La herencia del olvido Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo que no murió solo

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No tomo las pastillas. Evidentemente. Las guardo en el bolsillo, el blíster entero, las que cambiaron, y, en el fondo de la mochila, el blíster viejo que empecé la semana pasada, con dos pastillas que ya no son iguales a las nuevas.

Prueba. Tengo prueba de que alguien ha entrado en mi habitación y ha cambiado mi medicación.

Y, si Magda murió así, yo puedo morir así.

Y, si tengo la prueba, tengo una baza. La única que tengo.

Me siento en el borde de la cama, en la oscuridad, porque no me atrevo a encender la luz, porque, si alguien mira desde la calle, verá que estoy despierta, y, si ve que estoy despierta, sabrá que me he dado cuenta.

Y, si me he dado cuenta, puede que venga.

Antes de que me vaya yo. Así que me siento en la oscuridad, con el blíster en la mano, y pienso.

El corazón me va demasiado rápido. Magda fue asesinada.

Leo cambió la medicación de Magda durante semanas, hasta que murió de un fallo cardíaco que pareció natural.

Y ahora, alguien hace lo mismo conmigo. Alguien que tiene acceso a mi habitación.

Alguien que sabe que estoy aquí. Alguien que, si muero de un fallo, parecerá que me puse mala en un pueblo extraño, y nadie preguntará.

Necesito salir de la pensión. Necesito ir a un sitio donde Leo no me encuentre.

Pero no puedo ir a la policía. Bea me ha dicho que me vaya.

Y, si Bea está con Leo, ir a la policía es firmar mi sentencia.

Y, si Bea no está con Leo, sino asustada, denunciar pondrá en alerta a Leo.

Y Leo, alerta, mata. Ya lo hizo con Magda.

Nacho. El archivero. Nacho, que odia a los Morano, que perdió su tierra por ellos, que me dio los planos, que me dijo que le contara lo que encontrara.

Nacho es el único de este pueblo en quien puedo confiar.

El único que no tiene miedo. O, al menos, el único cuyo miedo es menor que su odio.

Y, a veces, el odio es más fiable que el amor.

Espero a que anochezca. Espero a que las luces del pueblo se apaguen, a que la dueña de la pensión cierre la puerta de su piso, a que la calle se quede vacía.

Y, entonces, salgo. Por la puerta de atrás, la que da al callejón, sin encender la luz, sin hacer ruido, con las zapatillas puestas, con la mochila a la espalda, con el blíster en el bolsillo.

Camino por las calles oscuras, pegada a las paredes, pegada a las sombras, hasta el archivo.

La luz de Nacho sigue encendida. La ventana del sótano, a pie de calle, con el fluorescente que parpadea.

Llamo a la puerta. Tres golpes. Pausa. Dos golpes.

La señal que acordamos sin acordar, la que dos personas que tienen miedo usan sin saberlo.

Nacho abre. Me ve la cara. Y no pregunta. No dice «¿qué haces aquí?», ni «¿qué te ha pasado?», ni «¿qué hora es?». Me hace pasar. Cierra. Echa el cerrojo. Y, con una voz que no es de sorpresa, que es de miedo:

—Venga. Pasa. Siéntate. Dime.

—Magda fue asesinada.

Nacho no se inmuta. No se sorprende. No se asusta.

Me mira. Se sienta, despacio, en la silla de madera, junto a la mesa de trabajo.

Se quita las gafas. Las limpia con el borde de la camisa, despacio, como quien reza.

Se las pone. Y, con una voz que no es de sorpresa, que es de tristeza, la tristeza del que esperaba algo y, al fin, llega:

—Lo sé.

—¿Lo sabías?

—Sospechaba. Magda no estaba bien. Tomaba pastillas para el corazón.

Digoxina. Y, la última vez que la vi, hacía meses, estaba más cansada.

Más asustada. Más pequeña. Me dijo, una vez, que tenía miedo de morir antes de poder arreglar algo.

No me quiso decir qué. Solo me dijo: «Nacho, si algún día alguien viene a preguntar por el niño, dile que venga a mí.

Que yo lo sé.» Y yo le dije: «Magda, ¿qué sabes?

» Y ella no respondió. Solo me miró. Y, en su mirada, vi el miedo.

El miedo de quien sabe algo que, si lo dice, la mata.

—Leo la mató. Le cambió la medicación del corazón. Durante semanas. Hasta que murió de un fallo que pareció natural. Y a mí me ha cambiado las pastillas para dormir. Mira.

Le enseño el blíster. Nacho lo coge. Lo mira de cerca. Lo huele. Lo gira. Lo mira al trasluz. Y, con una cara de asco, la cara de quien entiende, de golpe, lo que está pasando:

—Esto no es pastilla para dormir. Esto parece digoxina.

Medicación del corazón. En dosis alta, te para el pulso.

Si te tomas una de estas pensando que es para dormir, no despiertas.

Y, si te mueres, pareces que has tenido un infarto.

Sin marca. Sin veneno. Sin huellas. Sin que nadie investigue.

Igual que Magda. Igual que Magda, que murió de un fallo que nadie quiso mirar.

Me siento. Las piernas no me sostienen. Me dejo caer en la silla de enfrente.

Alguien ha sustituido mis pastillas para dormir por pastillas del corazón, en dosis alta, para matarme de un modo que parezca natural.

Igual que mataron a Magda. Igual que mataron a la única persona que sabía dónde está mi hermano.

—Nacho. Tengo que salir de Aldama. Pero no puedo irme sin saber qué le pasó a mi hermano. Magda lo sabía. Magda escribió que el niño no está donde todos lo buscan. Que ella sabe dónde está. Pero no lo dice en los diarios. No todavía. No del todo.

Nacho me mira. Y, con esa calma suya, la calma del archivero que lo ha leído todo, que lo ha guardado todo, que ha esperado, durante años, a que alguien viniera a preguntar:

—Magda no lo escribió todo en los diarios.

Magda guardó cosas. En el registro civil.

En el archivo municipal. En sitios donde no se pueden perder.

Magda era maestra. Magda sabía que, si escribía todo en un cuaderno, alguien podía quemar el cuaderno.

Robarlo. Perderlo. Por eso guardó en sitios donde no se puede quemar.

En sitios oficiales. En sitios que, si alguien los toca, deja huella.

—¿Qué guardó?

—No lo sé. Pero sé dónde buscar. —Se levanta, con la energía de quien, al fin, tiene un motivo—. Ven. Tenemos que buscar lo que Magda guardó en el archivo. Ahora. Antes de que Leo descubra que no estás en la pensión. Antes de que venga a buscarte.

Y, mientras Nacho coge una linterna y abre una puerta trasera del archivo, una puerta que no sabía que existía, una puerta que da a un pasillo subterráneo, húmedo, con olor a tierra, que baja, que baja, que baja, pienso: Magda no murió sola.

Magda murió con un plan. Y ese plan soy yo.

Y, si no lo sigo, si no lo termino, habré fallado a la única persona que, durante dieciocho años, supo dónde estaba mi hermano. Y la habré dejado morir en vano.

No. No voy a dejarla morir en vano. No voy a fallarle a Magda. No a ella. Bajamos por el pasillo. La linterna de Nacho ilumina las paredes de piedra, el suelo mojado, las raíces que se cuelan. Y, al final, una puerta. Una puerta vieja, de madera, con un candado. Nacho lo abre. Y, detrás, una sala.

La sala secreta de Nacho. Donde guardó, durante años, lo que Magda le dejó. Donde, ahora, vamos a buscar la última pieza.