Capítulo 21
El caballito que no cuadra
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Me siento frente al falso Martín, con el vaso de agua entre los dos, en la mesa de la cocina, bajo la luz del fluorescente que parpadea.
Nacho, detrás, en el marco de la puerta de la cocina, escuchando, con las manos en los bolsillos, con la cara de quien no entiende pero confía.
Óscar, en el pasillo, vigilando la puerta, con el cuerpo tenso, con los ojos que van del chico a mí.
Y yo, sonriendo, fingiendo que creo, fingiendo que, por fin, lo encontré. Fingiendo que no veo lo que veo.
—Martín. ¿Te acuerdas del caballito de madera? ¿El que te regalé, la tarde antes de que desaparecieras, en el porche de la casa de Aldama, cuando papá lo tallaba?
El chico sonríe. Asiente, despacio, como quien recuerda, como quien saca de un cajón un recuerdo que le han dado. Como quien repite lo que le han contado.
—Claro que me acuerdo. Era un caballito. De madera. Lo talló papá. Con el cuchillo de pesca.
—Sí. ¿Y de qué color era?
El chico duda. Un segundo. Dos. Los ojos se le van, despacio, hacia la izquierda, hacia el punto donde la gente mira cuando busca, cuando inventa, cuando construye. Y, con una sonrisa que se le desliza un poco, que se le tuerce, que pierde, por un instante, la forma:
—Marrón. Era marrón. Como todos los caballitos de madera.
Marrón. El chico dice que el caballito era marrón.
Pero el caballito no era marrón. El caballito era de madera natural, sin pintar, con la veta de la madera a la vista, con el color claro de la madera recién tallada, con el olor de la madera nueva.
Mi padre no pintaba los juguetes. Mi padre los dejaba de madera, al natural, porque decía que la madera tenía su color, y que pintarla era tapar lo que era.
El caballito de mi hermano no era marrón.
Era de madera. Y, si este chico fuera mi hermano, lo sabría.
Lo sabría porque lo habría tenido en las manos.
Lo sabría porque lo habría olido. Lo sabría porque, la noche que cayó al agujero, llevaba el caballito en la mano, y el caballito era de madera, y la madera, al rozar el fondo de piedra, no se rompió, y alguien lo guardó, y ese alguien fue Magda, y el caballito, ahora, está en mi poder, en el dibujo, en la habitación cerrada, y este chico no sabe nada de eso.
Pero no reacciono. No le doy la cara. No le muestro que sé. Le sonrío. Sigo. Le doy cuerda. Le dejo que se hunda solo.
—¿Y cómo se llamaba el caballito? Le pusimos nombre, ¿te acuerdas? Estábamos en el porche, y papá lo tallaba, y nosotros le buscábamos nombre.
El chico traga. Piensa. Se le ve el trabajo detrás de los ojos, el trabajo de buscar, de recordar, de encontrar. Y, con una voz que ya no es tan segura, que ya no tiene la sonrisa fácil de antes:
—Relámpago. Se llamaba Relámpago.
Relámpago. El nombre correcto. Pero es un nombre que alguien podría haberle dicho.
Un nombre que Magda sabía. Un nombre que, si alguien leyó los cuadernos de Magda, si alguien los registró, si alguien los robó, podría saber.
El nombre no lo delata. El nombre es una verdad que se puede robar.
Pero el color, no. El color, no lo sabía nadie.
El color, solo lo sabíamos nosotros. Mi padre, mi hermano, yo.
Y Magda, que tenía el caballito. Pero Magda no le habría dicho a un desconocido el color de un caballito.
Porque Magda no le habría dado a un desconocido el caballito.
Porque el caballito estaba en la habitación cerrada, y, en la habitación cerrada, solo entraba Magda. Y yo.
—¿Y qué pasó con el caballito, Martín? ¿Lo perdiste?
—Se perdió. Aquella noche. En la playa. Se me cayó. No sé dónde.
Mentira. El caballito no se perdió en la playa.
El caballito no se cayó en la arena. El caballito estaba en la obra.
El caballito estaba con mi hermano cuando cayó a la cisterna.
El caballito estaba en la mano de mi hermano cuando Magda lo sacó.
El caballito lo guardó Magda durante dieciocho años, en una habitación cerrada, en un santuario.
El caballito está en mi poder, en el dibujo, en la foto.
Este chico no sabe dónde está el caballito.
Este chico no sabe qué era el caballito.
Este chico no sabe el color. Este chico no es mi hermano.
Me levanto. Despacio. Le miro. Y, con una voz que ya no es suave, que es fría, que es la voz de la mujer que limpia escenas de muerte y que ha aprendido a ver lo que la gente oculta, la voz que no tiembla:
—No eres mi hermano.
