Capítulo 2
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La casa de Magda Salvatierra es pequeña y está llena.
No llena de cosas, como un acumulador. Llena de vida, de una vida que se vivió entera en sesenta y ocho años y que no se fue cuando el cuerpo se fue.
Es un piso de maestra. Lo sé en cuanto cruzo el salón: hay libros.
Libros en las estanterías, libros en la mesa, libros junto al sofá, libros en el baño.
Libros de texto, de los viejos, con lomos gastados.
Novelas. Poesía. Un ejemplar de Platero y yo tan manoseado que se abre solo por la página de un cuento que alguien leyó y rio mil veces.
Y, en la mesa del comedor, junto a una taza vacía, unas gafas.
Las gafas de Magda. Todavía ahí. Como si ella acabara de quitárselas para mirar algo más de cerca y fuera a volver.
No vuelvo a ponerme los guantes. No todavía.
Primero quiero ver. Quiero entender quién era esta mujer antes de limpiar lo que dejó.
Es un defecto. Rui me lo dice: «Nora, tú no investigas.
Tú limpias.» Pero yo no puedo limpiar lo que no entiendo.
Necesito ver la casa como la veía ella. Necesito saber dónde estaba el azúcar, dónde las tazas, dónde la luz que dejaba encendida al dormir.
Porque las casas de los que mueren solos no son cajas de cosas.
Son mapas. Mapas de la vida que se vivió en ellas. Y yo leo mapas.
La cocina es estrecha, con una ventana que da a un patio.
Hay una taza en el fregadero, limpia, boca abajo.
Una sola taza. Magda vivía sola. Hay un calendario en la pared, de esos de farmacia, con un santo por día.
Está abierto en octubre. Y, en el día de hoy, hay una marca.
Un círculo, dibujado a mano, alrededor de la fecha de hoy.
Hoy. El día que yo entré. Magda marcó hoy.
Magda, que murió hace una semana, marcó el día de hoy en su calendario.
Como si supiera que hoy iba a entrar alguien. Como si me esperara.
Me da un vuelco. Me agarro al borde del fregadero.
Respiro. Es una coincidencia. La gente marca días.
Para citas. Para recordar. Para el médico.
Magda era mayor. Tenía el médico, probablemente.
Nada más. Pero el círculo está dibujado con una mano firme, no temblorosa.
Y está alrededor de hoy. Y la corona del pasillo. Y la frase. Para la que vendrá después.
Salgo a la cocina. Voy al salón. Y, en el salón, junto al sofá, hay una mesita con una cajonera.
Y, sobre la cajonera, una foto enmarcada.
Una foto de una mujer joven, con un niño pequeño de la mano.
La mujer es Magda, treinta años más joven, sonriente, con el pelo oscuro.
El niño tendrá seis años. Pelo rubio. Risa grande. Y, en la mano, un caballito de madera.
Me quedo mirando la foto. Algo en ella me tira.
Algo que no debería tirar. El niño. El niño me tira.
Como si lo conociera. Como si lo hubiera visto antes.
Pero no. No lo conozco. Es un niño de una foto.
Un niño que Magda conoció. Un alumno, tal vez.
Un sobrino. No lo sé. Pero, mientras lo miro, siento algo en el pecho, algo viejo, algo que no me quiero mirar.
Algo que tiene que ver con mi propio hermano, con Martín, con el niño que se perdió hace dieciocho años y al que dejé de vigilar una noche de verano.
No. No me mires ahí. No pienses en eso. Tienes trabajo. Tienes un piso que limpiar. Tienes una vida que ordenar, la de Magda, no la tuya. Aparto la foto. Me pongo los guantes. Y empiezo a limpiar de verdad.
Limpio la cocina. Limpio el baño. Limpio el dormitorio, donde Magda murió, donde la sábana guarda la forma de un cuerpo que ya no está.
La cambio. La meto en una bolsa. Limpio el colchón.
Desinfecto. Otra vez el olor dulce. Otra vez el azúcar.
Y, mientras trabajo, escucho un ruido en el rellano.
La puerta de enfrente, la A, que se abre.
Y una voz, una voz de mujer mayor, que me habla desde el otro lado de la puerta abierta:
—¿Es usted la de la limpieza?
