Capítulo 12
El padre roto
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No puedo ir a la policía. ¿Qué les digo?
Que una maestra muerta me dejó un santuario y que alguien me manda mensajes para que me vaya de un pueblo donde mi hermano desapareció?
Me tomarían por loca. Y, peor, si la policía se mete, Leo lo sabrá en cinco minutos, porque Leo es el concejal, y Leo es quien me vigila, y Leo es, quizá, quien me manda los mensajes.
Así que hago lo que no he hecho en dieciocho años. Voy a buscar a mi padre.
Rafael Vega vive en las afueras de Aldama, en una casa baja de piedra, con un patio lleno de redes viejas y un tejado que se filtra.
La casa de mi infancia, o lo que queda de ella.
Cuando aparco la furgoneta del ayuntamiento delante, me quedo un minuto en el asiento, mirando la fachada, sin atreverme a bajar.
Las manos en el volante. El corazón en la garganta.
Dieciocho años. Dieciocho años sin pisar esta casa.
Dieciocho años sin ver a mi padre. Me fui con diecisiete, con una mochila y una rabia que me duró años, y no volví, porque volver era mirar a los ojos a mi padre y reconocer que los dos habíamos dejado morir a Martín, él bebiendo y yo marchándome.
Porque los dos lo habíamos dejado morir.
Y ninguno de los dos había sido capaz de decirlo en voz alta.
Y, en ese silencio, nos habíamos perdido.
Y mi padre se había hundido en la botella.
Y yo me había hundido en la culpa. Y, entre los dos, habíamos dejado que mi hermano quedara en el fondo del mar, sin cuerpo, sin tumba, sin adiós.
Bajo. La puerta está entreabierta. Empujo.
El olor me golpea: alcohol, humedad, desorden, abandono.
La casa de un hombre que ha dejado de cuidarse.
En la cocina, botellas vacías en la mesa, platos sucios, periódicos amontonados, una silla caída, ropa tirada.
Y, en una silla, junto a la ventana, con un vaso en la mano y la mirada perdida, mi padre.
Ha envejecido. Dieciocho años de botella le han pasado factura.
Tiene el pelo blanco, la cara hundida, las manos manchadas de nicotina y de tierra.
La espalda encorvada. Los ojos, oscuros, tristes, los ojos de un hombre que ha buscado algo en el fondo de cada botella y no lo ha encontrado.
Los ojos de mi padre. Los ojos que me miraban cuando yo tenía seis años y me decía: «Nora, vigila a tu hermano. »
Me ve. No se levanta. No dice nada. Me mira durante un largo rato, como si no estuviera seguro de que soy real, como si fuera una aparición, como si llevara dieciocho años esperándome y, ahora que estoy aquí, no supiera qué hacer. Y entonces, con una voz rasposa, de garganta seca, de botella:
—Nora.
—Papá.
No nos abrazamos. No sé cómo hacerlo. No sé dónde poner las manos, ni qué cara poner, ni qué decir. Dieciocho años de silencio no se rompen con un abrazo. Me siento en la silla de enfrente. Los dos, separados por una mesa llena de botellas, mirándonos como dos extraños que se conocen demasiado.
—¿Qué vienes a buscar? —dice.
—La verdad.
—La verdad. —Se ríe, sin alegría, una risa que le duele—. La verdad se la llevó el mar, Nora. Hace dieciocho años.
—No. No se la llevó el mar.
Mi padre levanta la cabeza. Me mira. Y, en sus ojos, veo algo que no esperaba: miedo.
Mi padre tiene miedo. El hombre que salía al mar con tormenta, el hombre que buceaba en el puerto buscando el cuerpo de su hijo, el hombre que no le tenía miedo a nada, tiene miedo.
Y, al verlo, entiendo: mi padre sabe algo.
Algo que le da miedo. Algo que lleva dieciocho años callando.
—¿Qué sabes tú? —Le digo—. ¿Qué sabes de aquella noche? ¿Qué sabes de la obra? ¿Qué sabes de los Morano?
El nombre de los Morano lo cambia. Se levanta, de golpe, con una agilidad que no le suponía. La silla cae atrás, con un golpe. Me señala con un dedo que tiembla, con un dedo de borracho, con un dedo de hombre asustado:
—Tú no te metas con los Morano. ¿Me oyes? No te metas con los Morano. —La voz se le quiebra, como un cristal—. Es lo único que te puedo decir. Vete. Vete de Aldama. No vuelvas aquí. No vuelvas a esta casa.
—No me voy. Dime qué sabes.
—¡No sé nada! —Grita. La voz rebota en las paredes, en las botellas, en los cristales.
Se agarra a la mesa, con los nudillos blancos—.
No sé nada. Solo sé que mi hijo murió. Y que no puedo hacer nada para traerlo de vuelta.
Y que, si tú sigues escarbando, vas a sacar lo que no debes.
Y lo que no debe salir, no debe salir. ¿Me entiendes?
