Capítulo 11
El solar clausurado
· · ·
Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama de la pensión, con el plano de Nacho doblado en la mesilla, y con la cisterna de obra marcada con un círculo azul dándome vueltas en la cabeza.
Una cisterna. Un pozo. En el extremo oeste.
Donde mi hermano corrió detrás de su caballito.
Donde Leo entró con una linterna. Donde Magda oyó llorar a un niño y tomó una decisión.
Donde todo empezó. O donde todo terminó.
A las seis de la mañana me rindo. Me visto.
Bajo. La dueña de la pensión no ha abierto todavía.
Salgo a la calle, en silencio, con la llave en la mano.
El pueblo está gris, mojado, vacío. El mar suena al fondo, como un animal que respira.
El faro, al fondo, apagado. Camino hacia el extremo oeste, con la capucha puesta, con las manos en los bolsillos, con el plano de Nacho en la cabeza y el miedo en el pecho.
El paseo costero se acaba en una valla. Detrás, un solar.
La valla es nueva, de alambre, con un cartel: PROPIEDAD PRIVADA.
PROHIBIDO EL PASO. Y, más atrás, otro cartel más viejo, oxidado, doblado: ObrA PARALIZADA POR ORDEN JUDICIAL.
Detrás de las vallas, las ruinas de una cimentación vieja, hierros oxidados que asoman como costillas, maleza crecida entre los cascotes, y, al fondo, junto al acantilado, una losa de hormigón que tapa algo.
La cisterna.
Me agarro a la valla. Miro. El solar está abandonado, con maleza creciendo entre los cascotes.
Pero alguien ha estado aquí hace poco. Hay huellas en el barro, frescas, del día, y un sendero pisado entre la maleza que va desde el hueco de la valla hasta la losa.
Alguien viene aquí. Alguien que no debería.
Alguien que pasa por el hueco, que camina hasta la losa, y que vuelve.
Alguien que vuelve una y otra vez a un pozo que se supo que estaba cerrado hace dieciocho años.
¿Quién? ¿Leo? ¿Alguien que sabe qué hay abajo? ¿Alguien que busca lo mismo que yo? No lo sé. Pero las huellas están ahí, frescas, y me dicen una cosa: este solar no está tan abandonado como parece. Este solar sigue vivo. Y, lo que hay debajo de la losa, sigue llamando a alguien.
Miro alrededor. No hay nadie. El faro, al fondo, apagado. La playa, abajo, vacía. El mar, gris, con olas pequeñas. Tiro de la valla. El hueco de atrás, por donde Magda y Leo pasaron hace dieciocho años, sigue ahí, doblado, como una herida que no cierra. Me agacho. Paso al otro lado.
El corazón me late en las sienes. Me agacho entre la maleza. Avanzo por el sendero pisado, entre los cascotes y los hierros, con cuidado de no hacer ruido, con cuidado de no tropezar, con cuidado de no pensar en lo que estoy haciendo, porque, si pienso, me da miedo y me vuelvo. Llego a la losa.
Es una tapa de hormigón, pesada, cuadrada, con una argolla de hierro oxidado en el centro. La cisterna. El pozo. El sitio donde mi hermano pudo caer. El sitio donde Leo encontró algo. El sitio donde Magda oyó llorar. El sitio donde todo, hace dieciocho años, se rompió.
No la abro. No tengo fuerzas. No quiero ver qué hay abajo.
No quiero ver el agua negra, ni el fondo, ni la nada.
Me limito a quedarme de pie, con la mano en la losa, sintiendo el frío del hormigón, y pienso: aquí.
Aquí fue. Aquí empezó todo, o aquí terminó todo.
Y nadie lo sabe. Nadie, salvo Magda, que está muerta, y Leo, que sonríe en el pueblo, y, quizá, alguien más.
Alguien que viene aquí. Alguien que deja huellas. Alguien que sabe qué hay debajo.
Pongo la mano en la losa. Cierro los ojos.
Y, durante un segundo, tengo seis años, y mi hermano tiene seis, y está aquí, debajo de esta losa, llorando, en la oscuridad, solo, y nadie viene.
Y me da un vuelco el corazón. Y, durante un segundo, también, soy yo la que está abajo.
En la oscuridad. Sola. Con el agua subiendo. Y nadie viene.
Abro los ojos. Aparto la mano. Respiro. No. No estoy abajo. No estoy sola. Mi hermano está aquí, en algún sitio. Y voy a encontrarlo. Pero no hoy. Hoy solo sé dónde está el pozo. Y sé que alguien viene aquí. Y sé que alguien me vigila. Y eso, por ahora, es bastante.
Y entonces oigo un crujido detrás de mí.
Me giro, rápido, con el corazón en la garganta.
No hay nadie. Pero, a veinte metros, junto a la valla, hay una sombra que se mueve.
Alguien. Alguien que estaba aquí, que me ha visto entrar, y que ahora se va corriendo, entre la maleza, hacia el pueblo.
Una chaqueta oscura. Una talla. Una forma de correr.
Corro hacia la valla. Llego al hueco. Paso al otro lado.
Miro. La sombra ya está lejos, corriendo por el paseo costero, con una chaqueta oscura, sin mirar atrás.
No veo la cara. Pero la talla, la forma de correr, me resulta familiar.
¿Leo? ¿Un hombre de los Morano? ¿Alguien del pueblo?
No lo sé. Pero alguien me ha visto en el solar. Alguien sabe que estuve ahí.
No la alcanzo. Cuando llego al paseo, la sombra ha doblado la esquina y ha desaparecido.
Me quedo ahí, jadeando, mirando la esquina vacía, con el viento del mar en la cara y el miedo en el pecho.
Alguien me vigila en el solar. Alguien sabe que estuve ahí.
Y, ahora, alguien sabe que sé dónde está el pozo.
Vuelvo a la pensión, caminando rápido, sin mirar atrás, con la sensación de que alguien me sigue por el paseo costero.
Me cambio los zapatos llenos de barro. Me siento en la cama.
Las manos me tiemblan. Saco el móvil. Y entonces veo, en la pantalla, una notificación nueva. Un mensaje. De un número desconocido.
Lo abro. Y leo, con el corazón que se para:
«Deja de mirar donde no debes. Vete de Aldama. Esto no acabó hace dieciocho años. Está acabando ahora.»
Me tiemblan las manos. El móvil me tiembla. La habitación me tiembla. Alguien sabe que estuve en el solar. Alguien sabe que estoy en Aldama. Alguien tiene mi número. Y alguien quiere que me vaya antes de encontrar lo que el mar no se llevó.
No me voy. Claro que no me voy. No después de dieciocho años.
No después de haber llegado hasta aquí. No después de haber visto el pozo, y las huellas, y la losa.
Pero, por primera vez, tengo miedo de verdad.
El miedo de quien descubre que no está siguiendo un rastro, sino que está siendo seguida.
El miedo de quien entiende que no es la cazadora, sino la presa.
Y, en ese miedo, una idea, fría, clara: necesito ayuda. No puedo hacerlo sola. Necesito a alguien que conozca el pueblo, que conozca a los Morano, que sepa moverse aquí. Necesito a alguien que no tenga miedo. Y, en Aldama, solo conozco a una persona así.
Nacho. El archivero. El que odia a los Morano. El que me dijo que le contara lo que encontrara.
Voy a buscarlo. Pero, antes, tengo que hacer una cosa que llevo dieciocho años sin hacer. Una cosa que me da más miedo que el solar, que el pozo, que el mensaje. Tengo que ir a buscar a mi padre.