Capítulo 8
El mar devuelve casi todo
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Amanezco sin haber dormido. La lluvia ha parado.
La luz del norte es clara, fría, la luz que no perdona, la que enseña las grietas de las cosas.
Bajo a desayunar. La dueña de la pensión me sirve café solo y pan tostado sin decir palabra.
Pero, cuando lo deja en la mesa, se queda parada un momento, mirándome.
Y, con una voz baja, de quien no quiere que la oigan los demás:
—Usted es la Vega. ¿No?
—Sí.
—La del niño.
No digo nada. La miro. Y ella me mira, con ojos de mujer que ha vivido aquí toda su vida, y que sabe más de lo que dice. Y, con un susurro:
—Mi marido buceó. Aquella noche. Buceó tres horas.
Buscando al niño. —Traga saliva—. No lo encontró.
Nunca lo encontró. Pero me dijo una cosa.
Me dijo que, si el niño se hubiera caído al puerto, lo habría encontrado.
El puerto es hondo, pero no es ancho. Un cuerpo se queda.
Este... no se quedó. —Me mira—. Usted sabe lo que quiere decir eso, ¿no?
Lo sé. Quiere decir que mi hermano no está en el puerto. Que mi hermano no se cayó al puerto. Que el mar no se lo llevó. Y que, en este pueblo, la gente lo sabe. Y calla.
—Gracias —le digo—. Por decírmelo.
La mujer asiente. Se va. Y me deja con el café y el pan y una confirmación más: mi hermano no se ahogó en el puerto de Aldama. Y alguien, en este pueblo, sabe dónde está.
Termino el café. Salgo a la calle. Y, cuando salgo, lo veo. Donde anoche estaba el coche oscuro, ahora hay una furgoneta blanca, con una pegatina del ayuntamiento. Y, apoyado en la furgoneta, con un café en la mano, sonriendo como si amaneciera para él, está Leo Morano.
—Buenos días, Nora. —Como si nos conociéramos de toda la vida, como si anoche no me hubiera dicho que cerrara las heridas del pasado—.
He pensado que, si ibas a estar por el pueblo unos días, igual te venía bien una furgoneta.
La mía está en el taller. Esta es del ayuntamiento. Tómala, sin coste. Es lo mínimo.
—No hace falta.
—Claro que hace falta. —Se ríe—. Aquí no hay taxi, el autobús pasa dos veces al día, y andar por la costa con esta lluvia no es plan.
Cógela. Es un favor. —Me tiende las llaves—.
Y, si necesitas que te enseñe el pueblo, o que te acompañe a algún sitio, aquí estoy.
Me encanta enseñar Aldama. Es mi forma de hacer campaña, ¿sabes?
Puerta a puerta, cara a cara. Así se construye confianza.
Confianza. Dice confianza. Y, al decirlo, me mira a los ojos, con esa sonrisa blanca, con esos ojos verdes de gato.
Y yo pienso: este hombre me está ofreciendo una furgoneta del ayuntamiento, gratis, el día después de que yo apareciera en su pueblo preguntando por mi hermano muerto.
Este hombre no es amable. Este hombre es peligroso. Y me está metiendo en una furgoneta.
Pero la cojo. Porque no tengo elección. Porque necesito movernos por el pueblo, y una furgoneta del ayuntamiento es menos visible que mi coche con matrícula de Madrid.
Y porque, si Leo Morano quiere saber dónde voy, al menos sé quién me está siguiendo.
Al menos lo tengo delante. Al menos puedo mirarle los ojos cuando mienta.
Cojo las llaves. Leo sonríe, contento, como si me hubiera hecho un favor de verdad. Me da una palmada suave en el hombro, la de un amigo, la de un hermano mayor, y dice:
—Si necesitas algo, ya tienes mi número. —Se da la vuelta. Y, antes de irse—: Y, Nora.
Me detengo.
—Espero que encuentres lo que buscas. —Me mira, y, por un instante, la sonrisa no le llega a los ojos. Se le queda en la boca, como una máscara mal puesta—. Aquí, en Aldama, el mar devuelve casi todo. Casi.
Se va. Me quedo con las llaves en la mano, mirándolo.
«Casi.» Ese «casi» no es un adverbio casual.
Es un mensaje. «Casi» quiere decir: hay algo que el mar no devuelve.
Y él lo sabe. ¿Cómo sabe Leo que yo busco algo?
Anoche le dije que venía a ver el pueblo.
Nada más. Y, sin embargo, esta mañana me espera con una furgoneta, una sonrisa y un «espero que encuentres lo que buscas».
Leo Morano sabe que no estoy aquí de turismo.
Leo Morano me está siguiendo. Y, lo que es peor, Leo Morano quiere que yo sepa que me sigue.
Porque un hombre que te sigue en secreto tiene miedo de ti. Un hombre que te sigue a la vista, y que te lo dice, no tiene miedo. Quiere que lo tengas tú.
Subo a la furgoneta. Arranco. Conduzco por las calles de Aldama, que reconozco y que a la vez no reconozco, porque los pueblos cambian y porque la memoria miente.
Pasa junto al puerto, junto a la iglesia, junto al colegio viejo donde Magda dio clase.
Y, en cada esquina, miro el retrovisor. No veo el coche oscuro.
No veo a Leo. Pero sé que alguien me mira.
Siento la mirada en la nuca, como un dedo frío.
Aparco en la plaza del ayuntamiento. Un edificio de piedra, viejo, con una bandera mojada.
En la plaza hay una fuente, un banco, y, en el banco, un hombre de unos cuarenta y cinco con una cajetina de tabaco y la cara de quien lleva ahí media vida.
Fuma. Mira el cielo. Escupe. No hace nada.
Y, sin embargo, cuando me ve, levanta la cabeza, como si me estuviera esperando. Como si supiera que iba a venir.
—Perdona —le digo—. Busco al archivero del ayuntamiento.
—Soy yo. Nacho. —El hombre levanta la cabeza. Me mira de arriba abajo—. ¿Eres tú la Vega?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque aquí no viene nadie, y los que vienen a buscar a los Vega o son policías o son periodistas. Y tú no pareces ni lo uno ni lo otro. —Se levanta. Se sacude el pantalón—. ¿Qué quieres?
—Información. Del archivo.
—El archivo está cerrado al público.
—Lo sé.
Me mira. Saca un pitillo. Lo enciende. Echa humo, despacio, como quien piensa. Y, con una sonrisa que no es amable, pero que es la primera sonrisa de verdad que veo en Aldama:
—Yo te ayudo. Pero con una condición. Si encuentras algo raro de los Morano, me lo cuentas. —Sonríe—. Mi padre perdió unas tierras con ellos. Hace mucho. Y a mí me queda la curiosidad. Venga. Te enseño el archivo.
Y así, sin más, entro en el archivo del ayuntamiento de Aldama, detrás de un hombre que odia a los Morano tanto como yo necesito entenderlos.
Y, mientras Nacho enciende la luz de una sala llena de estanterías y de polvo, pienso que quizá, solo quizá, este pueblo no me va a devorar.
Quizá este pueblo, por primera vez, me va a ayudar.
Pero, mientras lo pienso, miro por la ventana del archivo, y veo, en la plaza, la furgoneta del ayuntamiento aparcada. Y, apoyado en ella, a Leo Morano, que mira hacia la ventana del archivo y, al verme, levanta la mano y me saluda. Con la sonrisa. Con la sonrisa que no le llega a los ojos.