La herencia del olvido Capítulo 20
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Capítulo 20

El que dijo ser Martín

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El mundo se para. Nacho y Óscar me miran.

Yo miro la puerta. Y, al otro lado, una voz que dice ser mi hermano.

Pero mi hermano está en la sierra. Mi hermano es Daniel.

Mi hermano no sabe que yo existo. Mi hermano no sabe que lo busco.

Mi hermano no sabe que estoy aquí, en el piso de Magda, en Madrid, a las doce del mediodía.

¿Cómo va a saberlo? ¿Cómo va a venir? ¿Cómo va a llamar a esta puerta y decir mi nombre?

—Nora. Abre. Soy Martín. He venido a buscarte.

La mano me tiembla en el pomo. El corazón me late en la garganta. Nacho me agarra el brazo, fuerte, con los dedos que me aprietan.

—No abras. No sabemos quién es.

—Es mi hermano.

—Tu hermano está en la sierra. Tu hermano no sabe que existes. Esa voz no es tu hermano. Alguien sabe que estás aquí. Alguien quiere entrar. Alguien que sabe tu nombre y el de tu hermano. Piensa, Nora. Piensa.

Pienso. Pienso, rápido, con el cerebro que no se para, con el cerebro que limpia escenas de muerte y que ha aprendido a ver lo que la gente oculta.

Mi hermano no sabe que existo. Mi hermano no sabe que lo busco.

Mi hermano no sabe que estoy en Madrid. Mi hermano no sabe que estoy en este piso.

Nadie sabe que estoy en este piso, excepto Nacho.

Y Óscar, que acaba de llegar. Y, si este chico fuera mi hermano, si fuera Martín, si fuera Daniel, no llamaría a la puerta del piso de Magda y no diría mi nombre.

No sabría que estoy aquí. No sabría que busco. No sabría nada.

Miro a Óscar. Óscar me sostiene la mirada, con los ojos oscuros, con la mandíbula apretada. Y, con voz baja, la voz del hombre que ha decidido:

—Voy a abrir. Y tú, detrás de mí. Nacho, en la cocina, con el teléfono. Si algo va mal, llamas a la policía. A la de verdad. A la de Madrid.

Óscar abre la puerta. Despacio. Y, en el rellano, hay un chico joven.

De unos veinticinco años, pelo oscuro, ojos oscuros, sonrisa tímida.

Vestido con una chaqueta vieja, de pinza, con una camisa limpia.

Con la mano levantada, como quien se rinde, como quien viene en paz.

Con la cara de un chico bueno. Con la cara de un chico que parece mi hermano.

—Hola, Nora. Soy Martín. Soy tu hermano. He venido a buscarte.

Lo miro. Y, durante un segundo, durante un segundo que me dura una vida, mi corazón se rompe de esperanza.

Es joven. Se parece a mi padre. Se parece a cómo sería mi hermano, a cómo me lo imaginaba, a cómo lo soñaba.

Y dice ser mi hermano. Y, durante un segundo, todo lo que he buscado durante dieciocho años, todo lo que he llorado, todo lo que he arriesgado, está delante de mí, en un rellano de Chamberí, con una sonrisa tímida.

Pero algo no cuadra. Algo pequeño. Algo que no sé nombrar. Algo que me pica, que me rasca, que me dice: no. No es él. No es tu hermano. Una voz en mi cabeza, la voz de Magda, que dice: no confíes en lo que recuerdes. No confíes en lo que te parezca. No confíes en lo que quieras creer.

—¿Martín? —Mi voz tiembla. Mi voz, que no tiembla nunca, que no tembló limpiando sangre, que no tembló leyendo el diario de Magda, tiembla ahora—. ¿De verdad eres tú?

—Sí. Soy yo. He sabido que me buscabas. He venido. He venido en cuanto he sabido.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Me lo dijo una mujer. Una mujer mayor. Antes de morir.

Magda. Magda le dijo a este chico que yo lo buscaba.

Pero Magda le dijo a Daniel. No a un desconocido.