Me giro. En el umbral de la puerta B, con el pelo cano recogido y un chaquetón de lana, hay una mujer.
Setenta años, más o menos. Ojos pequeños, vivos.
Una cara que ha visto cosas. Me mira. Y, en su mirada, hay algo que no me gusta.
Hay reconocimiento. Como si me estuviera esperando.
Como si supiera que yo, y no otra, iba a entrar hoy en ese piso.
—Sí. Soy Nora. De la empresa.
—Ya. —Asiente, despacio, como si confirmara algo—. Yo soy Soledad. Sole. Vecina. La del frente. Magda era mi amiga.
Lo dice en pasado. Era. Magda era su amiga. Y, al decirlo, le tiembla la voz. Pero solo un segundo. Se recompone. Y me mira, fijamente, con esos ojos pequeños y vivos:
—Magda me dijo que vendría alguien. Me dijo que, cuando muriera, vendría una mujer. A limpiar. Y que esa mujer no sería una cualquiera. Que tendría que darle algo. El corazón se me para. Me quito un guante. La miro.
—¿Perdone? ¿Que tendría que darme algo?
—Me dijo: «Sole, cuando yo me vaya, vendrá una mujer a limpiar mi piso. Y, cuando entre, dile: no confíes en lo que recuerdes. Y dale esto.»
Y Sole mete la mano en el bolsillo del chaquetón. Y saca algo. Un sobre. Un sobre viejo, amarillento, con una letra en el anverso. Una letra de maestra. Una letra que dice un nombre.
Un nombre que es el mío.
—Para usted, Nora. Magda lo dejó para usted.
Cojo el sobre. Me tiemblan las manos. Lo giro. Y, en el anverso, en esa letra firme de maestra, leo:
NORA VEGA
Y, debajo, una sola línea:
Abre la puerta que está cerrada. La del fondo. La que no tiene llave.
Miro a Sole. Sole me mira. Y, en sus ojos pequeños, hay algo que ahora sé qué es: es miedo. Sole tiene miedo. Magda tenía miedo. Y, ahora, yo tengo miedo.
—¿Qué hay detrás de esa puerta, Sole?
Sole traga saliva. Mira el pasillo, hacia la puerta cerrada. La del fondo. La puerta B, dentro de la B. Y, con una voz baja, casi un susurro:
—No lo sé, hija. Magda nunca me dejó entrar.
Pero, las noches que me quedaba a dormir aquí, porque Magda tenía miedo de estar sola, oía ruidos.
Salía de la habitación. Caminaba hasta esa puerta.
Y hablaba. Hablaba con alguien que no estaba.
O que sí estaba. No lo sé. Pero Magda hablaba.
Y, a veces, lloraba. Y, a veces, decía un nombre.
Un nombre de hombre. Y, otras veces, decía otro nombre. Un nombre de niño.
Un nombre de niño. El corazón me late en las sienes. Un nombre de niño. ¿Martín? ¿Mi hermano? No. No puede ser. Magda no conocía a mi hermano. Magda era una maestra de Madrid. Magda no tenía nada que ver conmigo. Con mi hermano. Con Aldama. Con aquella noche. No. No puede ser.
—Sole. ¿Qué nombre decía?
Sole me mira. Y, durante un segundo, una eternidad, no responde. Luego:
—No me acuerdo, hija. Soy vieja. Los nombres se me borran.
Pero Magda me dijo: «Cuando venga Nora, dale el sobre.
Y dile que no confíe en lo que recuerdes.
» Y eso es lo que hago. Toma. Y, ahora, yo me voy.
—Retrocede, hacia su puerta—. Yo no quiero saber qué hay ahí.
Yo solo era su amiga. Y mi amiga me pidió esto.
Lo que pase después es cosa suya, Nora. Cuidado.
Magda dijo que, cuando usted abriera esa puerta, nada iba a volver a ser igual. Y Magda no mentía.
Y Sole se va. Cierra su puerta. Y me deja sola, en el pasillo de un piso muerto, con un sobre con mi nombre y una puerta cerrada al fondo que me espera.
Miro el sobre. Miro la puerta. Miro la puerta.
Y, con las manos que me tiemblan, voy hacia ella.