La herencia del olvido Capítulo 17
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Capítulo 17

El caballito de madera

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Nacho se va a Madrid. Yo me quedo en el archivo, escondida, con la lámpara y los cuadernos de Magda, con el certificado de un niño que no existía, con el blíster de pastillas cambiadas en el bolsillo.

No puedo dormir. No quiero dormir. No me atrevo.

Cada vez que cierro los ojos, veo a Leo en la puerta de la pensión, con su café y su sonrisa, y pienso: si me duermo, no despierto.

Así que no duermo. Hago lo que sé hacer cuando no puedo dormir: ordenar.

Repaso los cuadernos. Busco lo que no he leído.

Lo que Magda escondió entre las líneas, entre las páginas, entre lo que escribió y lo que no escribió.

Y, en el tercer cuaderno, entre dos páginas pegadas con cinta, encuentro un papel doblado que no había visto.

Un papel que no es de cuaderno. Un papel de niño.

Un papel arrugado, viejo, doblado en cuatro, pegado con cinta transparente a la página, como si Magda no quisiera que se perdiera. Un dibujo.

Me tiemblan las manos al despegarlo, al desplegarlo, al alisarlo sobre la mesa, bajo la lámpara.

Es un dibujo de ceras, viejo, descolorido, con los colores que se corren al pasar los años.

En el dibujo, hay un niño pequeño, de pelo oscuro, de pie junto a un agujero en el suelo.

Un agujero negro, redondo, con una línea en espiral que quiere decir que es profundo.

En el agujero, hay otro niño, más pequeño, con un caballito de madera en la mano.

Y, al lado, una figura alta, una mujer, con falda, con el pelo largo, que mira.

Que mira al niño del agujero. Que está ahí.

Que ve. En la esquina, con letra de niño, una palabra, escrita con cera azul: «MARTI».

Martín. Dibujó esto mi hermano. Mi hermano, a los seis años, dibujó un dibujo de un niño en un agujero, con un caballito, y una mujer que mira. Mi hermano dibujó, antes de desaparecer, lo que iba a pasarle. O lo que ya le había pasado. O lo que soñó. O lo que alguien le contó. O lo que vio.

Lo miro. Lo miro durante un rato largo. Y, entonces, veo algo más.

La mujer del dibujo. La figura alta, de falda, de pelo largo, que mira.

No reconozco a esa mujer. No es mi madre.

Mi madre era rubia, baja, con el pelo corto.

No es una vecina. No es una maestra que yo recuerde.

Es una mujer que mira, que está ahí, que ve al niño en el agujero.

Y, en el dibujo, la mujer no saca al niño del agujero. La mujer solo mira.

Magda. La mujer del dibujo es Magda. Mi hermano dibujó a Magda antes de desaparecer.

¿La vio? ¿Le habló? ¿Le dio el caballito?

¿Soñó con una mujer que lo miraba desde el borde del agujero?

No lo sé. Pero la mujer del dibujo tiene el pelo largo y la falda, y mira, y está ahí, y mi hermano la dibujó.

Y Magda guardó este dibujo durante dieciocho años, pegado a las páginas de su diario, como si fuera lo más valioso que tenía.

Pero hay algo más. Algo que me hace parar el corazón.

El caballito. El caballito del dibujo. El niño del agujero tiene un caballito en la mano.

Un caballito de madera, pequeño, con las patas.

El mismo caballito que Magda guardó en la habitación cerrada de su piso.

El caballito que yo le regalé a mi hermano la tarde antes de que desapareciera.

El caballito de madera que mi padre talló para mí, con su cuchillo de pesca, en el porche, mientras el sol se ponía, y que yo le di a Martín porque él me lo pidió, porque lo quería, porque era el mayor, y yo le dije: «Toma. Pero cuídalo. Que es mío.»

El caballito desapareció con mi hermano.

El caballito no estaba en la playa cuando lo buscaron.

El caballito no estaba entre sus cosas. El caballito se fue con Martín.

