La herencia del olvido Capítulo 13
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Capítulo 13

La inspectora cansada

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A la mañana siguiente, hago lo que no quería hacer.

Voy a la Guardia Civil. No porque crea que me van a ayudar.

Sino porque necesito saber si el pueblo entero está contra mí, o si hay, en alguna parte, alguien que todavía mire de frente.

Y, también, porque necesito denunciar. Necesito que, si me pasa algo, haya un papel, una fecha, un nombre, que diga que estuve aquí, y que pedí ayuda, y que nadie me la dio.

El cuartel de Aldama es un edificio bajo, blanco, con una bandera mojada en el mástil y un cartel oxidado que dice «Guardia Civil».

Dentro, huele a café frío y a desinfectante, y a ese olor particular de los sitios donde la gente va a contar desgracias que nadie quiere oír.

Una agente joven, con el uniforme planchado y la cara de quien lleva tres años esperando que la trasladen a una ciudad, me recibe.

Le digo que quiero hablar con quien lleve los casos antiguos, o con quien lleve las denuncias.

Me mira como quien mira a un mosquito. Me hace esperar veinte minutos, en un banco de plástico, con un calendario de la ONCE en la pared y un reloj que se ha parado. Y, al final, sale una mujer.

Tendrá cuarenta y dos, o cuarenta y tres.

Pelo castaño, recogido en un moño flojo.

Ojeras profundas, de las que no se quitan con café.

La cara de quien lleva veinte años esperando el turno de descanso que nunca llega.

Vaqueros, camisa blanca, chaqueta de punto.

Sin maquillaje. Sin alianza. Sin nada que diga quién es fuera de aquí.

La cara de una mujer que ha aprendido a no decir lo que piensa, porque decir lo que piensa, en este pueblo, cuesta caro.

—Inspectora Beatriz López. —No me da la mano. Se sienta. Me mira—. ¿Qué quieres?

—Nora Vega. Mi hermano desapareció en este pueblo hace dieciocho años.

No parpadea. Me mira. Y, con una voz seca, cortante, la voz de quien ha dicho esa frase demasiadas veces:

—Lo sé. El caso Vega está cerrado. Ahogamiento accidental. Sin cuerpo. Sin reabrir.

—No fue un accidente.

—Eso dicen todos los familiares, señora Vega. Todos. Hace dieciocho años, hace ocho, hace dos. Todos los familiares vienen aquí, se sientan en esa silla, y me dicen que no fue un accidente. Y todos se van, y el caso sigue cerrado. —Me mira—. No hay nada que reabrir.

—No vengo a reabrir el caso. Vengo a denunciar que alguien ha registrado mi habitación de la pensión. Y que me están siguiendo. Y que amenazan a una mujer que acaba de morir.

Bea me mira. Y, por un instante, algo cambia en su cara. Un destello. Rápido. Algo que no es desinterés. Algo que es, más bien, atención. Lo que sea, lo esconde. Se recompone. Se echa atrás en la silla, con la cara de antes, la de la inspectora cansada que no se implica.

—¿Qué mujer?

—Magda Salvatierra. Murió en Madrid hace un mes.

Encontré cosas en su piso. Cosas que sugieren que sabía qué le pasó a mi hermano. Y, desde entonces, alguien me sigue. Alguien registró mi habitación. Alguien me manda mensajes para que me vaya.

—¿Tiene pruebas? ¿De que alguien registró su habitación?

—La nota que me dejaron. Y los cuadernos revueltos.

—Puede que los revolviera usted misma. Puede que la nota la escribiera usted. —Se encoge de hombros, con un gesto que quiere ser casual—. Sin testigos, sin daño, sin denuncia clara, no hay caso, señora Vega. Lo siento.

La miro. Quiero gritarle. Quiero decirle que mi hermano no murió, que Magda lo sabía, que Leo Morano me sigue, que alguien entró en mi habitación y me cambió las pastillas.

Pero no puedo. No puedo porque, si grito, me toman por loca, y, si me toman por loca, todo lo que diga a partir de ahora será la palabra de una loca.

Y no puedo porque veo en su cara algo que me frena: no es desinterés.

Es cautela. Es la cara de alguien que sabe más de lo que dice, y que ha aprendido, a base de golpes, a no decirlo.

—Inspectora. —Bajo la voz. Me inclino hacia ella—. Usted sabe quién son los Morano. Usted sabe cómo funciona este pueblo. No le pido que reabra el caso. Le pido que mire. Que mire lo que le estoy diciendo. Una mujer ha muerto. Otra está siendo amenazada. ¿No le importa?

