Capítulo 16
El sobrino de la nevera
· · ·
La sala secreta de Nacho es una habitación vieja, sin ventanas, con estanterías hasta el techo y un olor a papel viejo, a polvo, a tiempo que se ha parado.
El despacho que nadie conoce. Aquí es donde Nacho guarda lo que no puede guardar en el archivo público, donde los Morano tienen ojos, donde los concejales tienen manos.
Aquí es donde Nacho me lleva. Y aquí es donde, según Nacho, Magda dejó lo que no quiso escribir en los cuadernos.
—Magda venía aquí. —Nacho enciende una lámpara de mesa, que ilumina un círculo amarillo sobre una mesa de madera—.
Cuando vivía en Aldama, antes de irse a Madrid, venía aquí a buscar.
Y, cuando encontraba algo, lo guardaba. Me dejaba una copia.
Me decía: «Nacho, guarda esto. Para el día que alguien venga a preguntar.
» Y yo guardaba. Sin abrir. Sin leer. Sin preguntar.
Porque Magda era de las personas a las que no se les pregunta.
Magda era de las que saben lo que hacen.
Nacho abre un cajón, en la estantería del fondo.
Saca una carpeta. Vieja, de cartón, con el lomo escrito a mano, con la misma letra de maestra que ya conozco: «Para la que vendrá después.
» La misma frase. La misma frase que en el sobre.
La misma frase que en la nota. La frase de Magda.
La frase que me tiene a mí de destinataria. Me tiemblan las manos al cogerla.
—Abre. —Nacho se sienta enfrente, con la linterna apagada, con la lámpara entre los dos—. Y ten cuidado. Lo que vas a ver... Magda no lo dejó para asustarte. Lo dejó para que supieras.
Abro. Dentro, hay una sola hoja. Un impreso oficial, viejo, amarillento, con el membrete del Ayuntamiento de Aldama, con un sello, con una firma.
Es un certificado de empadronamiento. Un nombre: «Daniel Salvatierra Salcedo».
Fecha de nacimiento: el mismo año que mi hermano.
Lugar de nacimiento: Aldama. Fecha de empadronamiento: hace dieciocho años, tres meses después de la desaparición de Martín.
Daniel Salvatierra. Un nombre que no conozco.
Un chico nacido el mismo año que mi hermano, empadronado en Aldama tres meses después de que mi hermano desapareciera.
Y, en la esquina del impreso, una firma.
Una firma que reconozco. La firma de un concejal.
Y, debajo, un sello. Un sello del Registro Civil de Aldama, con una fecha.
Un sello que no debería estar ahí. Porque un empadronamiento no lleva sello del Registro Civil.
Lleva sello del ayuntamiento. El sello del Registro Civil, en un empadronamiento, es una anomalía.
Es una marca. Es una marca de alguien que quiso que el papel pareciera más oficial de lo que era.
O de alguien que quiso que el papel no pudiera cuestionarse.
Nacho me mira, con sus ojos de hombre que ha leído los papeles de toda una vida.
—¿Reconoces la firma?
—Es la firma de un concejal de hace dieciocho años. No me sé el nombre.
—Un concejal que era mano derecha de Tomás Morano.
El padre de Leo. Un concejal que, dos años después, fue detenido por falsificar documentos.
Por crear identidades. Por dar papeles a gente que no existía.
—Nacho se quita las gafas. Se frota los ojos—.
Magda me guardó esto. Un certificado de empadronamiento de un niño que no existía tres meses antes.
Un niño que aparece en Aldama, con un nombre nuevo, empadronado por un concejal corrupto, con un sello que no debería estar, justo después de que otro niño desapareciera en Aldama.
Justo después de que tu hermano desapareciera.
Miro el papel. Lo miro. Daniel Salvatierra.
Un chico que no existía. Un chico que aparece, con un nombre, con un papel, con un sello, tres meses después de que mi hermano se perdiera.
Un chico creado por un concejal corrupto vinculado a los Morano.
Un chico que, quizá, no es un chico. Un chico que, quizá, es un nombre nuevo para un niño que ya tenía nombre. Mi hermano.
Pero no lo sé. No lo sé. El papel no lo dice.
El papel solo dice que alguien, hace dieciocho años, creó a un niño llamado Daniel Salvatierra.
No dice que ese niño sea mi hermano. No dice que esté vivo.
No dice dónde está. Solo dice que existe un papel.
Y que Magda lo guardó. Y que Magda quería que yo lo viera.
—Nacho. ¿Magda creía que ese niño...? —No puedo terminar la frase. No quiero terminarla. Porque, si la termino, si digo «que ese niño es mi hermano», y no lo es, se me rompe algo dentro que ya no se puede reparar.
