CAPÍTULO 14
El Archivo Oculto
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Sofía e Isa terminaron de almorzar a toda prisa.
La pasta estaba excelente, pero el hallazgo de la foto de la estatua con forma de luna había transformado la comida en una reunión de investigación encubierta.
Ambas estaban absortas en sus pensamientos: Sofía intentaba conectar la estatua con el archivo; Isa se divertía recordando el miedo del camarero.
Cuando se levantaron para pagar, el camarero se acercó a la caja.
Su rostro, tenso durante el tiempo que estuvieron allí, se relajó visiblemente en cuanto las vio coger sus bolsos.
—Éramos demasiado para él, ¿verdad? —susurró Isa a Sofía mientras salían—.
Se notaba que estaba muy aliviado de vernos marchar.
Pobrecito, no pensaba que sus "fotos paisajísticas" atraerían tanta atención.
—Cualquier cosa que vincule la villa con ese restaurante lo asusta, y eso es bueno para nosotras —respondió Sofía—.
Significa que estamos en la pista correcta.
Antes de regresar a la colina, acordaron el siguiente paso: debían asegurarse de tener todo lo necesario para los días venideros.
El objetivo era el aislamiento: concentrarse en los secretos de la villa sin las miradas morbosas de los habitantes del pueblo.
Con el maletero lleno tras una parada rápida en el supermercado, condujeron de nuevo hacia Villa Montenero.
El portón de hierro se abrió con el chirrido familiar de siempre, un sonido que ya se había convertido en su señal personal de bienvenida al misterio.
Una vez en casa, llevaron los suministros a la cocina.
A pesar del cansancio, la curiosidad era más fuerte que las ganas de descansar.
—Bien —dijo Isa, posando la última bolsa—.
La despensa está llena. Nuestros estómagos están llenos.
El jardinero vuelve en unas horas. Es el momento.
El Archivo Oculto no esperará más. Se dirigieron de inmediato a la biblioteca.
Sofía cogió las velas decorativas que había visto en el vestíbulo, mientras Isa agarraba la linterna del kit de emergencia del coche.
Sofía se acercó a la estantería, con sus ojos verdes concentrados.
—Estamos listas para ver qué se esconde bajo las Crónicas de Valdiluna.
Extrajo el volumen de historia local. La estantería giró con su familiar sonido mecánico y el pasadizo oscuro quedó nuevamente expuesto.
El olor que emanaba era aún más intenso: una mezcla seca de moho antiguo, papel amarillento y un toque de hierro oxidado.
Era el olor de un lugar que no había sido tocado en décadas.
—Entremos —decidió Isa, encendiendo la linterna.
El haz de luz rasgó la oscuridad, revelando un pasillo extremadamente estrecho cuyas paredes eran de ladrillos húmedos y bastos, en claro contraste con los paneles de madera brillantes de la biblioteca.
Sofía entró primero, con paso cauteloso.
El aire era frío y pesado. El pasillo no era largo.
Tras unos diez metros, se abría a una pequeña estancia circular, revestida enteramente de estanterías metálicas.
Este era el Archivo Oculto. No había tesoros centelleantes ni baúles llenos de joyas.
Solo había registros tras registros, apilados ordenadamente.
Cada volumen estaba etiquetado con esmero, pero a diferencia de los tomos valiosos de la biblioteca principal, estos estaban desgastados y carecían de prestigio.
—No son libros de magia, son registros —susurró Sofía.
Isa apuntó la linterna a una serie de etiquetas: Contabilidad Montenero, 1900-1920; Correspondencia Reservada; Mapas catastrales: Sección Este.
Luego, Isa apuntó al centro de la sala. Había una pequeña mesa de trabajo de madera basta y, sobre ella, un único objeto cubierto por una tela.
Sofía se acercó y levantó la tela. Debajo había un cuaderno con cubiertas de piel y una pluma estilográfica de plata.
