Capítulo 18
Lo que Leo no sabe que el lector sabe
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A la mañana siguiente, Nacho no ha vuelto.
No tengo noticias. El móvil no suena. El silencio me asusta más que las amenazas, porque las amenazas, al menos, me dicen que alguien está ahí, que alguien me vigila, que alguien me teme.
El silencio me dice que algo ha pasado. Que Nacho ha tenido un problema.
Que Leo lo ha encontrado. Que, en la nevera de Chamberí, no había nada. O que había algo, y alguien lo impidió.
Así que, cuando oigo llamar a la puerta del archivo, me agarro al dibujo, lo escondo bajo los cuadernos, y no respiro. Miro la puerta. La puerta vieja, de madera, con el cerrojo echado. Y, detrás, unos golpes. Suaves. Educados. Los golpes de quien no quiere romper, sino que le abran.
—Nora. Soy yo. Leo.
Leo. Fuera de la puerta. Yo, sola en el archivo, con un dibujo que lo señala, con un blíster de pastillas cambiadas en el bolsillo, con la verdad a medio hacer, y Leo llamando a la puerta. Leo, que mató a Magda. Leo, que me cambia las pastillas. Leo, que sabe dónde estoy. Leo, aquí.
No abro. No respiro. Pienso. ¿Cómo me ha encontrado? ¿Ha venido Nacho con él? ¿Ha seguido a Nacho hasta Madrid? ¿Ha seguido a Nacho de vuelta? ¿O alguien me ha visto entrar en el archivo, y se lo ha dicho?
—Nora. —La voz de Leo, suave, preocupada, la voz del hombre bueno que finge ser—. He visto tu furgoneta en la pensión. No has salido. La dueña dice que no has dormido allí. Me han dicho que estabas aquí, en el archivo, con Nacho. Necesito hablar contigo. Ábreme. Es importante.
Abro. No tengo otra opción. Si no abro, Leo sabrá que tengo algo que ocultar, que tengo miedo, que estoy escondida.
Y, si Leo sabe eso, mi vida vale menos. Un hombre que tiene miedo es un hombre que se puede romper.
Así que abro. Y sonrío. Y finjo. Y, al abrir, me descubro, por dentro, fría.
La fría que me ha salvado hasta ahora. La que limpia la sangre de los muertos sin llorar. La que no se deja ver. Esa.
—Leo. Perdona. Estaba revisando los planos. No te oí.
Leo entra. Mira la sala vieja, las estanterías, la lámpara, los cuadernos abiertos sobre la mesa.
No dice nada de los cuadernos. No pregunta.
Solo mira. Se sienta en una silla, despacio, con las manos en las rodillas, con la postura del hombre que va a confesar algo que le pesa.
Me mira. Y, con esa voz suya, la voz de hombre bueno, de hombre que ha sufrido, de hombre que carga con algo:
—Nora. Sé por qué estás aquí. Sé que buscas a tu hermano. Sé que crees que algo pasó en Aldama aquella noche. Y sé que crees que yo sé qué.
—¿Y tú qué sabes de aquella noche, Leo?
Leo baja la mirada. Se pasa la mano por la cara, despacio, con los dedos abiertos, con el gesto del hombre que no ha dormido. Y, con una voz que parece rota, que parece sincera, que parece, por un instante, real:
—Todo. Sé todo. Y es lo que llevo dieciocho años intentando olvidar. Sin poder.
Me siento enfrente, al otro lado de la mesa, con los cuadernos de Magda entre los dos, con el dibujo escondido debajo, con el corazón que me late en las sienes, en el cuello, en las muñecas.
Leo va a confesar. Leo va a decirme qué pasó.
Leo, el hombre que sonríe, va a decirme la verdad.
O la parte de la verdad que le conviene.
—Aquella noche, yo estaba en la obra. —No me mira.
Mira al suelo, al punto entre sus zapatos, como un niño que va a decir lo que hizo—.
Yo vi a tu hermano. Estaba en la cisterna.
Había caído. No se había ahogado. Había caído.
Y yo lo encontré. Estaba vivo, Nora. Vivo.
