Capítulo 14
Diario de Magda — Últimas semanas
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Magda sabía que iba a morir. Magda lo sabía, y por eso dejó el santuario, y el sobre, y la nota bajo la taza, y la llave, y la dirección, y todo lo que yo encontré.
Magda sabía que iba a morir, porque Magda sabía quién la iba a matar.
Y lo sabía con la misma certeza con la que una maestra sabe cuándo un niño miente: por los ojos.
Lo sé porque leo el cuarto cuaderno. El de las últimas semanas.
El más reciente. La letra es firme al principio, y se vuelve más pequeña, más cansada, más temblorosa, a medida que pasan los días.
La letra de una mujer que se apaga. Pero la mente, no.
La mente sigue ahí, lúcida, despierta, luchando, escribiendo, hasta el último día.
La letra de una maestra que, aunque se muera, no va a dejar la clase sin acabar.
La primera entrada está fechada hace tres meses:
«Leo ha venido a verme. Ha venido a Madrid, a mi piso.
Solo para hablar, ha dicho. Para ver cómo estaba.
Para traerme un regalo. Pero ha venido a ver si iba a hablar.
Le he dicho que no. Que el pasado está enterrado.
Que yo no sé nada. Que, de lo de aquella noche, no sé nada.
Me ha mirado. Me ha creído. O ha hecho como que me creía.
Se ha ido. Pero me ha dejado un regalo: un frasco nuevo de mi medicación.
«Para que estés bien, tía», ha dicho. «Para que el corazón no te falle.
» Lo he cogido. Lo he tirado. He vuelto a mi frasco viejo, el de la farmacia.
Pero, mientras lo tiraba, se me ha helado la sangre.
Porque Leo no me regala nada. Leo no regala nada a nadie.
Y, cuando alguien te regala algo, es porque quiere que le debas algo. O porque quiere que te lo tomes.»
Leo regaló a Magda un frasco de medicación.
Magda lo tiró. Pero Magda toma medicación para el corazón.
Digoxina. Una pastilla cada mañana, para que el corazón le lata a un ritmo que la sostenga.
Y, si alguien le cambia la medicación por otra cosa, algo que parezca lo mismo pero que no lo sea, algo que, en vez de sostener el corazón, lo apague, Magda puede morir.
De un fallo. De un paro. De algo que parezca natural, que el médico firme como «causa natural», y que nadie investigue.
Leo. Leo, que sonríe en el pueblo, que me presta furgonetas, que me da cafés, que me dice que cuide de los suyos. Leo le regaló a Magda un frasco de medicación antes de que ella muriera. Y Magda murió de un fallo del corazón.
Sigo leyendo. Las entradas se aceleran. Magda está asustada. Magda sabe que Leo no la ha creído. Magda sabe que Leo sabe que ella va a hablar. Magda sabe que, cada noche, alguien entra en su piso, en su habitación, mientras ella duerme, y le cambia las pastillas.
«Hace meses que lo sé. Sé que el niño no está donde todos lo buscan.
Sé dónde está. Sé que tengo que decírselo a Nora.
Pero Nora no sabe quién soy. No sabe que existo.
No sabe que la he mirado, desde lejos, toda la vida.
Tengo que esperar a que esté lista. Tengo que dejarle todo preparado.
Para cuando yo ya no esté. Porque, si Leo se entera de que voy a hablar, no me dejará llegar a mañana. »
Para cuando yo ya no esté. Magda sabía que iba a morir.
Magda preparó el santuario y el sobre y la nota porque sabía que no iba a llegar a decírmelo en persona.
Magda se preparó a morir como se prepara una maestra la clase del día siguiente: con método, con orden, con todo en su sitio, para que, aunque ella falte, la clase siga.
Y yo, yo era la clase. La que vendría después. La que recogería lo que Magda dejó.
La última entrada está fechada el día antes de que la encontraran muerta. La letra es pequeña, temblorosa, la de alguien que escribe con el corazón mal, con la mano que no responde, con el pulso que se va:
«Esta noche ha vuelto a entrar alguien. No lo he visto.