En la portada del cuaderno, grabada en oro descolorido, se leía:
EL VÍNCULO
Y justo debajo, un dibujo estilizado: la Luna Creciente.
Junto al cuaderno, había una pequeña caja fuerte de hierro, empotrada en el muro, con una cerradura antigua.
—El Vínculo... este debe ser el diario o las instrucciones de Elias —murmuró Sofía—.
Y hay una caja fuerte. Esto no es un simple archivo, Isa.
Este es su búnker personal. Sofía levantó con cautela el cuaderno.
Abrirlo fue como romper un sello. Las páginas estaban amarillentas pero llenas de una caligrafía elegante, densa y precisa: la de Elias Montenero.
Se sentaron en el suelo frío, usando la mesa como soporte, mientras Isa iluminaba las páginas.
El cuaderno no era un diario cotidiano, sino un registro de sus obsesiones.
Sofía comenzó a leer en voz alta los primeros párrafos:
20.01.1985. El Vínculo no es una cuestión de sangre, sino de tierra.
La promesa dada al viejo Consejo debe ser honrada, o la Montenero volverá a ser polvo.
He esperado a la Protectora, aquella que une la razón con la lealtad, durante décadas.
La casa está preparada, la perfección es mi espera.
Pero el poder del Pasaje no puede entregarse a la ligera.
Ellos buscarán el Símbolo Externo (la Luna Creciente en el Jardín), y encontrarán el Archivo. Pero la Verdadera Apertura está reservada para aquella que reconozca el Día del Retorno.
La llave no es metal. La llave es el Día en que la Fe fue Quebrantada.
Sofía se interrumpió, con la respiración entrecortada.
—"La Protectora"... está hablando de mí, Isa.
Por eso lo dejó todo así. No me dejó la casa; me dejó un encargo, como dijo Domenico.
Isa, sin embargo, estaba concentrada en el final.
—"El Día en que la Fe fue Quebrantada"...
¿qué demonios significa eso? ¿Es un verso de una poesía o un evento histórico?
Sofía siguió pasando las páginas, que describían rituales inquietantes y la "Custodia" de la que debía hacerse cargo.
Finalmente, encontró una página ocupada casi por completo por unas pocas frases grabadas en negrita:
Para abrir la Cripta (el hierro, que custodia lo que no debe ser leído), se debe recordar el Día en que Montenero vio el fin de su estirpe pura. El código reside en la fecha de la caída de la última Estrella, la fecha en que el nombre se manchó, hace cientos de años.
Código Numérico: DD/MM/AAAA.
Sofía miró la caja fuerte. Era evidente: el código de seguridad era una fecha histórica.
Su mirada volvió al cuaderno, intentando concentrarse en esa vaga referencia: "La caída de la última Estrella".
—Matteo habló de historia legendaria, las fotos en el pueblo no están ahí por casualidad...
Este lugar tiene un pasado, Isa —murmuró Sofía.
De repente, se acordó de un detalle de la biblioteca principal que había notado mientras buscaba la Luna Creciente, un detalle que ahora adquiría un significado siniestro.
—¡Isa! ¡El nombre de la villa! ¡Villa Montenero!
¿Y el símbolo del pueblo? ¿Lo has visto en la fuente de la plaza?
¡No es un sol, es una estrella de ocho puntas!
—exclamó Sofía—. ¡La caída de la última Estrella no es astronomía, es un evento en la historia de este valle!
Debo haberlo leído en… Su mirada se posó instintivamente en el libro que había usado como llave.
—...¡en las Crónicas de Valdiluna! ¡El volumen que sacamos para abrir la puerta!
Sofía se levantó de un salto. La respuesta al código numérico no estaba en la cámara; estaba en la puerta de la cámara misma.
—El cuaderno está aquí, pero la información está ahí fuera.
Tenemos que salir, encontrar el código en las Crónicas y volver. ¡Ahora mismo!