La herencia del olvido Capítulo 22
96%

Capítulo 22

Todo se pierde

· · ·

Llegamos a casa de Nacho, en un piso viejo de Vallecas, en un cuarto piso sin ascensor, jadeando, asustados, con las piernas que no nos sostienen.

Cerramos la puerta. Nacho echa el cerrojo, la cadena, el pasador.

Mira por la ventana, por la rendija de la persiana.

No hay nadie. Nadie nos ha seguido. La calle está vacía, con la luz de la tarde, con los niños que juegan en la plaza.

Pero el miedo no se va. El miedo se queda, pegado a la piel, como el sudor, como el olor del callejón.

—No podemos quedarnos aquí. —Nacho se sienta, en la silla de la cocina, con la cabeza entre las manos—.

Leo tiene gente en Madrid. Si sabe que estoy con vosotros, si sabe que os ayudo, vendrán aquí también.

Y aquí no hay puerta secreta. Aquí no hay pasillo subterráneo.

Aquí solo hay una puerta. Y, si la tiran, entramos.

—¿Aldama? —pregunta Óscar, con la mochila en el suelo, con la cara sudada, con la voz que aún recupera el aliento.

—Aldama está quemada. Leo sabe que buscaba en el archivo. Sabe que Nacho me ayudó. Irá al archivo. Destruirá lo que quede. Y, si va a la pensión, y no me encuentra, sabrá que huí. Y buscará.

Mi móvil suena. Un número de Aldama. Un número que no conozco. Lo miro. Lo miro durante un segundo que dura una hora. Y contesto. Es la dueña de la pensión. Llora. Llora por el teléfono, con la voz rota, con los sollozos que no se entienden.

—Señora Vega. Han venido hombres. Dos. Tres. No sé. Han registrado su habitación. Han destrozado todo. La cama, la mesilla, la maleta. Han tirado los cuadernos. Han roto las cosas. Y... y han ido a casa de su padre.

Mi padre. El corazón se me para. El mundo se me para. El teléfono me pesa en la mano, como si pesara una tonelada.

—¿Mi padre? ¿Qué le ha pasado? ¿Mi padre?

—Está en el hospital. Lo encontraron en el suelo de la cocina.

Dicen que se cayó. Dicen que se golpeó. Dicen que, con la bebida, se cayó.

Pero... señora Vega, los vecinos oyeron gritos.

Y golpes. Y voces de hombres. No fue una caída.

No fue la bebida. Vinieron hombres. Y, cuando se fueron, su padre estaba en el suelo. Y no se levantaba.

Leo. Leo ha mandado a alguien a casa de mi padre.

Leo ha golpeado a mi padre. Mi padre, que sabe algo, que tiene miedo, que no me quiso decir, que me dijo que me fuera, que me dijo que no volviera.

Mi padre, que me echó de su casa con una mirada de muerte.

Mi padre, en el hospital. En el suelo. Por mi culpa.

Porque yo no paré. Porque yo seguí buscando.

Porque yo no me fui cuando me lo dijo todo el mundo.

Porque yo, terca, necia, egoísta, seguí.

Y, mientras yo seguía, alguien fue a por mi padre.

Para que yo parara. Para que yo supiera que, si no paro, van a por los míos.

Me siento en el suelo. Las piernas no me sostienen.

Me dejo caer, con la espalda en la nevera de Nacho, con el teléfono en la mano, con las lágrimas que caen sin ruido.

Óscar se arrodilla a mi lado. Me agarra las manos.

Me las aprieta. Pero no puedo sentirlo. Solo puedo pensar: mi padre.

Mi padre herido. Mi padre, solo, en un hospital de Aldama.

Mi padre, que me echó, que me quería, que tenía miedo. Por mi culpa. Todo, por mi culpa.

—Tengo que ir a Aldama. Tengo que ver a mi padre. Tengo que ir ahora.

—Nora, no puedes. —Nacho me lo dice con dureza, con la dureza de quien me quiere salvar, con la voz que no admite réplica—.

Te esperan. Si vas a Aldama, te cogen. En el hospital, en la carretera, en la puerta.

Y, si te cogen, no ayudas a tu padre. Ayudas a Leo.

Le das lo que quiere: que paremos. Que nos rindamos.

Que le demos todo. Tu padre está en el hospital.

En el hospital, hay gente. Hay médicos. Hay enfermeras.

Hay seguridad. Tu padre está más seguro allí que en cualquier sitio.

Y, cuando te necesite, estará ahí. Pero ahora, lo que tienes que hacer es encontrar a tu hermano.

Encontrar a Daniel. Y, cuando lo encuentres, cuando tengas la prueba, ir a la policía.