Y el caballito estaba en la habitación de Magda.

Y mi hermano lo dibujó en un papel que Magda guardó entre las páginas de su diario.

Magda tenía el caballito de mi hermano. Magda guardó el caballito de mi hermano durante dieciocho años, en una habitación cerrada, en un santuario que me dedicó a mí. Magda, que oyó llorar a un niño en la obra, que fue al solar, que tomó una decisión, que guardó todo para mí.

Me siento en el suelo, con el dibujo en las manos, con las ceras que se corren, con la letra de mi hermano, y lloro.

Lloro sin ruido, con los hombros temblando, con la boca abierta para que no se oiga.

Lloro porque, por primera vez, tengo una prueba.

Una prueba de que mi hermano no se ahogó en el mar.

Mi hermano estuvo en aquella obra. Mi hermano estuvo con el caballito.

Mi hermano dibujó a una mujer que lo miraba desde el borde del agujero.

Y esa mujer era Magda. Y Magda tenía el caballito.

Lo que significa que Magda estuvo con mi hermano después del agujero. Magda lo vio. Magda lo estuvo.

Y, si Magda estuvo con él después del agujero, mi hermano no murió en el mar. Mi hermano estaba vivo cuando salió de la obra. Y, si Magda lo sacó, y lo tuvo, y guardó su caballito... mi hermano puede seguir vivo. En algún sitio. Con otro nombre. Con otra vida.

Pero hay una cosa que no cuadra. El dibujo. La mujer del dibujo no saca al niño del agujero. La mujer solo mira. ¿Por qué? Si Magda salvó a mi hermano, ¿por qué mi hermano la dibujó mirando, sin sacarlo, sin tenderle la mano?

Quizá porque mi hermano no sabía que Magda lo iba a salvar.

Quizá porque, en el momento del dibujo, el niño seguía en el agujero, y la mujer, mirando, aún no había decidido.

Quizá porque mi hermano dibujó el instante en que la mujer llegó, antes de saber qué iba a hacer.

O quizá porque mi hermano dibujó lo que vio, y lo que vio fue a una mujer que miraba, y no supo más.

Porque, después de ese instante, alguien tapó el agujero.

O alguien se llevó al niño. O alguien decidió.

Y mi hermano ya no estaba ahí para verlo.

Vuelvo a mirar el dibujo. El niño del agujero.

El caballito. La mujer que mira. La letra: MARTI.

Y pienso: ¿qué vio mi hermano esa noche?

¿A quién vio? ¿Qué le contaron, o qué soñó, para que dibujara esto?

¿Y por qué Magda guardó este dibujo, durante dieciocho años, pegado a su diario, como si fuera la prueba de algo?

Y, sobre todo: ¿qué pasó después de que la mujer mirara? ¿Lo sacó? ¿Lo dejó? ¿O alguien más llegó, y la mujer se fue, y el niño se quedó, y otra persona decidió?

El dibujo no lo dice. El dibujo solo muestra un instante congelado: un niño en un agujero, un caballito, una mujer que mira.

Lo que pasó después, lo que decidió la mujer, lo que pasó con el niño, no está en el papel.

Está en los cuadernos. Y, en los cuadernos, Magda aún no lo ha escrito.

O no lo ha escrito donde yo pueda leerlo.

O lo guardó en la nevera, donde Nacho ahora está buscando.

Mi hermano dibujó a la mujer que lo miraba.

Y esa mujer guardó el dibujo, y el caballito, y todo lo demás, para mí.

Para que, dieciocho años después, yo lo encontrara.

Y supiera. Y buscara. Y, buscando, encontrara la verdad.

Magda. Magda, que esperó. Magda, que guardó. Magda, que murió por guardar. La mujer del dibujo. La mujer que miraba. La mujer que, quizá, salvó a mi hermano. O que, quizá, no pudo. No lo sé. Aún no lo sé. Pero voy a saberlo. Aunque me cueste la vida.