La herencia del olvido Capítulo 9
39%

Capítulo 9

La cisterna

· · ·

El archivo del ayuntamiento de Aldama es una sala en el sótano que huele a papel viejo y a humedad.

Hay estanterías de metal hasta el techo, cajas de cartón etiquetadas con años, y un equipo de ventilación que zumba como una abeja gigante.

Nacho enciende un fluorescente que parpadea tres veces antes de quedarse encendido, y, en esa luz enferma, el archivo parece lo que es: el sótano de los secretos de un pueblo.

—Aquí está todo lo que el pueblo quiere olvidar —dice Nacho, con una sonrisa que no es amable—. Cuentas, licencias de obra, expedientes urbanísticos, actas del pleno. Lo bueno y lo malo. Lo malo sobre todo. —Me mira—. ¿Qué buscas?

—Planos. De hace dieciocho años. Del extremo oeste de la costa.

Nacho me mira. No me pregunta por qué. Solo se acerca a una estantería, saca una caja con el rótulo URBANISMO y la deja sobre la mesa con un golpe sordo que levanta polvo.

—Aquí están los proyectos de la zona oeste. La mayoría son de los Morano. El hotel, el aparcamiento, la ampliación del puerto. —Me mira—. ¿Qué quieres exactamente?

—Una obra. Que estuviera parada hace dieciocho años. En agosto.

Se queda pensativo. Hunde la mano en la caja. Saca planos. Los despliega. Los hojea. Se detiene en uno. Y, al detenerse, algo en su cara cambia. Levanta la vista. Me mira. Y, con una voz que no es la de antes:

—Este. —Lo despliega sobre la mesa con la palma de la mano—. Proyecto de cimentación del hotel Mar Cantábrico. Promotor: Inversiones Morano. Agosto de hace dieciocho años. —Pasa el dedo por el plano—. La obra se paralizó por orden judicial ese verano. Hay una anotación: «reanudar tras resolución».

—¿Y se reanudó?

—No. Nunca. Después de lo del niño, la familia dejó la zona tranquila. Demasiados ojos. Demasiadas preguntas. —Me mira—. Por cierto, lo del niño. Tu hermano. Yo tenía diecisiete entonces. Me acuerdo. Todo el mundo se acuerda.

No respondo. Miro el plano. El proyecto ocupa una franja de terreno junto al acantilado del extremo oeste. Hay cimientos, muros, y, marcada con un círculo azul, una estructura que leo en la leyenda, con la letra de un aparejador: «Cisterna de obra. Pendiente de cubrir».

Una cisterna. Una cisterna de obra, sin cubrir, en agosto, en el extremo oeste, donde Magda vio entrar a Leo con una linterna, donde mi hermano corrió detrás de su caballito. Una cisterna que estaba ahí, abierta, como una boca, en una noche de fiesta, con un niño de seis años suelto por el pueblo.

—Nacho. —La voz me sale rara, lejana, como si no fuera mía—. ¿Qué es una cisterna de obra?

—Un pozo. —Se enciende otro pitillo, como si el anterior no le bastara—. Para el desagüe de la cimentación. Un agujero de tres o cuatro metros de hondo, de cemento, con agua abajo. Si no lo cubres, y hay un niño cerca... —Me mira—. Es una trampa para niños, Vega. Una trampa que no perdona.

Una trampa para niños. Un pozo. De tres o cuatro metros. Con agua abajo. En agosto. Donde mi hermano desapareció. Me agarro al borde de la mesa. Las manos me tiemblan. La sala me da vueltas. Nacho me mira, preocupado, y me sujeta del codo.

—Oye. ¿Estás bien? Siéntate. Coge aire.

—Sí. —Miento—. Sí. ¿Dónde está exactamente este sitio?

—El extremo oeste. Donde ahora está el solar vallado, junto al faro.

Han intentado reanudar la obra un par de veces.

El último proyecto es de hace tres años.

Pero no ha salido adelante. Hay una valla.

Y, detrás, las ruinas de la cimentación vieja.

Y, si mal no recuerdo, la cisterna, tapada con una losa de cemento.

—Me mira—. No vayas allí sola, Vega. Está vallado por algo.

Y lo que hay detrás de la valla no es asunto tuyo.

No le respondo. Estoy mirando el plano, y estoy pensando en una cisterna de obra, y en un niño de seis años, y en una linterna, y en una maestra que escribió: «El niño no está donde todos lo buscan». Y estoy empezando a entender dónde lo puso. O dónde lo perdieron.

Nacho me fotocopia el plano. Me lo dobla y me lo guarda en un sobre. Me acompaña a la puerta. Y, en la puerta, se detiene. Me mira. Y, con una voz baja, la de quien se fía por primera vez:

—Vega. Si encuentras algo de los Morano, recuerda lo que te dije. Me lo cuentas. ¿De acuerdo?

—Te lo cuento.

—Y, ojo. —Me mira, con esos ojos de hombre que ha visto cosas—.

Leo Morano es un tipo que parece bueno. Sonríe.

Te ayuda. Te da furgonetas. Pero los Morano no son buenos.

Y Leo es el peor de todos, porque es el único que te hace creer que lo es.

Cuidado con él, Vega. Cuidado con su sonrisa.

La sonrisa es lo que te mata. Porque, cuando dejas de verla, ya es tarde.

Salgo del archivo con el plano en el bolsillo.

La luz del día me da en la cara, y, por un momento, me ciega.

En la plaza, la furgoneta del ayuntamiento ya no está.

Leo se ha ido. Pero, en la fuente, hay un vaso de café vacío, todavía caliente.

Estaba aquí hace cinco minutos. Mirando la ventana del archivo. Mirándome a mí.

Me guardo el plano en el bolsillo, junto con la tarjeta de Leo y el sobre de Magda. Y pienso: tengo un plano. Tengo una cisterna. Tengo un archivero que odia a los Morano. Y tengo un concejal que me sigue y me sonríe y me dice que cierre las heridas.

Es hora de ir al solar. A la valla. A la cisterna. A ver, con mis ojos, dónde cayó mi hermano.