Capítulo 19
Lo que oculta Óscar
· · ·
Salir de Aldama sin que Leo lo sepa. Ese es el problema.
Leo me ha encontrado en el archivo. Leo sabe que estoy aquí.
Y, si salgo por la carretera, en la furgoneta del ayuntamiento, Leo me sigue.
Si cojo el autobús de la estación, Leo tiene ojos ahí.
Si voy andando por la carretera, Leo me alcanza antes de que llegue a la autovía.
Necesito una salida que Leo no espere. Una salida que no esté en ningún plano. Como la sala de Nacho.
Nacho me manda un mensaje, corto, mientras corre a Madrid: que coja el autobús de las cuatro de la mañana, el de los pescadores, el que sale del puerto antes de que amanezca, el que no lleva a turistas sino a hombres que huelen a mar y a redes.
Que no coja la furgoneta. Que deje la furgoneta delante de la pensión, aparcada, para que Leo crea que sigo ahí, dormida.
Que vaya al puerto a pie, por la playa, por las rocas, sin luces, sin teléfono, sin nada que me delate. Que suba al autobús y se esconda.
Lo hago. A las tres y media de la mañana, cuando Aldama duerme, cuando los faroles se apagan, cuando el mar es lo único que suena, salgo de la pensión por la puerta de atrás, la del callejón.
Llevo la mochila con lo justo: los cuadernos de Magda, el dibujo, el blíster de pastillas, el certificado de Daniel Salvatierra, el dinero que me queda.
Nada más. Dejo la furgoneta aparcada, como dijo Nacho.
Bajo a la playa por las rocas, con las zapatillas en la mano, con los pies descalzos en la arena mojada, fría, con el mar a un lado y el pueblo dormido al otro.
Camino. Camino sin mirar atrás, porque, si miro atrás, veo las ventanas de la pensión, y, si veo las ventanas, veo la sombra de Leo, y, si veo la sombra, no sigo. Y tengo que seguir.
Llego al puerto. El autobús de los pescadores está aparcado, viejo, verde, con olor a gasolina y a mar y a café.
El conductor, un hombre mayor con boina, no me mira.
Subo. Pago. Me siento atrás, en el último asiento, junto a la ventanilla.
Me escondo entre las bolsas de redes, los buzos, las cajas de plástico.
Los pescadores suben, uno a uno, callados, medio dormidos, y, cuando el autobús arranca, con el sol asomando por el horizonte, miro atrás y veo Aldama alejarse: el puerto, las casas blancas, la iglesia, y, arriba, en lo alto, la casa de los Morano.
Y pienso: voy a encontrar a mi hermano. O voy a morir intentándolo.
Pero no me quedo aquí. No me quedo para que Leo me cambie otra vez las pastillas.
No me quedo para que me encuentren muerta en una cama, como Magda. No.
Llego a Madrid a mediodía. Tres trenes después, con cambios en pueblos que no recuerdo, con el corazón en la boca cada vez que un coche oscuro pasaba por la estación.
Llego a Madrid, a la estación de Chamartín, y cojo el metro hasta Chamberí.
Subo las escaleras. La calle. El portal del piso de Magda.
El portal que ya conozco, que ya limpié, que ya dejé limpio y vacío.
Subo las escaleras, despacio, con la mochila a la espalda, con las piernas cansadas, con el miedo que no se va.
La puerta del piso de Magda está cerrada, con la cinta policial ya retirada, con la cerradura cambiada.
Pero Nacho me espera en el rellano, con la llave nueva en la mano.
Me abre. Y, nada más entrar, nada más oler el olor del piso, el olor de Magda, el olor que ya limpié y que, sin embargo, sigue aquí, me lleva a la cocina. A la nevera.
—Mira. —Nacho señala la nevera, con la mano que le tiembla, con la voz que le tiembla—. He mirado detrás del cajón de las verduras, como decía la nota. Y lo he encontrado.
Abre la nevera. Está vacía, limpia, sin comida, sin luz, con el zumbido que se apagó hace semanas.
Pero, en el fondo, detrás del cajón de las verduras, pegada con cinta de embalar al fondo de la nevera, hay algo.
Una cinta transparente que sujeta un sobre al metal frío.
Nacho saca una navaja. Corta la cinta. Cae un sobre.
