Capítulo 4
Lo que le dije a Óscar
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Óscar me espera en casa. Mi casa. Nuestra casa.
El piso de Tirso de Molina, cuarto, con balcón a la calle y una maceta de romero que se me muere porque nunca me acuerdo de regarla.
Óscar lleva tres años conmigo. Es arquitecto.
Es bueno. Es paciente. Es, también, un hombre que se está cansando de que yo mienta. Y yo lo sé. Y no sé cómo parar.
Llego tarde. Huele a cena. Ha hecho lentejas, porque sabe que me gustan, porque sabe que llego cansada de los pisos, porque Óscar es de los que demuestran amor cocinando.
Y, cuando entro, me mira. Y, en sus ojos, hay algo que conozco: la pregunta.
La pregunta que no hace. La pregunta que lleva meses sin hacer: «¿Dónde has estado, Nora?
» Y la otra, la que pesa más: «¿Cuándo vas a dejar de buscar a tu hermano? »
No me la hace. No esta noche. Me besa en la frente. Me sirve un plato. Me sienta. Y come conmigo, en silencio, mientras el romero se muere en el balcón y yo miento en la boca.
—¿Mucho trabajo?
—Un piso. Una mujer mayor. Vivió sola. Murió sola. Nada especial.
Nada especial. La mentira me sale fácil.
Demasiado fácil. Llevo años practicándola.
La mentira de que mi trabajo es solo trabajo.
La mentira de que los viajes al norte son por encargos de la empresa.
La mentira de que, cuando desaparezco un fin de semana, es por una limpieza en un pueblo.
La mentira de que he dejado de buscar a mi hermano.
La mentira de que estoy bien. La mentira de que no me paso las noches en el archivo de la Guardia Civil, pidiendo expedientes de desaparecidos.
La mentira de que, cuando miro el mar, no busco un cuerpo de seis años.
La mentira de que he aceptado que Martín está muerto.
No lo he aceptado. Nunca lo acepté. No desde aquella noche.
No desde que mi padre se hundió en la botella.
No desde que mi madre murió de cáncer sin saber qué le pasó a su hijo.
No desde que me miré al espejo, a los dieciséis, y me dije: «Tú lo dejaste de vigilar.
Tú lo perdiste.» No. No lo acepté. Y, por eso, llevo años buscando.
A escondidas. Mintiendo. Perdiendo a Óscar poco a poco, como el romero del balcón, por no regar la verdad.
Ceno. Lavo los platos. Óscar se va al estudio a corregir un plano. Y yo me escabullo al cuarto de los trasteros, el que uso de despacho, el que él cree que es el de las herramientas. Cierro la puerta. Enciendo la lamparita. Y saco, de la bolsa de la empresa, lo que robé del piso de Magda.
No debería haberlo robado. Es lo primero que sé.
Es una falta. Es un delito, incluso. Pero Magda me lo dejó.
Magda me lo dejó a mí. Y yo lo cojo. Los diarios.
El mapa. La nota. La foto del niño y la mujer joven.
Y, ahora, con cuidado, el sobre. El sobre que Sole me dio.
El sobre con mi nombre. El sobre que no he abierto.
Lo pongo en la mesa. Lo miro. Es viejo, amarillento, con la letra de Magda. Y pesa. Pesan las palabras que no he leído. Pesan las preguntas que no me he hecho. Pesa mi hermano, que lleva dieciocho años pesando en mi pecho como una piedra en el agua.
Lo abro.
Dentro, hay una hoja. Una sola hoja, doblada en tres. La despliego. Y leo, con la lamparita temblando sobre el papel:
Nora. Yo fui la maestra de tu hermano. En Aldama.
Aquel verano. Solo tres semanas. Pero, para un niño de seis años, tres semanas son una vida.
Y, para una maestra que pierde a un alumno, también.
Yo lo quería, Nora. Y lo perdí. Y, durante dieciocho años, he vivido con eso.
Con haberlo perdido. Con no haberlo salvado.
Pero, ahora, antes de morirme, tengo que decirte una cosa.
Y es que no sé si lo que vi fue lo que todos creen.
No sé si tu hermano murió como dicen. Yo vi algo.
Y, lo que vi, me lleva a creer que, quizá, no todo fue como os contaron.
Ve a Aldama. Busca la obra. Busca el pozo.
Y busca a un chico que, un día, fue mi alumno.
Se llama Leo Morano. Y sabe lo que pasó.
Leo Morano. Leo Morano. El nombre me arde en la cabeza. Leo Morano. ¿Quién es Leo Morano? ¿Por qué Magda me da ese nombre? ¿Qué sabe Leo Morano de mi hermano? ¿Qué vio Magda? ¿Qué pasó aquella noche en la obra, en el pozo, que no fue como me contaron?