Si este chico fuera Daniel, Magda le habría dado mi nombre y la dirección de Aldama, no esta.

Magda le habría dicho que buscara en el archivo.

Magda le habría dicho que Nacho le guardaría cosas.

Magda no le habría dicho que yo iba a venir al piso de Madrid, hoy, a las doce.

¿Cómo sabe este chico que estoy en el piso de Magda, en Madrid, ahora mismo, hoy?

—¿Cómo sabías que estaba aquí, en este piso, hoy?

El chico duda. Solo un segundo. Un parpadeo. Un movimiento de los ojos, a la izquierda, como quien busca la respuesta. Pero lo veo. Lo veo dudar. Lo veo inventar.

—Me lo dijo la mujer. Me dijo que vendrías aquí. Que viniera a buscarte.

Mentira. Magda no le habría dicho a un desconocido que yo iba a venir al piso, hoy, a las doce del mediodía.

Magda no podía saber que yo iba a venir hoy.

Yo misma no lo sabía hasta ayer, hasta que Nacho me mandó el mensaje.

Yo vine en autobús, en tren, en metro, sin avisar a nadie.

Nadie sabía que iba a estar aquí, hoy, a esta hora.

Nadie. Excepto Nacho. Y, ahora, Óscar. Y, si este chico lo sabe, si este chico sabe que estoy aquí, ahora, es porque alguien me sigue.

Alguien que sabe cada paso que doy. Alguien que no es Nacho.

Alguien que no es Óscar. Alguien que me vigila de cerca, que me lee los mensajes, que me sigue los movimientos.

Este chico no es mi hermano. Este chico es alguien que me ha seguido, que sabe dónde estoy, y que quiere que yo crea que es mi hermano.

Pero ¿por qué? ¿Quién le envía? ¿Leo? ¿Tomás? ¿Los Morano? ¿Qué quieren? ¿Quieren que yo crea que encontré a mi hermano? ¿Quieren que baje la guardia? ¿Quieren que deje de buscar? ¿Quieren llevarme a algún sitio?

Lo miro. Y, con una calma que no siento, con la calma de la mujer que limpia escenas de muerte, la que no se deja ver, le sonrío. Le sonrío como si le creyera. Le sonrío como si fuera mi hermano. Le sonrío como si, por fin, después de dieciocho años, lo hubiera encontrado.

—Pasa, Martín. Pasa. Estaba esperándote.

El chico entra. Se sienta en el sofá, en el sofá de Magda, con la sonrisa tímida, con las manos en las rodillas.

Y, mientras Nacho y Óscar me miran sin entender, sin saber qué hago, yo pienso, rápido, con el cerebro que no se para: este chico no es mi hermano.

Pero alguien quiere que yo crea que lo es.

Y, si alguien quiere que yo crea que este es mi hermano, es porque alguien quiere que yo deje de buscar.

Que yo crea que ya lo encontré. Que yo baje la guardia.

Que yo me relaje. Que yo confíe. Que yo me vaya con él.

Y, si alguien quiere que yo baje la guardia, es porque estoy cerca.

Muy cerca. De la verdad. De mi hermano. De Daniel.

Tan cerca que alguien tiene que plantarme un falso hermano en la puerta para que me detenga.

Y, si alguien tiene que detenerme, es porque voy por buen camino.

Es porque, en la sierra, en un pueblo, hay un chico que es mi hermano de verdad. Y alguien no quiere que lo encuentre.

Le doy un vaso de agua al falso Martín. Le sonrío.

Le hablo, con voz suave, con voz de hermana, con voz de quien, por fin, ha encontrado lo que buscaba.

Y, mientras le hablo, mientras le pregunto cosas, mientras le dejo que se relaje, que se crea que me ha engañado, pienso en la trampa.

En la única trampa que tengo. La que Magda me dejó, sin saberlo, en un dibujo de ceras. El caballito.

Y, con voz suave, le pregunto:

—Martín. ¿Te acuerdas del caballito de madera? ¿El que te regalé?

Y, en ese momento, empiezo a tenderle la trampa.