La herencia del olvido Capítulo 10
43%

Capítulo 10

Diario de Magda — El solar

· · ·

Hace dieciocho años. Aldama. La noche de la fiesta del puerto. Más tarde.

Magda cruzó la valla con las manos frías.

La fiesta del puerto sonaba detrás de ella, lejana ya, como una radio que se apaga.

Delante, la zona de la obra se extendía en penumbra, con la cimentación excavada, los hierros oxidados asomando como costillas, y, al fondo, junto al acantilado, la estructura de la cisterna.

La luna estaba detrás de las nubes. No se veía casi nada.

Solo el ruido del mar, al otro lado del acantilado, y el ruido del viento, y, debajo de todo, otro ruido.

Un ruido que Magda, al principio, no quería reconocer. Un llanto. Lejos. Débil. De niño.

No veía a Leo. Había entrado por el hueco de la valla y había desaparecido entre las ruinas de la cimentación.

Magda lo llamó en voz baja, dos veces, sin respuesta.

El miedo le apretaba la garganta. El miedo no era al sitio, ni a la oscuridad, ni a los hierros.

El miedo era a lo que iba a encontrar. El miedo era a dar un paso y ver, abajo, en el agua negra de la cisterna, lo que no quería ver.

Avanzó con cuidado, pisando entre cascotes.

Llevaba zapatillas de pueblo, no botas, y se pinchó un pie con un hierro.

No se detuvo. La sangre le calentó el dedo, pero no miró.

Llegó al borde de la cisterna. Se agachó.

Miró abajo. El agua oscura, quieta, a un par de metros de profundidad, el agua de filtración de la cimentación.

Olía a hierro y a salitre. Nada. No había nada en el agua.

No había un cuerpo. No había un niño. Magda soltó el aire que llevaba dentro.

No estaba en el agua. No estaba, al menos, en el agua de la cisterna.

Y entonces lo oyó otra vez. El llanto. Pero no venía de la cisterna. Venía de detrás, de entre los muros de cimentación, de un rincón de la obra donde la tierra se hunde y donde los hierros hacen una cueva. Un llanto de niño. Ahí. A unos veinte metros. Ahí.

Magda levantó la vista. Buscó con la mirada entre los hierros y los cascotes. Y entonces vio a Leo.

Leo estaba de pie, junto a un muro de cimentación, con la linterna en la mano, iluminando el suelo.

Estaba inclinado sobre algo. No se veía qué.

Pero la postura era la de un chico que ha encontrado algo que no debería haber encontrado, y que no sabe qué hacer con ello.

Magda se quedó inmóvil. Leo no la había visto.

Estaba concentrado. Se agachó. Habló. No se oía qué decía.

Algo le respondió desde el suelo. Algo pequeño. Algo que lloraba.

El niño estaba vivo.

Magda se tapó la boca con la mano, para no gritar, para no hacer ruido, para que Leo no la viera.

El niño estaba vivo. No se había muerto.

No se había ahogado. Estaba ahí, en el suelo, entre los hierros, llorando, y Leo estaba con él.

Y, durante un segundo, un segundo que duró una vida, Magda sintió algo que no había sentido nunca: alivio.

Un alivio tan grande que le dobló las rodillas.

El niño estaba vivo. El niño de la foto, el de la taza de leche, el de las preguntas sobre los barcos, estaba vivo.

Pero, al segundo siguiente, el alivio se le convirtió en hielo.

Porque Leo se levantó. Leo se levantó, y miró al niño, y no lo cogió.

No lo sacó. No lo cargó. No lo llevó a un hospital, ni a la policía, ni a su madre.

Leo se quedó de pie, mirándolo, y, después, dio un paso atrás.

Y otro. Y otro. Y se dio la vuelta. Y se fue.

Y, cuando se fue, el niño volvió a llorar.

Solo. En la oscuridad. Con un tobillo roto, o torcido, o herido.

Solo. En una obra, sin vallas, en la noche.

Leo se iba. Leo dejaba al niño. Leo, diecisiete años, el hijo del dueño de la obra, el chico guapo del pueblo, dejaba a un niño de seis años solo, herido, en una obra, en la noche, porque tenía miedo.

Miedo de su padre. Miedo de lo que diría.

Miedo de que la obra se parara, de que el nombre de los Morano se manchara, de que él, Leo, el que iba a ser alguien, se quedara en nada.

Miedo. El mismo miedo que Magda había sentido media hora antes, en la plaza, cuando vio al niño irse y no fue tras él.

Leo desapareció por el hueco de la valla. Se fue. Y el niño quedó. Solo. Llorando. En la oscuridad.

Magda se quedó donde estaba, sin respirar, mirando.

Y, en ese momento, algo cambió en su cara.

Algo que, si alguien la hubiera visto, le habría dado miedo.

Porque la cara de Magda pasó del miedo a la decisión.

De la duda a la certeza. Del horror a algo frío, y claro, y definitivo.

La cara de una mujer que acaba de entender que, si no hace ella lo que nadie va a hacer, un niño va a morir solo en una obra, en la noche, mientras un pueblo entero dice que el mar se lo llevó.

El niño volvió a llorar. Más flojo. Más cansado. El llanto de un niño que se rinde.

Y Magda, sin pensarlo más, sin mirar atrás, sin saber qué iba a pasar después, salió de detrás del muro. Y caminó, despacio, entre los cascotes, hacia el llanto.

Magda cerró el cuaderno. Y lo escondió. Y no volvió a escribir, en este cuaderno, durante mucho tiempo.

Porque lo que vino después no se escribe.

Se vive. Y se calla. Y se paga. Y, durante dieciocho años, Magda no supo si lo que hizo aquella noche fue salvar a un niño o perderse a sí misma.

Solo supo que, cuando llegó al niño, el llanto paró.

Y que, a partir de ahí, nada volvió a ser como antes.