El chico deja de sonreír. La máscara se le cae, despacio, como un yeso que se desprende, como una piel que se arruga, como una mentira que se agota.
Me mira. Y, en sus ojos, ya no hay timidez.
Ya no hay sonrisa. Ya no hay chico bueno.
Hay algo distinto. Algo duro. Algo que no es un chico tímido que busca a su hermana.
Es un chico que ha venido a hacer un trabajo. Y que ha fallado.
—No. No soy tu hermano.
—¿Quién te envía?
—No lo sé. Un hombre. Por teléfono. No le vi la cara. Me pagó. Me pagó bien. Me dijo que viniera aquí, a este piso, a esta hora, que dijera que era tu hermano, que te convenciera. Que te llevara a un sitio.
—¿A qué sitio?
—No me lo dijo. Solo me dio una dirección, en un papel, para cuando te convenciera. Que te llevara allí. Que alguien recogería allí. No sé quién. No sé para qué. Solo me pagó para que te convenciera. Para que te creyeras que era tu hermano. Para que te fueras conmigo.
Leo. O Tomás. Alguien de los Morano. Alguien que quiere sacarme de aquí, llevarme a un sitio, lejos de Nacho, lejos de Óscar, lejos de la foto, y hacer desaparecer el problema.
El problema soy yo. Y el problema es que sé demasiado.
Y, si me llevan a un sitio, si me cogen sola, si me separan de lo que tengo, no salgo.
Como Magda. Como Magda, que murió sola, en una cama, sin que nadie supiera.
—¿Cómo sabías que yo estaba aquí, hoy, a esta hora?
—El hombre. Me mandó un mensaje esta mañana. «Está en el piso de la mujer, en Chamberí. Ve ahora. Está sola.» Él sabía que estabas aquí. Él te sigue. Él sabe cada paso que das.
Alguien me sigue. Alguien sabe que estoy aquí, ahora, en el piso de Magda.
Alguien sabe que vine en autobús, en tren, en metro.
Alguien sabe cada movimiento. Y ese alguien no es Óscar.
Ese alguien no es Nacho. Ese alguien es Leo, o alguien de Leo, y está cerca.
Muy cerca. Quizá en la puerta. Quizá en la escalera. Quizá, ahora mismo, subiendo.
—Vete. —Me levanto. Lo agarro del brazo, fuerte, con los dedos que le marcan la chaqueta.
Lo llevo a la puerta—. Vete. Y, si te vuelve a llamar, dile que no me encontraste.
Dile que no estaba. Dile que el piso estaba vacío.
Dile lo que quieras. Pero vete. Ahora. Y no vuelvas.
Y, si vuelves, si te envían otra vez, dile que sé quién eres.
Y que sé quién lo envía. Y que no me voy a parar.
El chico, asustado, con la máscara ya caída, con la cara del chico que ha fallado en su trabajo, sale.
Baja las escaleras corriendo, con los pasos que resuenan en el hueco de la escalera.
Y, cuando se va, cierro la puerta. Echo el cerrojo.
Me giro hacia Nacho y Óscar. Y, con una voz que me tiembla, a pesar de todo, a pesar de la frialdad:
—Tenemos que irnos. Ahora. Leo sabe que estoy aquí. Y, si sabe que estoy aquí, viene. Y, si viene, no salimos.
Nacho asiente. No pregunta. No duda. Coge la carpeta, los cuadernos, la foto de Daniel, el certificado.
Lo mete todo en una bolsa de lona, con manos rápidas, de archivero que sabe lo que vale el papel.
Óscar coge su mochila. Yo cojo la mochila con los cuadernos de Magda, el dibujo, el blíster.
Y, cuando abrimos la puerta para salir, oímos, desde abajo, en la calle, un coche que se para.
Y voces. Y pasos. Y pasos que suben las escaleras.
No salimos por la puerta. No podemos. Los pasos suben.
Vamos por la ventana de la cocina, a la escalera de incendios, con el hierro frío bajo los pies, abajo, al callejón.
Corremos. Los tres. Con lo que sabemos. Con la foto de mi hermano.
Con la verdad. Corremos por el callejón de Chamberí, con los pasos que resuenan detrás, con el corazón que nos estalla, con el miedo que nos pega a la espalda.
Y, mientras corremos, mientras doblamos la esquina, mientras Óscar me tira del brazo, mientras Nacho jadea, pienso: Leo sabe.
Leo sabe que sé. Leo sabe que no me lo ha creído.
Y Leo no va a parar hasta que yo calle. Para siempre.
Como Magda. Como Magda, que no paró. Que no se calló. Que murió por no callarse.
Y yo no me voy a callar. No. No después de haber llegado hasta aquí. No después de tener la foto. No después de saber que, en la sierra, hay un chico que es mi hermano. Y que alguien no quiere que lo encuentre.