Lloraba. Tenía el caballito en la mano. Estaba asustado. Y yo...
—¿Y tú qué hiciste, Leo?
Leo traga. Se le ve la tensión en la mandíbula, en el cuello, en los nudillos blancos de las manos.
—Fui a buscar ayuda. Corrí. Busqué a alguien, a mi padre, a alguien que supiera qué hacer.
Pero, cuando volví, ya no estaba. El niño no estaba.
La cisterna estaba vacía. El caballito no estaba.
Nada. Y yo, durante dieciocho años, he creído que se había ahogado solo, que había salido y caído al mar, que era mi culpa por no haberlo sacado en el momento.
He vivido con eso. Dieciocho años. Cada noche.
Cada noche, Nora. Viendo su cara. Viendo el caballito.
Preguntándome qué habría pasado si hubiera bajado a sacarlo yo mismo, en lugar de correr a buscar a mi padre.
Leo dice que fue a buscar ayuda. Leo dice que, cuando volvió, el niño ya no estaba. Leo dice que creyó que mi hermano se había ahogado. Que se había ido. Que había salido y caído al mar.
Mentira. Leo no fue a buscar ayuda. Leo, según el diario de Magda, encontró al niño vivo y se fue.
Se fue, solo, dejando al niño en la cisterna, porque tenía miedo.
Miedo de su padre. Miedo de que lo culparan.
Miedo de que la obra ilegal se descubriera.
Leo dejó al niño. Y, cuando Leo se fue, Magda llegó.
Magda, que lo seguía, que oyó el llanto, que bajó. Y Magda...
No. No lo sé aún. No del todo. El diario de Magda, el capítulo del solar, se cortó antes de que Magda llegara al niño.
Magda escribió: «Avanzo hacia el llanto.
» Y, después, nada. El diario calla. Magda calla.
Lo que pasó después, si Magda lo sacó, si Magda lo dejó, si alguien más llegó, no lo sé. No lo sé todavía.
Pero lo que sí sé es lo que Leo me está contando no es lo que pasó.
Leo me cuenta una media verdad. La mitad verdadera: que estaba allí, que encontró al niño vivo.
La mitad falsa: que fue a buscar ayuda. Leo no fue a buscar ayuda.
Leo se fue. Leo dejó a un niño de seis años en un agujero, llorando, con el caballito, solo, en la noche, en una obra ilegal.
Y Leo, durante dieciocho años, se ha contado a sí mismo que fue a buscar ayuda, que hizo lo correcto, que no fue culpa suya.
Leo se ha creído su propia mentira. Y, ahora, me la cuenta a mí.
Y, lo más importante, lo que me da la ventaja: Leo no sabe que el niño vive.
Leo, ahora mismo, en esta silla, frente a mí, cree que mi hermano murió aquella noche.
Cree que se ahogó, que salió del agujero y cayó al mar, que el cuerpo nunca apareció porque el mar lo tragó.
Leo no sabe que Magda lo sacó. Leo no sabe que mi hermano está vivo, con otro nombre, en otro sitio.
Leo solo sabe que dejó a un niño en un agujero y que, cuando volvió, ya no estaba.
Y, con eso, se ha hecho un infierno privado durante dieciocho años.
Leo no sabe que el lector sabe más que él. Leo no sabe que yo, Nora, su enemiga, la mujer a la que cambia las pastillas, sé lo que él no sabe. Sé que el niño no murió. Sé que alguien lo sacó. Sé que alguien lo crió. Y sé que ese alguien fue Magda, la mujer que Leo mató.
Y eso me da una ventaja. Si Leo no sabe que el niño vive, Leo no está buscándolo.
Leo no sabe que existe Daniel Salvatierra.
Leo no sabe que, en una nevera de Chamberí, Magda dejó la última pieza.
Leo solo me sigue, me asusta, me cambia las pastillas, porque cree que voy a descubrir que él dejó morir a un niño hace dieciocho años.
No porque crea que voy a encontrar a mi hermano vivo.
Leo tiene miedo de su propia culpa. No de que yo encuentre la verdad.