Mi hermano. Mi hermano, que se ahogó. Mi hermano, que no encontraron. Mi hermano, que enterramos sin cuerpo. Mi hermano. ¿Y si no se ahogó? ¿Y si no murió? ¿Y si alguien lo vio? ¿Y si alguien lo sabe?
Las manos me tiemblan. El papel tiembla. La lamparita tiembla. Todo tiembla. Y, en medio del temblor, una idea, fría, clara, como un cuchillo: voy a Aldama. Mañana. Voy a buscar la obra. Voy a buscar el pozo. Voy a buscar a Leo Morano. Y voy a saber qué le pasó a mi hermano. —Nora.
Me giro. Óscar está en la puerta. En pijama. Con la cara de quien lleva rato mirándome. Y, en sus ojos, ya no hay la pregunta. Hay la respuesta. La respuesta que lleva meses temiendo. La respuesta que yo le he estado dando, mentira tras mentira, sin saberlo.
—¿Qué es eso? —Señala el papel, los diarios, el mapa—.
Nora. ¿Qué es eso? ¿De dónde lo has sacado?
No es del trabajo. No es de un piso. Nora.
Llevo meses. Llevo meses viéndote mentir.
Viéndote irte. Viéndote volver rara. Viéndote mirar el mar como si buscaras a alguien.
Y, ahora, esto. ¿Qué es? ¿Quién es Leo Morano? ¿Qué es Aldama? ¿Qué estás escondiendo?
Lo miro. Mi pareja. El hombre que me hace lentejas.
El hombre que riega el romero cuando yo me olvido.
El hombre al que llevo mintiendo porque tengo miedo.
Miedo de que me diga que pare. Miedo de que me deje.
Miedo de que, si le cuento la verdad, sepa lo rota que estoy.
Y lo cuente. Y tenga que mirarme al espejo y ver lo que soy: una mujer que no aceptó la muerte de su hermano y que lleva dieciocho años persiguiendo un fantasma.
—Óscar. Es... es de mi hermano. Es de Martín. Una mujer. Una maestra. Me ha dejado... unas cosas. Y creo que sé algo. Creo que alguien vio algo. Aquella noche. En Aldama. Y quiero ir. Quiero ir a buscar.
Óscar cierra los ojos. Los cierra, fuerte, como si le doliera. Y, cuando los abre, hay algo que no estaba antes. Hay cansancio. Un cansancio viejo, profundo, de hombre que ha esperado y esperado y que ya no puede más.
—Nora. Tu hermano murió. Hace dieciocho años. Tu hermano se ahogó. Y tú no puedes seguir así. No puedes seguir buscando. No puedes seguir mintiéndome. No puedes seguir... perdiéndote. Porque te estás perdiendo, Nora. Y, si te pierdes, me pierdes a mí. ¿Lo entiendes? Me pierdes a mí.
Lo miro. Y, en sus ojos, veo la verdad que no quería ver: Óscar se va.
Óscar me está dejando. No hoy. Pero pronto.
Si sigo. Si sigo buscando. Si sigo mintiendo.
Óscar se va. Y, sin Óscar, me quedo sola con mi hermano muerto y mi culpa y mi búsqueda.
Y eso es lo que más me da miedo. Quedarme sola con esto.
Pero no puedo parar. No ahora. No con el nombre de Leo Morano ardiéndome en la cabeza.
No con la obra. No con el pozo. No con Magda diciéndome que quizá.
Mi hermano. Mi hermano. Si hay una posibilidad, aunque sea una, de que esté vivo, o de que sepa qué pasó, tengo que ir.
Tengo que ir aunque pierda a Óscar. Tengo que ir aunque pierda todo.
Porque, si no, pierdo la única oportunidad de saber la verdad.
Y, sin la verdad, no puedo vivir. No puedo. Llevo dieciocho años sin poder.
—Óscar. Tengo que ir. Mañana. A Aldama. Y te lo pido, no me lo impidas. No me digas que pare. No esta vez. Déjame ir. Y, cuando vuelva, hablamos. De todo. De mí. De nosotros. De por qué miento. Pero, ahora, déjame ir. Por mi hermano. Por mí.
Óscar me mira. Largo. Y, en sus ojos, algo se apaga. Algo que era nuestro. Y, con una voz baja, rota, la voz de quien suelta una cuerda que llevaba agarrando hace tiempo:
—Ve, Nora. Ve a buscar a tu hermano. Yo... yo no puedo seguir así. Pero ve. Y, cuando vuelvas, si vuelves, hablamos.
Me voy a la cama. Pero no duermo. No puedo.
Porque, mañana, voy a Aldama. Y, en Aldama, está la obra.
Y el pozo. Y Leo Morano. Y, quizá, mi hermano.
O lo que quedó de él. O la verdad de lo que le pasó.
Y, si la verdad es que está muerto, al menos sabré que está muerto.
Y, si la verdad es otra... si la verdad es otra, no sé qué haré. Pero iré. Iré.