Capítulo 6
La maestra de Aldama
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Salgo de Madrid a las seis de la mañana, con el cielo todavía oscuro, con la autovía vacía, con un café en el vaso del portaobjetos y los diarios de Magda en el asiento de al lado.
Llevo un vestido negro, el abrigo, y los guantes de limpiar metidos en el bolsillo, porque no sé quién voy a ser cuando llegue a Aldama.
La limpiadora. La hermana. La que busca. No lo sé. Solo sé que voy.
El norte se me aparece despacio. La meseta, plana, marrón, se va rompiendo en colinas verdes.
El cielo se baja. Las nubes se acercan. Y, cuando el mar aparece, al fondo, gris, enorme, con olas que se ven desde la autovía, algo en mí se aprieta.
El mar. El mar que se llevó a mi hermano.
El mar que no me lo devolvió. Lo miro. Y, por primera vez en dieciocho años, no lo miro con miedo.
Lo miro con rabia. Porque el mar no se llevó a mi hermano.
El mar miente. Alguien miente. Y voy a averiguar quién.
Leo el diario de Magda en una parada, con el café en la mano, apoyada en el capó del coche.
Leo lo que escribió aquella noche. La fiesta.
El niño que se perdió. La obra. El hueco.
El pozo. Y Leo Morano, saliendo de la obra con miedo.
Leo Morano, diecisiete años, el hijo del dueño. Leo Morano, que sabe lo que pasó.
Leo Morano. Busco el nombre en el móvil.
Y lo encuentro. Leo Morano. Treinta y cinco años.
Concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Aldama.
Candidato a la alcaldía en las próximas elecciones.
Hijo de Tomás Morano, constructor. Familia importante.
Familia con dinero. Familia con poder. El chico que, hace dieciocho años, salió de una obra con miedo, es ahora un hombre que quiere gobernar un pueblo.
Un hombre que, si Magda dice la verdad, sabe qué le pasó a mi hermano.
El corazón me late. Pero no de miedo. De algo nuevo.
De algo que no había sentido en dieciocho años.
De esperanza. Porque, si Leo Morano sabe, si Leo Morano estaba ahí, entonces mi hermano no se ahogó solo en el mar.
Entonces alguien vio. Entonces alguien sabe.
Y, si alguien sabe, puedo encontrarlo. Puedo preguntarle.
Puedo sacarle la verdad. Puedo, por fin, saber qué le pasó a mi hermano.
Vuelvo a poner el diario en el asiento. Arranco. Y, mientras conduzco los últimos kilómetros hasta Aldama, leo, en el diario, otra entrada. Una entrada que Magda escribió, dice la fecha, años después. Una entrada que dice:
Sé lo que le pasó. Sé dónde estaba. Y sé quién no quiso mirar. Pero no sé dónde está ahora. No sé si está vivo. No sé si alguien lo salvó. Solo sé que el mar no se lo llevó. Y eso es lo que llevo dieciocho años sin poder decir.
No sé si está vivo. Magda no sabe si está vivo.
La esperanza se me enfría un poco. Magda no sabe.
Magda solo sabe que no fue el mar. Que fue la obra.
Que fue el pozo. Que Leo Morano sabe. Pero no sabe si mi hermano vive.
Nadie sabe. Quizá mi hermano esté muerto, en el fondo de un pozo, desde hace dieciocho años.
Quizá mi hermano nunca salió de aquel agujero. Quizá Leo Morano lo dejó morir.
Pero, incluso si es así, necesito saber. Necesito saber dónde está el cuerpo. Necesito saber qué pasó. Necesito, por fin, dejar de preguntármelo. Dieciocho años preguntándomelo. Dieciocho años sin dormir. Dieciocho años mirando el mar y buscando un cuerpo rubio. Basta. Hoy, hoy, voy a saber.
Aldama aparece al doblar un cabo. Un pueblo pequeño, de casas blancas y tejados rojos, con un puerto de pescadores y una iglesia con torre.
Bonito. Tranquilo. El pueblo donde mi hermano se perdió.
El pueblo que me mintió. Lo miro, desde lo alto, y pienso: aquí, en algún sitio, está la verdad. Y, hoy, la voy a encontrar.
Bajo al pueblo. Aparco en el muelle. Y, lo primero que veo, es una feria de pueblo.
Las casetas de la fiesta del puerto. Los farolillos.
La música. Y, en medio, un caballito de madera, en una caseta de tómbola, que nadie ha cogido.
Un caballito de madera, rubio, con una crin pintada.
Como el de mi hermano. Como el de la foto de Magda.
Me quedo mirándolo. Y, durante un segundo, tengo seis años, y mi hermano tiene seis, y está a mi lado, y me tira de la falda, y me dice: «Mira, Nora, un caballito.
» Y me duele. Me duele tanto que tengo que agarrarme a la caseta.
—¿Está bien, señorita?
Me giro. Un pescador, viejo, con gorra, me mira con la cara de quien ve a alguien que va a llorar. Y, en sus ojos, hay algo. Algo que me dice que sabe. Que sabe quién soy. Que sabe por qué estoy aquí.
—Estoy bien. —Me seco los ojos—. Perdone. Buscaba a alguien.
—¿A quién busca?
—A un niño. Hace dieciocho años. Se llamaba Martín. Martín Vega. Se perdió en la fiesta del puerto. ¿Lo recuerda?
El pescador me mira. Largo. Y, con una voz lenta, de hombre que ha visto muchos mares y muchas mentiras:
—Señorita. Aquí todos nos acordamos de aquel niño. Pero aquí, de eso, no se habla. Aquí, de los Morano, no se habla. ¿Me entiende? Si busca algo, mire donde no le vean. Y no pregunte en el pueblo. El pueblo tiene boca. Y la boca va a donde no debe.
Me mira. Me da un papel arrugado, con una dirección.
Y se va. Y yo me quedo, en medio de la fiesta del puerto, con un papel arrugado en la mano, un caballito de madera en una caseta, y la sensación, cada vez más fuerte, de que este pueblo sabe qué le pasó a mi hermano.
Y de que, este pueblo, lo ha callado durante dieciocho años.
Voy a buscar a Leo Morano. Pero, antes, voy a mirar la obra. El hueco. El pozo. Lo que Magda vio. Voy a ver, con mis ojos, si mi hermano murió en un pozo. O si, quizá, no murió. Quizá. Solo quizá.