Y, con eso, puedo jugar. Puedo tenderle una trampa. Puedo hacerle creer que busco una cosa cuando busco otra. Puedo usar su miedo contra él.
—Leo. —Lo miro. Le sostengo la mirada, sin parpadear, con la frialdad que me salva—. ¿Y si te dijera que mi hermano no murió aquella noche?
Leo levanta la cabeza. Me mira. Y, en sus ojos, veo algo que no esperaba ver.
Algo que no es miedo, ni rabia, ni cálculo.
Algo que es, simplemente, sorpresa. Sorpresa de verdad.
La sorpresa de alguien que oye algo que no se esperaba oír, que no se le había ocurrido, que le rompe, por dentro, la historia que se ha contado durante dieciocho años.
—¿Qué?
—¿Y si mi hermano no se ahogó? ¿Y si alguien lo sacó de la cisterna aquella noche, después de que tú te fueras? ¿Y si mi hermano está vivo, Leo? ¿Vivo, con otro nombre, en otro sitio?
Leo me mira un largo rato. Largo. Tanto que el silencio se hace pesado, denso, como el aire antes de la tormenta. Y, con una voz que ya no es suave, que es rota, que es casi un susurro, la voz de quien oye, por primera vez, que quizá no es un asesino:
—Nora. Si tu hermano está vivo, entonces yo no dejé morir a un niño. Y, si no dejé morir a un niño, entonces puedo dormir. —Traga. Se le ve la garganta moverse—. ¿Está vivo? ¿De verdad está vivo? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes seguro?
Y, en ese momento, no sé qué pensar. Porque Leo parece sincero.
Leo parece un hombre que, durante dieciocho años, ha creído que dejó morir a un niño, que cargó con la culpa, que no ha dormido.
Y, si mi hermano vive, Leo no es un asesino.
Leo es un cobarde. Un cobarde que dejó a un niño en un agujero por miedo a su padre, por miedo a la obra, por miedo a sí mismo.
Pero no un asesino. No del niño. No de eso.
Pero Leo mató a Magda. Leo le cambió la medicación.
Leo me cambia las pastillas. Leo está dispuesto a matarme para que no se sepa lo que hizo aquella noche.
Sea lo que sea que Leo sea, Leo es peligroso.
Y Leo, si descubre que el niño vive, si descubre que Magda lo salvó, si descubre que hay un Daniel Salvatierra, puede hacer algo peor.
Puede ir a buscarlo. Puede matarlo. Puede matar al testigo del único crimen que, hasta ahora, cree que no cometió.
—No lo sé, Leo. No sé si está vivo. —Me levanto. Lo miro desde arriba, con la frialdad—. Pero voy a averiguarlo. Y, cuando lo averigüe, te lo diré. Porque, si mi hermano está vivo, tú también mereces saberlo. Para que duermas. O para que no duermas nunca más.
Leo asiente, despacio. Se levanta. Se va, con la cabeza baja, con los hombros caídos, con el paso del hombre que acaba de oír algo que le cambia la vida. Y, cuando la puerta se cierra detrás de él, me quedo sola, en la sala vieja, con los cuadernos de Magda, con el dibujo, con el blíster, pensando.
Leo no sabe que el niño vive. Leo no sabe que Magda lo salvó. Leo solo sabe que dejó a un niño en un agujero y que cree que murió. Y eso, en algún sitio, lo hace humano. Lo hace, por un instante, casi digno de compasión. Casi.
Pero no lo redime. No redime el haber matado a Magda. No redime el haber querido matarme a mí. No redime el miedo con el que este pueblo ha vivido dieciocho años. No redime nada.
Y, mientras pienso eso, mi teléfono vibra. Un mensaje. De Nacho. Tres palabras:
«He encontrado algo. Ven.»
La nevera. Nacho abrió la nevera. Y encontró algo. La siguiente pieza. La que me lleva, quizá, a mi hermano.
Cierro los cuadernos. Guardo el dibujo. Escondo el blíster. Y salgo del archivo, hacia Madrid, hacia Nacho, hacia la nevera de Magda, hacia la verdad.