—Magda no creía. Magda no era de creer. Magda era de saber.
—Nacho me mira—. Magda sabía que alguien, hace dieciocho años, creó a un niño llamado Daniel Salvatierra, con un certificado, con un empadronamiento, con un sello que no debía, por un concejal corrupto.
Y Magda guardó el papel que lo demuestra.
Eso es lo que sé. Lo demás... lo demás, Magda no me lo dijo.
Magda guardaba cosas para ti. No para mí.
Daniel Salvatierra. Un chico que, quizá, es mi hermano.
O un chico que, quizá, es otro niño que no tiene nada que ver.
O un chico que, quizá, murió hace tiempo.
No lo sé. No lo sé. El papel es una pista, no una respuesta.
Es una puerta, no el final. Y, detrás de esa puerta, hay otra.
Y, detrás, otra. Magda me está guiando, nota a nota, papel a papel, hacia algo.
Algo que no quería escribir. Algo que solo se puede encontrar siguiendo su camino.
—Nacho. ¿Quién es Daniel Salvatierra? ¿Dónde está?
—No lo sé, Vega. Magda no me lo dijo. No me lo quiso decir.
Solo me dejó el papel. Y una cosa más. —Abre otro cajón.
Saca un sobre pequeño, amarillento, con la letra de Magda—.
Esto lo encontré hace años, entre las cosas de Magda, cuando ella me pidió que guardara la carpeta. Una nota suya. Solo dos líneas.
Abro el sobre. La letra de Magda, pequeña, apretada, la de quien escribe con prisa y con miedo:
«Si lees esto, yo ya no estoy. Hay algo que guardé para ti. No en este archivo. En mi piso, en Madrid. En la nevera. Detrás del cajón de las verduras. Ve cuando puedas. Y, cuando lo tengas, no vayas sola.»
En la nevera. Magda dejó algo en la nevera. La nevera de su piso. La nevera que yo no abrí, porque limpié el piso y no miré dentro, porque no se me ocurrió que una muerta pudiera dejar algo en una nevera. La nevera de Chamberí. La nevera que, ahora, es la siguiente puerta.
Me levanto. Me agarro a la mesa. El corazón me late en las sienes.
Magda dejó algo para mí en la nevera. Algo que no quiso dejar en el archivo, donde Nacho podía verlo.
Algo que solo debía encontrar yo. La última pieza.
O, quizá, no la última. Otra pieza más. Otra puerta más.
Magda me lleva, paso a paso, hacia algo.
Y yo no sé qué es. Solo sé que, si sigo, llego. Y, si llego, sabré.
—Nacho. Tengo que volver a Madrid. Tengo que ir a la nevera del piso de Magda.
—No. —Se levanta, rápido—. No puedes volver a Madrid.
Leo te espera en la carretera. Si sales de Aldama en coche, te paran.
Si vas en autobús, te siguen. Leo tiene ojos en la carretera, en la estación, en el pueblo entero.
Si sales, te encuentra. —Me coge del brazo—.
Yo voy a Madrid. Yo abro la nevera. Yo te traigo lo que haya.
Tú quédate aquí. Esconde. No salgas. No abras a nadie. Espera. Espera a que yo vuelva.
—Nacho. No puedo quedarme aquí. No puedo. Si me quedo, si Leo me encuentra, si me cambia otra vez las pastillas...
—No te va a encontrar. Nadie sabe que estás aquí. Esta sala no existe en ningún plano. Nadie baja aquí. Nadie sabe que está. Tú quédate. Cierra la puerta. Echa el cerrojo. Y espera. Yo vuelvo en unas horas. Con lo que haya en la nevera. Y, con eso, sabremos qué hacer.
Y, mientras Nacho coge su chaqueta, sus llaves, su linterna, y sale del archivo hacia Madrid, hacia la nevera de Magda, hacia la siguiente pieza, yo me quedo en la sala vieja, sentada en el suelo, con la espalda en la estantería, con el certificado de empadronamiento de un niño que no existía en la mano, y pienso.
Alguien creó a un niño llamado Daniel Salvatierra hace dieciocho años, justo cuando mi hermano desaparecía.
Y Magda lo sabía. Y Magda me está guiando, nota a nota, papel a papel, hacia la última pieza.
Y alguien mató a esa mujer para que yo no la encontrara.
Y alguien está dispuesto a matarme a mí por la misma razón.
Y, en la nevera de Chamberí, quizá, está la respuesta. O, quizá, otra pregunta más. No lo sé. Solo sé que Magda no murió sola. Magda murió con un plan. Y ese plan soy yo. Y no voy a fallarle.