La herencia del olvido
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Capítulo 1
La casa de los muertos ajenos
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Hay un olor que no se me quita de las manos.
No es el olor de la muerte, que la gente cree que es a podrido.
No. La muerte huele a dulce, a fruta pasada, a algo que se queda demasiado tiempo en una cocina con la ventana cerrada.
El olor que no se me quita es otro: es el olor de las cosas de alguien que ya no está.
El olor del azúcar en un tarro que ya nadie abrirá.
El olor del detergente bajo el fregadero.
El olor de una chaqueta colgada en el perchero, esperando a un cuerpo que no va a volver a ponérsela. Ese es mi olor. El olor de mi trabajo.
Me llamo Nora Vega. Tengo treinta y cuatro años.
Soy limpiadora. No del tipo de limpiadora que entra en una casa y le da brillo a los grifos.
Soy limpiadora de escenas de fallecimiento.
Cuando alguien muere solo, y pasa días antes de que alguien lo encuentre, llaman a mi empresa.
Entramos. Retiramos lo que la biología ha dejado.
Limpiamos. Desinfectamos. Devolvemos a la casa un aspecto de casa, de sitio donde alguien podría volver a vivir, aunque el que vivía ya no vuelva.
Es un trabajo que aprendí a hacer sin sentir.
Es un trabajo que me enseña, cada vez, que la muerte no es lo más triste.
Lo más triste es lo que la muerte deja tirado por el suelo: una taza a medio terminar, unas gafas sobre un periódico, un zapato junto a la cama. La vida interrumpida. Eso es lo triste.
Llevo siete años haciéndolo. He entrado en pisos de viejos que murieron viendo la tele.
En casas de gente joven que se fue demasiado pronto.
En cuartos de alquiler donde alguien cerró la puerta y no volvió a abrirla.
He visto de todo. Y he aprendido una cosa: los muertos no me dan miedo.
Lo que me da miedo son los vivos. Los vivos son los que mienten.
Los vivos son los que esconden. Los vivos son los que dejan cartas sin abrir en cajones, y llaves en tazas, y puertas cerradas con candado, y fotos en la pared de gente que no deberían conocerse.
Los muertos, al menos, ya no mienten. Los muertos solo se quedan.
Y a mí me pagan para ordenar lo que dejaron.
Hoy es un martes de octubre. Madrid está gris, con esa lluvia fina que no acaba de decidir si llover o no.
El coche de la empresa me deja en Bravo Murillo, en Chamberí.
Un edificio viejo, de esos de piedra oscura y portal con olor a humedad.
Cuarto piso. Puerta B. Una mujer mayor, Magda Salvatierra, sesenta y ocho años, maestra jubilada.
La encontró el portero hace una semana, cuando le subió el correo y vio que llevaba tres días sin recogerlo.
Entró. La encontró en la cama. Fallo cardíaco, dijeron. Nada raro a su edad. Nada que hacer.
Mi jefe, Rui, me pasa la ficha por el móvil mientras subo las escaleras.
«Nora. Cuarto B. Mujer sola. Sin familia conocida.
Llevaba unos días. El portero dice que la mujer era rara.
Que recibía muchas cartas. Que tenía una habitación cerrada con llave.
Que le dijo, una vez, que algún día alguien vendría a buscar algo.
Tú solo limpia. Lo de siempre. Y no toques lo que no tengas que tocar. »
No toques lo que no tengas que tocar. Esa es la regla.
Limpia la escena. Recupera la vivienda. No registres.
No leas. No te lleves nada. Pero hay una cosa que aprendí en este trabajo: las personas que mueren solas, a veces, dejan cosas a propósito.
Como si supieran que iban a morir. Como si dejaran la casa preparada para el que viniera después.
He visto notas en la nevera que decían «la leche está caducada».
He visto ropa doblada en la cama, como si esperara visita.
He visto, una vez, una taza preparada con una pastilla dentro, y una nota: «para el que encuentre esto, tómatelo, lo necesitarás.
» Los muertos, a veces, nos hablan. A mí me pagan para no escuchar.
Pero siempre escucho. Es mi defecto. Es, también, lo que me trajo hasta aquí.
Llego al rellano del cuarto piso. Dos puertas. La A, abierta, con una mujer asomada, curiosa. La B, cerrada, con cinta de la policía ya retirada. Saco la llave maestra que me dio el portero. Entro.
El olor me recibe antes que la luz. Dulce.
Cerrado. A plátano pasado y a polvo. Cierro la puerta detrás de mí.
Enciendo la luz del pasillo. Y me paro. Algo en este piso no es como los demás.
Algo me hace quedarme quieta en el umbral, con la mano aún en el pomo, el corazón un poco más rápido de lo normal.
No sé qué es. No lo sé todavía. Pero hay algo en este piso que me espera.
Piso con cuidado. El pasillo es estrecho, con un armario empotrado, un perchero con una chaqueta de lana, y, en el suelo, una corona de flores.
Una corona de flores, en el suelo, dentro de una casa.
No en un cementerio. No en un portal. Dentro de la casa.
Como si alguien la hubiera dejado para la persona que entrara después.
Me agacho. La corona es sencilla, de margaritas y claveles blancos.
Y tiene una cinta. Y, en la cinta, una frase escrita a mano, con una letra firme, de maestra:
«Para la que vendrá después.»
Me quedo mirando la cinta. Para la que vendrá después.
Para mí. Esta corona es para mí. Esta mujer, esta Magda, que murió sola en una cama, dejó una corona de flores en el suelo de su pasillo, con una frase, para la persona que entraría a limpiar después de su muerte.
Como si supiera que alguien vendría. Como si estuviera esperando.
Un escalofrío me recorre la espalda. Me levanto. Me sacudo la sensación. Es solo una mujer mayor, rara, que tenía costumbres raras. Maestra jubilada. Solitaria. Nada más. Tengo trabajo que hacer. Me pongo los guantes. Saco los productos. Empiezo.
Pero, mientras limpio el pasillo, no puedo dejar de mirar la corona. No puedo dejar de pensar en la frase. Para la que vendrá después. ¿Por qué? ¿Por qué dejar una corona para una desconocida que entra a limpiar tu muerte? ¿Qué esperaba Magda que yo encontrara? ¿Qué esperaba que yo hiciera?
No lo sé. Todavía no lo sé. Pero, cuando termine de limpiar este piso, voy a encontrarlo. Y, cuando lo encuentre, mi vida ya no va a ser la misma.
Lo sé. Lo sé como sé que la muerte huele a fruta pasada. Lo sé por la espalda, que se me ha puesto tiesa. Lo sé por el corazón, que late más rápido. Este piso no es un piso más. Esta muerte no es una muerte más. Y yo no soy, hoy, una limpiadora más. Hoy soy la que vendrá después. Y Magda lo sabía.
Me quito los guantes. Los dejo en la caja.
Y, en lugar de empezar por la cocina, como siempre, voy hacia el fondo del pasillo.
Hacia la puerta cerrada. La puerta B, dentro de la B.
La puerta que el portero dijo que estaba cerrada con llave.
La puerta que Magda cerró, y cuya llave no está en ninguna parte.
La puerta que me espera.