Pero el frasco de la mesilla estaba movido.
No en el sitio donde lo dejo. Alguien entra de noche.
Alguien cambia las pastillas. Lo sé. Lo sé porque cada mañana me cuesta más respirar.
Y, cuando me acuesto, pienso: mañana, quizá no me despierte.
Y, si no me despierto, Nora tendrá que encontrarlo todo sola.
Por eso lo dejo todo. Por eso escribo. Por eso guardo.
Para la que vendrá después. Para que, cuando yo ya no esté, alguien sepa qué le pasó al niño. Y dónde está. Y quién lo tiene.»
Para la que vendrá después. Para mí. Magda escribió esto para mí.
La noche antes de morir, sabiendo que alguien le cambiaba las pastillas, sabiendo que no iba a despertar, Magda escribió, para mí, una nota.
Magda me escribió a mí, una desconocida, la mujer que entraría a limpiar su muerte, y me dijo: para la que vendrá después.
Magda me eligió. Magda me esperó. Magda murió esperándome.
Cierro el cuaderno. Me tiemblan las manos.
Leo mató a Magda. Leo le cambió la medicación del corazón durante semanas, hasta que murió de un fallo que pareció natural.
Y Magda lo sabía. Y Magda, en vez de huir, en vez de ir a la policía, en vez de marcharse de Madrid, se quedó.
Se quedó y preparó todo. Y me lo dejó. Porque sabía que yo era la única que podía terminar lo que ella empezó.
Porque sabía que yo era la hermana. Y que, por mi hermano, no iba a parar.
Y, mientras pienso esto, miro la mesilla de la pensión.
Donde yo he dejado mis pastillas. Yo no tomo medicación del corazón.
Pero tomo pastillas para dormir. Pastillas que compré en la farmacia de Aldama, el primer día, porque no dormía, porque el pueblo me daba miedo, porque las noches aquí son largas y oscuras.
Pastillas que dejé aquí, en la mesilla, ayer, antes de salir a ver a mi padre.
Me levanto. Voy a la mesilla. Cojo el blíster de pastillas para dormir. Lo miro. Lo giro. Lo comparo con el de ayer. Con el de la mañana.
No es el mismo blíster. Las pastillas tienen otro color.
Más claras. Más pequeñas. El blíster está lleno, como si no me hubiera tomado ninguna, pero yo me tomé una anoche.
Una. Y, ahora, el blíster está lleno. Alguien ha cambiado el blíster.
Alguien ha entrado, de nuevo, en mi habitación, mientras yo no estaba.
Y ha cambiado mis pastillas para dormir por otras.
Otras pastillas. Otras pastillas que no son para dormir.
Me siento en la cama. El corazón me late en las sienes.
Las manos me tiemblan. Alguien ha cambiado mis pastillas.
Alguien quiere que yo duerma. O que yo no despierte.
Igual que Magda. Igual que Magda, que murió porque alguien le cambió las pastillas del corazón.
Alguien está haciendo lo mismo conmigo. Alguien que tiene acceso a mi habitación.
Alguien que sabe que estoy aquí. Alguien que, si muero de un fallo, parecerá que me puse mala en un pueblo extraño, y nadie preguntará, y Leo sonreirá en mi funeral, y dirá: «Pobre mujer, vino a buscar a su hermano muerto, y el dolor la mató. »
Y, en ese momento, comprendo que no estoy solo siguiendo un rastro. Estoy dentro de la trampa. Y la trampa se cierra. Y, si no salgo de aquí, si no hago algo, voy a morir como Magda. En una cama. En un pueblo. Sin que nadie sepa. Sin que nadie pregunte. Sin que nadie mire.
Y mi hermano se quedará, para siempre, donde está. Sin nombre. Sin hermana. Sin que nadie lo encuentre.
No. No. No voy a dejar que eso pase. No después de llegar hasta aquí. No después de leer lo que Magda escribió para mí. Cojo el blíster. Lo guardo. Y salgo de la pensión, en la noche, hacia el único sitio donde, quizá, esté a salvo.