Capítulo 7
El hombre que sonríe
· · ·
No llego a la obra. Porque, cuando voy a buscar el coche, Leo Morano ya está esperándome a su lado.
Lo reconozco al instante. Lo reconozco porque he buscado su foto en el móvil, en la parada de la autovía.
Y, ahora, aquí, en persona, es distinto.
Es más. Leo Morano es de esos hombres que ocupan más espacio del que tienen.
Alto. Pelo oscuro, peinado hacia atrás. Ojos verdes, de un verde claro, de gato, que miran y que calculan.
Mandíbula fuerte. Sonrisa blanca. Traje gris, sin corbata, con la camisa abierta.
Y un aire, un aire de hombre que se sabe querido, que se sabe poderoso, que se sabe dueño de todo lo que pisa.
El hombre que va a ser alcalde. El hombre que, hace dieciocho años, salió de una obra con miedo.
—Nora. —Me tiende la mano. La sonrisa—. Leo Morano. Concejal del ayuntamiento. Y, si todo va bien, alcalde dentro de unos meses. Bienvenida a Aldama.
Le doy la mano. La suya es firme, seca, cálida.
La de un hombre que trabaja con las manos y no se avergüenza de ello.
Me mira a los ojos con una franqueza que, viniendo de un desconocido, debería darme confianza.
En cambio, me pone en guardia. Conozco esa franqueza.
Es la de la gente que ha aprendido a parecer sincera.
La conozco porque yo la uso. Porque yo también miento con la cara.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Los pueblos pequeños, Nora. —Se ríe—. A las tres de la tarde ya sabía que una mujer con matrícula de Madrid había aparcao en el muelle y había preguntado por los Vega. Aquí no hay secretos. O, mejor dicho, los hay, pero duran poco.
Los Vega. Dice los Vega. Sabe quién soy. Sabe que soy la hermana. Sabe por qué estoy aquí. O, al menos, lo sospecha. Y, sin embargo, me sonríe. Me da la mano. Me dice bienvenida. Como si nada. Como si no tuviera nada que ocultar.
—Nada —digo—. Solo venía a ver el pueblo. Me crié aquí de niña, en parte. Hace años que no volvía.
—¿Vega? —Arruga la frente, como buscando, como si el nombre le costara—.
Claro. La familia del pescador. Rafael, ¿no?
Recuerdo el caso. Yo era un crío, diecisiete años, recién salido del instituto.
Todo el pueblo lo recuerda. —Me mira con una piedad que me revuelve el estómago, una piedad ensayada, de político—.
Lo siento. De verdad. Fue una tragedia terrible. Un niño. En el mar. No hay nada peor.
En el mar. Dice en el mar. Y, al decirlo, algo en sus ojos cambia.
Algo mínimo. Un parpadeo. Un microgesto.
Como si, al decir la palabra mar, algo en él se tensara.
Y, en ese microgesto, yo reconozco algo.
Algo que Magda me enseñó a ver, en sus diarios: la gente que miente sobre el mar.
La gente que dice que el mar se llevó lo que el mar no se llevó.
Leo miente. Leo miente sobre mi hermano. Y, cuando miente, parpadea.
No digo nada. No le doy la satisfacción. Solo asiento, con la cara de quien acepta una piedad que no necesita. —¿Y tu padre? ¿Rafael?
—Vive.
No añado nada. Leo asiente, respetuoso, como si entendiera que hay temas que no se profundizan en un puerto al atardecer. Saca una tarjeta. Cartulina gruesa, con un nombre y un número, y, debajo, una frase: «Un pueblo para vivir». La de un político. Me la da.
—Soy concejal aquí. Candidato a la alcaldía, de hecho. Si necesitas cualquier cosa, una recomendación, un sitio donde quedarte, lo que sea. Aquí nos cuidamos entre todos. —Sonríe—. Es lo bueno de los pueblos pequeños.
Me guardo la tarjeta sin mirarla. Le doy las gracias. Me da la mano otra vez, y, esta vez, me la aprieta un poco más de la cuenta, un poco más de lo normal, y me mira a los ojos, y me dice, con una voz baja, casi amable:
—Y, Nora. Si necesitas algo de hace tiempo, de lo de tu hermano, aquí estamos. El ayuntamiento tiene archivos. Yo mismo puedo ayudarte. A veces, cerrar las heridas del pasado es lo mejor. Para todos. ¿No crees?
Cerrar las heridas del pasado. Lo dice como un político.
Pero, debajo, suena a otra cosa. Suena a: deja de buscar.
Suena a: no mires. Suena a: el pasado está mejor donde está, en el fondo del mar, donde nadie puede sacarlo.
Leo Morano me está diciendo, con una sonrisa y una palmada en el hombro, que deje de buscar a mi hermano.
Y, al hacerlo, me confirma, sin saberlo, que hay algo que encontrar.
Se va caminando por el espigón, con el paso del que es dueño de todo lo que pisa. Lo miro irse. Y, cuando dobla el cabo, me doy cuenta de que tengo la mano cerrada en un puño, y que las uñas se me clavan en la palma.
Me quedo sola en el puerto. La niebla sube. Tengo frío. Y, por primera vez desde que entré en el piso de Magda, pienso con claridad.
