Capítulo 5
Diario de Magda — La fiesta del puerto
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Hace dieciocho años. Aldama. Julio.
Era la noche de la fiesta del puerto. Yo llevaba tres semanas en Aldama, de maestra interina en el colegio, cubriendo la baja de doña Encarna.
Tres semanas. Las suficientes para conocer a los niños.
Las suficientes para querer a uno. El rubio.
El de los ojos grandes. El que se reía con todo.
Martín. Se llamaba Martín. Y tenía seis años.
Y era el niño más vivo que yo había tenido en un aula.
La fiesta del puerto era el fin de las vacaciones de su familia.
Llevaban quince días en Aldama, en un alquiler del extremo este.
El padre, Rafael, pescador. La madre, Pilar, callada, dulce.
La hermana, Nora, dieciséis años, con cara de mujer y ojos de niña.
Y el niño. El niño que corría por el muelle con un caballito de madera en la mano, y que se paraba a mirar todo, y que me tiraba de la falda y me decía: «Seño, ¿y los barcos dónde van?
» Y yo le decía: «Lejos, Martín. A sitios que no conocemos.
» Y él se quedaba pensando, con el caballito en la mano, y decía: «Pues yo, cuando sea mayor, iré a buscarlos. »
Yo lo quería. Lo confieso aquí, en este cuaderno que nadie leerá.
Yo quería a ese niño. Como si fuera mío.
Como si me lo hubiera elegido el destino para que lo quisiera, tres semanas, y después perderlo.
Pero, aquella noche, no sabía que lo iba a perder.
Aquella noche, solo sabía que la fiesta del puerto estaba preciosa, y que el mar olía a sal y a pino, y que los farolillos colgaban de cuerdas de barco, y que la música sonaba, y que los niños corrían, y que el mundo, por una vez, parecía bueno.
Lo vi a las nueve de la noche. Estaba en la plaza, con su hermana.
Nora hablaba con unos chicos, y Martín, aburrido, se alejó.
Lo vi irse. Lo vi tomar la calle que baja al extremo oeste.
Lo vi desaparecer entre la gente. Y algo en mí, algo que no sé nombrar, algo que luego entendí que era miedo, me dijo: ve tras él. Síguelo. No lo pierdas.
Yo no fui. Me quedé. Pensé: es un niño, está en una fiesta, está en su pueblo de vacaciones, no pasa nada.
La gente de aquí es buena. Los Morano son buenos.
El pueblo es seguro. No pasa nada. Y me quedé tomando una sidra en la plaza, charlando con la farmacéutica, mientras un niño de seis años se perdía en la noche de Aldama.
Media hora después, oí gritar. Gritos de mujer.
Gritos que no eran de fiesta. Y corrí. Corrí hacia los gritos.
Y, en la calle que baja al extremo oeste, vi a la madre, a Pilar, corriendo, descalza, gritando: «Martín.
Martín. ¿Dónde está mi niño?» Y a la hermana, Nora, blanca, paralizada, con un vaso de sidra en la mano que se le cayó al suelo.
Y al padre, Rafael, que llegaba del muelle, con la cara de quien entiende, de golpe, que el mundo se acaba.
Me quedé en la esquina. No me moví. No pude. Porque, en ese momento, supe que yo lo había visto irse. Supe que yo había tenido el miedo. Supe que yo había tenido la oportunidad de ir tras él. Y no fui. Y, ahora, el niño no estaba.
Después pasó todo rápido. Gente buscando.
Linternas. La Guardia Civil. El mar. El muelle.
Los barcos. Buscaron en el mar. Creyeron que se había caído al agua.
Que se había ahogado. El padre se tiró al puerto, una y otra vez, buceando, buscando un cuerpecito rubio bajo el agua.
No lo encontró. Nunca lo encontraron. El cuerpo no apareció. Nunca apareció.
Y, a la mañana siguiente, cuando todo el mundo decía que el niño se había ahogado, que el mar se lo había llevado, yo caminé hasta el extremo oeste.
Hasta la obra. La obra de los Morano. La obra nueva, junto al mar, con el edificio a medio terminar.
Y vi la valla. La valla que debería haber estado.
Y no estaba. Había un hueco. Un hueco en la valla, del tamaño de un niño.
Y, detrás del hueco, la obra. Y, en la obra, una cisterna.
Una cisterna sin cubrir. Un pozo de cemento, hondo, negro, sin vallas, sin luz, sin nadie.
Y me quedé mirando el hueco. Y algo en mí se rompió.
Porque supe. Supe que el niño no se había ahogado en el mar.
Supe que el niño había entrado por ese hueco.
Y que había algo, en esa obra, que la gente no quería que se supiera.
Y que, por eso, decían que el mar. Por eso decían que se había ahogado.
Para no mirar la obra. Para no mirar el pozo.
Y, esa mañana, vi a alguien. Vi a un chico.
Un chico joven, diecisiete años, pelo oscuro, ojos verdes, que salía de la obra por un agujero de la valla.
Que caminaba rápido. Que miraba atrás. Que tenía la cara de quien ha visto algo que no quería ver.
Leo. Leo Morano. El hijo del dueño. El chico guapo del pueblo.
El que iba a ser alguien. Y, cuando Leo me vio mirándolo, se paró.
Me miró. Y, en sus ojos, vi el miedo. El miedo que yo había tenido.
El miedo de quien ha dejado a un niño en un agujero y no sabe si está vivo.
No sé si Leo me vio. No sé si me reconoció.
Pero yo lo vi a él. Y él salía de la obra.
Y, en la obra, estaba el pozo. Y, en el pozo, quizá, estaba mi niño.
Volví a mi habitación. Me senté. Y escribí, en este cuaderno, lo que había visto.
Y, después, fui a la policía. Y el policía me miró.
Me sonrió. Y me dijo: «Señora, el niño se ahogó en el mar.
No busque más.» Y me echó. Y supe, en ese momento, que la policía no iba a buscar.
Que la policía no quería buscar. Que, en este pueblo, el niño se había ahogado en el mar, y punto, y nadie iba a mirar la obra, ni el pozo, ni el chico que salió corriendo con miedo.
Y yo volví a Madrid. Y dejé la interinidad.
Y nunca volví a Aldama. Pero nunca dejé de pensar.
Nunca dejé de buscar. Nunca dejé de mirar, cada noche, la cara de ese niño rubio que corría por el muelle con un caballito en la mano.
Y, cada noche, durante dieciocho años, me he preguntado: ¿dónde está Martín?
¿Está en el mar? ¿Está en el pozo? ¿Está, quizá, en algún sitio que no me atrevo a pensar?
No lo sé. No lo sé. Pero, si alguien lee esto algún día, si alguien encuentra este cuaderno, que sepa que yo vi.
Que yo vi a Leo Morano salir de la obra aquella noche.
Que yo vi el hueco en la valla. Que yo vi el pozo.
Y que yo no callé, aunque nadie me oyera.
Y que, si alguien quiere saber qué le pasó a Martín, que mire la obra.
Que mire el pozo. Que mire a Leo Morano.
Y que mire, sobre todo, dónde nadie busca.
Porque, ahí, es donde está la verdad de lo que pasó aquella noche.