Un sobre de plástico, cerrado, impermeable, con mi nombre escrito fuera, con la letra de Magda, con boli azul: «NORA».
Lo cojo. Me tiemblan las manos. Lo abro. Dentro, hay una hoja y una foto. La hoja, con la letra de Magda, pequeña, apretada, la de quien escribe con prisa y con miedo y con amor:
«Nora. Si has llegado aquí, yo ya no estoy.
Perdona que te guíe así, nota a nota, papel a papel, como un juego macabro.
No tenía otra forma de estar segura. Si lo hubiera escrito todo junto, en un solo sitio, alguien lo habría encontrado antes que tú.
Y te habría matado. Aquí tienes lo que necesitas para encontrar al chico.
No sé si es quien tú crees. No me atrevo a escribirlo.
No me atrevo ni a pensarlo. Solo sé que hay un joven, en un pueblo de la sierra, que trabaja en la casa del parque como guarda forestal.
Que se llama Daniel. Que lleva el apellido que alguien le puso hace dieciocho años.
Ve. Míralo. Y, si es él, lo sabrás. Y, si no es él, al menos lo habrás buscado.
Y, en cualquiera de los dos casos, habré hecho lo que pude.
Perdona que no pudiera más. Perdona que te deje sola al final. »
No sé si es quien tú crees. Magda no lo dice. Magda no se atreve. Magda escribe «no sé si es quien tú crees» y, con eso, me deja la duda y la esperanza y el miedo a la vez. La foto. La cojo. La vuelvo. Y, al verla, el suelo se abre bajo mis pies.
Es un chico joven, de unos veinticuatro años, en uniforme de guarda forestal, junto a un jeep verde, en un bosque de pinos.
Pero la cara está borrosa, difuminada, como si Magda hubiera pasado el dedo por encima de la foto, como si hubiera querido borrarla, como si no hubiera querido que yo lo supiera hasta que lo viera en persona.
Como si hubiera querido que la decisión fuera mía.
Solo se distinguen unos ojos oscuros, un pelo oscuro, una mandíbula joven, y, en la solapa del uniforme, una placa.
Una placa que, aunque la foto es pequeña, aunque está borrosa, puedo leer, porque Magda, con el dedo, dejó la placa intacta. D. SALVATIERRA.
Daniel Salvatierra. Un chico que Magda me manda a buscar.
Un chico que, según Magda, «no sé si es quien tú crees».
Un chico con el apellido del certificado falso que encontré en el archivo de Nacho.
Un chico que trabaja como guarda forestal en un pueblo de la sierra.
Un chico de la edad de mi hermano. Con el pelo de mi hermano.
Con los ojos de mi hermano. Con la cara borrosa, como si Magda no quisiera que lo supiera hasta que lo viera. Hasta que lo mirara. Hasta que supiera.
¿Es mi hermano? Magda no lo dice. Magda no se atreve. Magda solo me da una dirección, un nombre y una foto con la cara borrosa. Y me dice: ve, míralo, y lo sabrás. Y, si no es él, al menos lo habrás buscado.
Me dejo caer en la silla de la cocina, la misma silla donde me senté a limpiar, hace semanas, cuando entré aquí por primera vez.
Cierro los ojos. No sé si es él. No sé si, cuando llegue al pueblo de la sierra, encontraré a mi hermano, vivo, con otro nombre, con otra vida, o a un desconocido que no tiene nada que ver.
No sé si Magda me ha guiado hasta la verdad o hasta una última decepción.
Pero sé que tengo que ir. Que Magda me manda allí.
Que es lo último que me dejó. Que, si no voy, Magda habrá muerto en vano. Y yo no puedo con eso.
Nacho, a mi lado, no dice nada. Me deja pensar. Me deja llorar, en silencio, con la foto contra el pecho. Y, cuando levanto la cabeza, Nacho me mira y dice, con suavidad, con la voz del hombre que ha arriesgado todo por una maestra muerta:
—Nora. No estás sola. Yo te ayudo. Pero tenemos que ir ya. Si Leo descubre que estás en Madrid, si descubre que no estás en la pensión, vendrá. Y, si viene, no vamos a poder salir.
Y, en ese momento, alguien llama a la puerta del piso.
Nos quedamos paralizados. Los dos. Nacho me mira.