Bea me mira un largo rato. Largo. Tanto que pensé que no iba a responder. Y, con una voz que ya no es seca, que es casi un susurro, la voz de quien le cuenta un secreto a un desconocido porque ya no puede más:

—Señora Vega. Váyase de Aldama. Váyase a Madrid.

Cierre el capítulo de su hermano. Es el mejor consejo que le puedo dar.

Y, créame, se lo doy por su bien. No por el mío.

No por el mío. No por el mío. Lo dice, y, al decirlo, algo en sus ojos se rompe.

Algo pequeño. Algo que me dice que Bea sabe.

Que Bea sabe quién son los Morano, y qué hacen, y qué le pasó a Magda, y qué le va a pasar a mí si me quedo.

Y que no puede ayudarme. No porque no quiera.

Sino porque tiene miedo. El mismo miedo que tenía el pescador.

El mismo miedo que tiene mi padre. El miedo de Aldama.

El miedo que hace que todo el mundo mire al suelo cuando se nombra a los Morano.

—Inspectora. ¿Usted está investigando a los Morano?

Bea se levanta, de golpe. La silla roza el suelo. Me mira. Y, con una voz que ha vuelto a ser seca, cortante, la de la inspectora:

—La Guardia Civil no comenta investigaciones. La charla ha terminado, señora Vega. Buenas tardes.

Me levanto. Sé que no voy a sacar nada de ella.

No hoy. Pero sé algo más: Bea no está con Leo.

Bea no es de los Morano. Bea está, simplemente, asustada.

Y, si está asustada, es porque hay algo que temer.

Y, si hay algo que temer, es porque hay algo que ocultar.

Y, si hay algo que ocultar, yo lo voy a encontrar.

Salgo del despacho. Cruzo la sala común del cuartel, con sus carpetas, su café frío, su reloj parado. Y, al pasar junto al tablón de anuncios, me detengo. Algo me llama. No sé qué. Algo en el tablón. Miro.

Hay un cartel, entre otros, medio escondido detrás de un aviso de vacunación.

Una foto de una mujer mayor. Un texto, en negro: DESAPARECIDA.

MAGDA SALVATIERRA ARGÜELLES. FECHA DE LA DESAPARICIÓN: hace tres meses.

Y, debajo, una anotación manuscrita, con boli azul: «Hallada fallecida. Causa en investigación».

Magda estuvo desaparecida. Magda no murió en su piso, en su cama, de un fallo del corazón.

Magda desapareció antes de morir. Magda desapareció, y la buscaron, y la encontraron muerta, y la causa estaba en investigación.

Y nadie me lo dijo. Ni el portero. Ni Sole.

Ni la empresa que me mandó a limpiar. Y Bea, que tenía ese cartel en su tablón, a tres metros de donde hablábamos, no me lo ha dicho.

La inspectora me ha ocultado algo. La inspectora, con su cansancio y su «váyase», sabe más de lo que dice. Y, sea lo que sea, no quiere que yo lo sepa. O no puede. O tiene miedo de que, si lo sé, yo también desaparezca.

Salgo del cuartel con las piernas temblorosas. La luz del día me da en la cara, y, por un momento, me ciega. Aparcada junto a la puerta del cuartel, está la furgoneta del ayuntamiento. Y, apoyado en ella, con un café en la mano y una sonrisa en la boca, Leo Morano.

—¿Nora? ¿Todo bien? —Me mira con una preocupación falsa, de político, de actor—. ¿Has tenido algún problema? ¿Necesitas algo?

—No. Ninguno.

—Me alegra. —Me abre la puerta de la furgoneta, como un caballero, como un amigo—. Y, recuerda: si necesitas algo, aquí estoy. Un pueblo se conoce por cómo cuida a los suyos. Y, en Aldama, nos cuidamos.

Subo. Cierro la puerta. Y, antes de arrancar, lo miro.

Y, por primera vez, le sostengo la mirada.

No le sonrío. No le doy las gracias. No le hago el juego.

Solo lo miro. A los ojos. A esos ojos verdes de gato.

Y, en esa mirada, le digo, sin palabras, lo que no le voy a decir en voz alta: sé quién eres. Sé qué hiciste. Y no me voy.

Leo sonríe. Pero la sonrisa, esta vez, se le queda a mitad de la cara.

Y, al apartarse de la furgoneta, veo, por primera vez, algo en sus ojos que no había visto.

Algo que no es encanto, ni poder, ni sonrisa.

Algo que es, simplemente, miedo. Y, en ese miedo, encuentro, por primera vez, una grieta. Y, por esa grieta, voy a entrar.