Miente. Sé que miente. Mi padre miente como los borrachos mienten: con demasiada fuerza, con demasiada rabia, con demasiada prisa por callar. Hay algo que sabe. Algo sobre los Morano. Algo sobre aquella noche. Algo que le da vergüenza y que le da miedo. Y no me lo va a decir. No así.
—Papá. —Me levanto. Me acerco, despacio, como me acercaría a un animal herido—.
Si sabes algo, si hay algo que no me has dicho, dímelo.
Por favor. He vivido dieciocho años creyendo que era culpa mía.
Que lo perdí porque dejé de vigilarlo. No puedo vivir así otros dieciocho. No puedo. Necesito saber.
Mi padre me mira. Y, en sus ojos, hay algo que se rompe. Algo que llevaba dieciocho años sosteniendo. Se deja caer en la silla. Se cubre la cara con las manos, con las manos manchadas, con las manos rotas. Y, entre los dedos, con una voz que parece venir de muy lejos, de un pozo, de un fondo:
—Tú no lo sabes todo de aquella noche, Nora.
Hay cosas que yo dejé pasar. Cosas que no debí dejar pasar.
—Traga saliva, con dificultad, como quien traga una piedra—.
Pero no fue lo que tú crees. Yo no le hice daño a tu hermano.
Yo no le hice daño. Yo lo perdí. Hay una diferencia, Nora. Hay una diferencia.
—¿Qué cosas dejaste pasar? —Me agacho, a su lado, le toco el brazo—. ¿Qué cosas? Dímelo. Por mí. Por Martín.
Pero no responde. Se levanta, con un esfuerzo, con el cuerpo que le duele. Va a la alacena. Saca una botella. Bebe, un trago largo, como quien bebe un olvido. Y, cuando se vuelve hacia mí, sus ojos ya están velados, cerrados, lejos, en el fondo de la botella donde vive desde hace dieciocho años.
—Vete, Nora. Vete. Y no vuelvas a esta casa. No quiero verte. No quiero que me recuerdes lo que perdí.
Salgo. La puerta se cierra detrás de mí, con un golpe sordo.
Me quedo en el patio, bajo una llovizna fina, mirando la casa donde me crié, y entiendo dos cosas.
Una: mi padre sabe algo sobre los Morano.
Algo que le da vergüenza. Algo que le da miedo.
Algo que, quizá, le pagaron por callar. Dos: no me lo va a decir.
No hoy. Quizá no nunca. Mi padre se ha hundido demasiado para sacarlo a flote.
Mi padre se ha ahogado, como mi hermano, en el fondo de una botella.
Pero alguien sí me lo va a decir. Magda.
Magda, que escribió en sus diarios lo que sabe.
Y yo tengo sus diarios. Y voy a leerlos hasta el final, hasta encontrar la frase que me diga qué le pasó de verdad a mi hermano.
Y, después, iré a la policía. A una policía que no sea la de Aldama.
A una que no esté comprada. Pero, antes, necesito a Nacho.
Y necesito ver los diarios. Y necesito no morir antes de saberlo.
Vuelvo a la pensión. Subo la escalera, con los pies pesados, con el corazón pesado. Abro la puerta de la habitación. Y me quedo parada en el umbral.
La habitación no está como la dejé. La cama, deshecha.
La mochila, abierta en el suelo, con la ropa esparcida.
Los cuadernos de Magda, que yo había dejado en la mesilla, están esparcidos por la cama, abiertos, con páginas pasadas, con esquinas dobladas.
Alguien ha registrado la habitación. Alguien ha buscado los diarios.
Alguien ha estado aquí, en mi habitación, mientras yo estaba en la casa de mi padre.
Me acerco. Cuento los cuadernos. Cinco. Todos. Nadie se ha llevado nada. Pero alguien los ha leído. Alguien ha pasado las páginas. Alguien ha buscado algo. Alguien quería saber qué sé. Qué he leído. Qué he encontrado.
Y, sobre la almohada, hay una hoja de papel. Una sola hoja, doblada, blanca, limpia, sobre la funda gris. La abro, con manos que tiemblan. Letra de alguien que no es Magda. Letra firme, sin temblor, de quien escribe sin miedo:
«Lo que buscas no está en los cuadernos. Está en Aldama. Y, si sigues buscando, te encontrarán antes de que tú los encuentres. Vete.»
Me siento en el borde de la cama, con la hoja en la mano, mirando la habitación revuelta, los cuadernos abiertos, la mochila vacía.
Y entiendo, con una claridad fría: no soy yo la que sigue un rastro.
Soy yo la que está siendo cazada. Y quien me caza sabe exactamente qué estoy buscando.
Y sabe dónde estoy. Y sabe cuándo salgo y cuándo vuelvo.
Y, si no tengo cuidado, va a llegar antes de que yo llegue a la verdad.
Pero no me voy. No me voy. Cierro la puerta.
Echo el cerrojo. Me siento en la cama, con los cuadernos de Magda contra el pecho, con la hoja de la amenaza en la mano, y pienso: mañana, voy a buscar a Nacho.
Y, con Nacho, voy a leer los diarios. Y, con Nacho, voy a encontrar lo que el mar no se llevó. O voy a morir intentándolo.