y perfil izquierdo. ¿Estamos?

—Estamos.

En el descanso, Diego revisó el celular. Mauricio: “Hoy no alcanzo. Pero ‘ensayar es querer’ no se me quita. Si un día te invito un café, ¿me la explicas?” Diego sonrió. Escribió: “El café mejor en vasito de La Candela. Mañana estoy desde las ocho.” Cerró el chat sin emoji.

—¿Novio? —preguntó Manu, sin mirar.

—No. Un curioso.

—Los curiosos son peligrosos —canturreó Manu.

Diego guardó el celular. Subió al escenario. Marcó otra vez la entrada. Pensó en Lupita, en sus puntadas dobles. Pensó en La Vane, en su ojo clínico. Pensó en Mauricio, en ese mensaje breve. El cuarto quedó en silencio, olor a tela y pegamento. El día parecía aprender su ritmo.

La noche volvió a tender su manta sobre la ciudad.

Mauricio cenó con Paola en un lugar de luz dorada y manteles blancos; hablaron de fechas y salones.

—Estoy cansado —dijo él, verdad a medias.

Paola no empujó. Sonrió con ternura: “Descansa. Si te aburres, cambiamos protocolo por tacos”.

Se rieron. Hablaron de trabajo y familia.

Al despedirse, Paola le apretó la mano. Mauricio condujo de vuelta con la radio apagada.

En la casa, Mauricio se sirvió agua fría.

Abrió el celular. Había una historia nueva de Alma: camerino encendido, peluca rubia en primer plano, y el texto: “mañana a las 8, ensayo abierto (solo si respetan)”.

El corazón le dio un brinco leve. Escribió y borró.

Al final: “Si paso, llevo café.” La respuesta llegó pronto: “Pero del que hace sudar, no del que da sueño.” —Trato —respondió.

A las siete y cincuenta, estacionó lejos de La Candela. Compró dos cafés en un local de barra de cemento pulido; vasos blancos, tapas negras. Caminó las últimas cuadras con la sensación de entrar a una iglesia sin misa.

La puerta estaba entreabierta. Adentro olía a trapeador y cables.

La luz franca. No había público, solo trabajo.

Manu, en shorts y tenis, señalaba una lámpara.

La Vane, sin peluca, revisaba una libreta.

Alma apareció desde el camerino con camiseta blanca ancha metida en short negro y medias resistentes.

Sin peluca, parecía más alta de otra manera: la de quien no necesita lentejuela para sostener la mirada.

—¿El que hace sudar? —preguntó, extendiendo la mano.

—El que hace sudar —dijo Mauricio, entregándole el vaso.

—Gracias —dijo Alma, probándolo.

—¿Vienes de números? —preguntó La Vane, acercándose—. Aquí se pagan con respeto. Si te pegas a la pared y no tocas cables, te quedas. Y si te doy el abanico, es porque te lo ganaste.

—Entendido —dijo Mauricio.

—Yo soy Manu. Pégate aquí.

La mezcla cayó y el ensayo corrió. Sin tacones, Alma dibujó futuro sobre la madera. Sin la brillantez del show, cada gesto dejaba ver el armazón: dónde respirar, dónde dolía. A Mauricio le conmovió más que el truco. Reconoció en ese esfuerzo algo de su propio oficio: hacer que las cosas lleguen.

—¿De números? —preguntó Alma en la pausa.

—De rutas y entregas —dijo Mauricio—. Hago que las cosas lleguen.

—Yo hago que parezcan más grandes —dijo Alma—. Y a veces más verdaderas.

Manu gritó “¡desde el puente!” y Alma volvió al escenario. Cuando terminaron, la Vane se acercó y le dio un abanico rojo.

—Para que practiques —dijo—.

Alma sonrió. —Después de la foto —dijo—. Cuando toque.

En la puerta, no envió lo que pensó. En su lugar: “Gracias por dejarme ver.” Diego leyó sentada en el borde del escenario, con los tacones rojos en las manos como dos animales mansos.

Escribió: “Ver es entrar. Ya entraste.” Levantó la vista.

El neón apagado del letrero parecía un párpado que, en la noche, volvería a abrirse.

En San Pedro, unas campanas practicaban un repique.

Monterrey respiraba entre vitrales y neón, como si ambas luces fueran las dos caras de un mismo espejo.

Y los dos —Mauricio y Alma—, sin saberse narrados por nadie, ajustaron un poco su día para que, a su hora, cayera el telón. Nos vemos quizá mañana.