A una policía que no sea la de Aldama. A la Guardia Civil de verdad.

A la de Madrid. Y denunciar a Leo. Por Magda. Por tu padre. Por todo.

Nacho tiene razón. Lo sé. Lo sé con la cabeza.

Pero saberlo no lo hace más fácil. El corazón no entiende de razones.

El corazón solo entiende de padre herido, de culpa, de miedo.

Mi padre, herido. Óscar, a mi lado, asustado, con la cara de quien ha entrado en algo que no esperaba.

Nacho, con miedo, con la voz dura que esconde el miedo.

Yo, con una foto de un hermano que no sé si llegaré a ver, con un padre en el hospital, con un hombre que me quiere matar.

Todo se pierde. Todo lo que toco se rompe.

Todo lo que quiero se me quita. Mi hermano, hace dieciocho años.

Magda, hace un mes. Mi padre, hoy. Todo. Todo se pierde.

—Nora. —Óscar me coge la cara. Me coge la cara con las dos manos, con los dedos en las mejillas, con los ojos que me miran, que me buscan, que me encuentran.

Me mira a los ojos—. Vamos a buscar a tu hermano.

Ahora. Vamos a la sierra. Encontramos a Daniel.

Y, con él, vamos a la policía. Esto no se acaba aquí.

Esto acaba cuando tú decidas que acaba. Y no acaba hoy. Hoy no acaba.

Lo miro. Y, en sus ojos, veo algo que casi había olvidado.

Algo que no sabía que necesitaba. Alguien que cree en mí.

Alguien que no me va a dejar. Alguien que, a pesar de todas mis mentiras, de todos mis silencios, de todo lo que le oculté, está aquí.

Conmigo. A mi lado. Sin preguntar. Sin juzgar. Solo, aquí.

—Vale. —Me levanto. Me seco la cara, con el dorso de la mano, con rabia, con fuerza. Me seco las lágrimas que no me puedo permitir—. Vamos a buscar a mi hermano.

Nacho nos da las coordenadas del pueblo.

Un pueblo de la sierra, pequeño, perdido, a tres horas en coche, en una carretera que se pierde entre los pinos.

Un pueblo que no tiene nombre en los mapas grandes, que solo aparece en los locales, que se llama como un santo que nadie recuerda.

Nacho no viene con nosotros. Nacho se queda, para guardar lo que sabe, para estar cerca de Aldama, para vigilar a mi padre desde lejos, para, si algo pasa, estar ahí.

Nacho, el archivero, el que ha arriesgado todo, el que ha perdido su tierra, el que ha guardado los papeles de una muerta durante años, el que, ahora, nos da las coordenadas de mi hermano.

Nacho, que se queda, para que nosotros vayamos. Para que encontremos lo que él no pudo.

—Id. —Nacho nos abraza, a Óscar y a mí, con los brazos de hombre que no abraza—.

Id. Encontrad al chico. Y, cuando lo encontréis, id a la policía.

A la de Madrid. No a la de Aldama. Y, si podéis, llamadme.

Si no podéis, no me llaméis. Yo sabré. Yo estaré aquí.

Vigilando. Guardando. Esperando. Como Magda. Como Magda, que esperó. Yo espero.

Óscar y yo salimos de Vallecas. Cogemos un coche de alquiler, con un nombre falso, con dinero en efectivo, con la foto de Daniel en el bolsillo.

Y, mientras salimos de Madrid, hacia la sierra, hacia mi hermano, hacia la verdad, miro atrás, una última vez, por la ventanilla, la ciudad donde Magda vivió y murió, las torres, los tejados, el cielo.

Y pienso: voy a encontrar a mi hermano. Y, cuando lo encuentre, todo va a cambiar.

Para siempre. Para bien o para mal, todo va a cambiar.

Pero, en el espejo retrovisor, un coche se engancha detrás de nosotros. Un coche oscuro. Que nos sigue. Que nos sigue desde Madrid. Que no nos suelta. Que nos pega, como una sombra, como un perro, como un miedo.

Y, mientras lo miro, en el espejo, mientras Óscar conduce, mientras la sierra se acerca, pienso: Leo sabe. Leo sabe a dónde vamos. Y Leo nos sigue. Y, si Leo nos sigue, si Leo nos encuentra en el pueblo, si Leo llega antes que nosotros a Daniel...

No. No quiero pensarlo. No puedo pensarlo. Aprieto la foto de Daniel contra el pecho, contra el corazón. Y miro adelante. Hacia la sierra. Hacia mi hermano. Hacia lo que sea que me espere.

ÚLTIMO CAPÍTULO