El mar no devolvió el cuerpo de mi hermano. El pescador lo sabe. Y Magda, en su diario, escribió que el niño no estaba donde todos lo buscaban. Tres hechos que, juntos, no pueden ser coincidencia.
Mi hermano no se ahogó. O, al menos, no se ahogó solo en el mar. Alguien sabe dónde está. Y ese alguien me acaba de decir, con una sonrisa, que deje de buscar.
Aldama no me quiere aquí. Lo siento en el aire, en la forma en que el pescador cerró la cara al oír mi apellido, en la forma en que Leo Morano apareció a mi lado cinco minutos después de que yo aparcase.
Este pueblo esconde algo. Y ese algo tiene que ver con mi hermano.
Y Leo Morano está en el centro de ese algo, sonriendo, dándome la mano, diciéndome que cierre las heridas.
Encuentro una pensión en la calle del puerto, una casa de bandera azul con habitaciones frías y olor a madera.
Pago una noche en efectivo. La dueña, una mujer callada, de sesenta años, con la cara de quien ha visto pasar demasiados veranos, no me pregunta nada.
Me da la llave. Subo. La habitación da a la calle.
Desde la ventana, veo el puerto, el espigón, y, al fondo, el extremo oeste, donde las rocas quedan al descubierto con la marea baja, y donde, hace dieciocho años, había una obra, y un hueco, y un pozo.
Saco los cuadernos de Magda de la mochila.
Me siento en la cama, con la luz de la mesilla.
Abro el segundo cuaderno. El de hace dieciocho años, los días siguientes a la desaparición.
La letra de Magda es aquí más nerviosa, más pequeña, como si escribiera de noche, con miedo a que la oyeran. Las entradas son breves. Salto líneas:
«Día 3. La policía busca en el mar. Buscan en el sitio equivocado. Sé que buscan en el sitio equivocado. Pero no puedo decirlo. Si lo digo, me preguntan cómo lo sé. Y, si respondo cómo lo sé, lo pierdo.»
«Día 5. Los Vega se van del pueblo. Rafael bebe. La madre no habla. La niña me mira en la calle y no me reconoce. Qué alivio. Qué horror.»
«Día 9. Leo no duerme. Lo veo en la misa, con la cara blanca. Cree que el niño murió. Cree que es su culpa. Que lo crea. Que lo crea toda la vida. Es más seguro así.»
Leo. Leo cree que el niño murió. Leo cree que es su culpa. Leo, el concejal sonriente que acaba de darme su tarjeta en el puerto, creía, hace dieciocho años, que mi hermano había muerto por su culpa.
Me agarro a la frase. La leo tres veces.
Leo cree que el niño murió. Entonces Leo no lo salvó.
O Leo sí lo dejó morir y no lo sabe. O Leo sabe dónde está el niño y miente.
Cada una de esas tres opciones me da un escalofrío distinto.
Y ninguna me da la respuesta que quiero. La respuesta que quiero es: ¿vive?
Paso páginas. Llego a una entrada fechada un mes después de la desaparición. La letra es firme, decidida, la de alguien que ha tomado una resolución:
«El niño no está donde todos lo buscan. Sé dónde está. Y sé quién no debe encontrarlo nunca. Mientras nadie pregunte en el sitio correcto, todo queda como está. El día que alguien pregunte en el sitio correcto, todo se rompe.»
El niño no está donde todos lo buscan. Magda sabía dónde estaba. Y sabía quién no debía encontrarlo. ¿Estaba vivo? ¿Estaba muerto? Magda no lo dice. No aquí. Solo dice que ella sabe, que ella es la única que sabe, y que el sitio donde está el niño es un sitio donde nadie busca.
Un sitio donde nadie busca. El mar. El pozo. La obra. O algún otro sitio. Un sitio al que alguien lo llevó. Un sitio al que alguien lo sacó. Magda sabe. Magda sabía. Y Magda murió.
Cierro el cuaderno. Me tumbo en la cama, con la ropa puesta, mirando al techo. El corazón me late en las sienes. Mi hermano puede estar vivo. O puede estar muerto y Magda saber dónde. Una de las dos. Y la única que podía decírmelo ha muerto esperándome.
Y entonces, desde la ventana, oigo un motor. Me incorporo. Asomo la cabeza, con cuidado, con la luz apagada. En la calle del puerto, aparcado frente a la pensión, hay un coche. Dentro, una figura. No se mueve. Solo está. Mirando la pensión. Mirando mi ventana.
No puedo ver la cara. Pero el coche es oscuro, nuevo, con matrícula del pueblo. Y, mientras miro, los faros se encienden un instante, un destello, y se apagan. Una señal. O un aviso. O una amenaza.
El coche arranca y se va, despacio, sin prisa, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
Me aparto de la ventana. Apago la luz. Me quedo sentada en la cama, en la oscuridad, con el cuaderno de Magda contra el pecho, y pienso: alguien sabe que estoy aquí. Alguien me ha visto llegar. Alguien me está siguiendo. Y, sea quien sea, no quiere que encuentre lo que el mar no se llevó.
Pero ya es tarde para marcharme. Porque ahora sé, con la certeza fría de quien ha leído una carta de amor y de muerte, que hay algo que encontrar.
Que mi hermano no se ahogó solo en el mar.
Y no hay coche en el mundo, ni pueblo en el mundo, ni hombre sonriente en el mundo, que vaya a impedirme encontrarlo.