Yo miro a Nacho. El sonido del timbre, en el silencio del piso vacío, suena como una alarma.
Como una detonación. Nacho me hace un gesto, con la mano, con los ojos: silencio.
No hables. No te muevas. Va a la puerta.
Mira por la mirilla. Y, con cara de alivio y de sorpresa, de quien no se espera lo que ve, abre.
Es Óscar.
Óscar. Mi pareja. El hombre del que iba a huir.
El hombre al que le he mentido durante meses.
El hombre que, la última vez que lo vi, me dijo que se iba, que no podía más, que yo vivía en otro sitio, que no le dejaba entrar.
El hombre al que dejé. Óscar, aquí, en la puerta del piso de Magda, con una bolsa al hombro, con cara de preocupación, con los ojos que me buscan.
—Nora. —Me ve. Me cruza el pasillo con tres zancadas.
Me abraza. Me abraza fuerte, con los brazos que conozco, con el olor que conozco, con el pecho que conozco—.
Nora. Llevo días buscándote. No contestabas.
Tu hermano, el piso, no sabía... —Se detiene.
Me mira. Me tiene la cara entre las manos—.
Sé que me mentías. Sé que no era un viaje de trabajo.
Sé que llevas años buscando a tu hermano.
Y sé que estás aquí porque algo ha pasado.
—Traga—. He venido a ayudarte. Si me dejas.
Lo miro. Y, por un segundo, por un segundo largo, sospecho.
¿Cómo me ha encontrado? ¿Quién le ha dicho que estaba aquí, en este piso, hoy?
¿Es Óscar uno de los de Leo? ¿Es Óscar quien me cambia las pastillas?
¿Es Óscar el que me vigila, el que me sigue, el que sabe dónde estoy en cada momento?
¿Es Óscar el que registró mi habitación en la pensión?
¿Es Óscar, todo este tiempo, el enemigo?
Óscar ve mi cara. Ve mis ojos, que lo miran sin mirarlo, que lo miden, que lo calculan, que no confían. Y, con una tristeza que no finge, con la tristeza del que ve que el amor se ha roto, que la confianza se ha perdido:
—Nora. No soy yo. No soy yo quien te vigila.
No soy yo quien te hace daño. Yo solo iba a dejarte.
Iba a dejarte porque no me dejabas entrar, porque vivías en otro sitio, porque mentías, porque, cada noche, dormías a mi lado pero estabas en otro mundo.
Y, cuando he visto que habías venido a este piso, que era el piso que tú limpiabas, que era donde había muerto esa mujer, he venido.
Para ver si estabas bien. Para ver si te podía ayudar.
Para ver si, de una vez, me dejabas estar a tu lado.
—Me mira—. No soy tu enemigo, Nora. No lo soy. No lo he sido nunca.
Le creo. No sé por qué. No sé si es la voz, o el olor, o los años, o el cansancio.
Pero le creo. Óscar no es el villano. Óscar no es quien me cambia las pastillas.
Óscar no es quien me vigila. Óscar es un hombre al que yo he empujado a mentirme, a irse, porque yo no le dejaba entrar, porque yo vivía en el mundo de mi hermano muerto, porque yo no le dejaba ser parte de esto.
Óscar es un hombre bueno al que yo he tratado mal.
Y, ahora, aquí, en la cocina de una muerta, con una foto de un chico que puede ser mi hermano en la mano, Óscar está aquí para quedarse. Para ayudarme. Para no dejarme sola.
—Óscar. Magda me manda a buscar a un chico. Un chico que puede ser mi hermano. O puede que no. —Le enseño la foto, la cara borrosa, la placa con el nombre—. Está en la sierra. Y tengo que ir a verlo. Ahora. Antes de que Leo me encuentre.
Óscar mira la foto. Mira mi cara. Mira el piso vacío, la nevera abierta, a Nacho. Y, con una voz firme, decidida, la voz del hombre que, al fin, tiene un sitio donde estar:
—Pues vamos a buscarlo.
Y, en ese momento, llaman a la puerta otra vez. Pero esta vez no es un toque, no es un timbre. Es un golpe. Un golpe fuerte, con el puño, con urgencia. Y una voz, al otro lado, joven, que dice:
—Nora. Soy yo. Soy Martín. Tu hermano. Abre.