La herencia de Valdiluna: El secreto de Villa Montenero CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La pausa (no) necesaria

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En cuanto la puerta se cerró tras la marcha de Matteo, las dos amigas se dirigieron a la biblioteca, entusiasmadas por el misterio que las aguardaba.

El fuego de la chimenea se había apagado por completo, pero su llama había sido sustituida por el brillo en los ojos de Sofía e Isa.

Sofía se dirigió de inmediato hacia la estantería.

—Tenemos el pasadizo, tenemos el tiempo.

Debemos ir ahora, antes de que pase algo más…

Pero justo cuando estaba a punto de extraer el volumen Las Crónicas de Valdiluna, un ruido sordo e inequívoco interrumpió el suspense: era el rugido combinado e insistente de sus respectivos estómagos.

Las dos amigas se miraron. El desayuno de la mañana parecía un recuerdo lejano y la tensión acumulada había agotado por completo sus reservas de energía.

—Maldita sea, Sofía —exclamó Isa, llevándose una mano al abdomen—.

El Archivo Oculto puede estar lleno de secretos, pero mi estómago solo está lleno de aire.

No podemos enfrentarnos a los misterios de Elias si estamos al borde de la inanición.

—Tienes razón —admitió Sofía, suspirando.

Su practicidad siempre prevalecía sobre el drama—.

La exploración requiere concentración, y estamos cansadas y hambrientas.

Es mejor hincarle el diente a algo bueno primero.

—Y sé exactamente a dónde ir —propuso Isa, con un destello de astucia en sus ojos color avellana—.

Volvamos al restaurante de ayer. Tenían una pasta increíble y, sobre todo…

Isa hizo una pausa, lanzando una mirada significativa a Sofía.

—…podemos mirar mejor esas fotos colgadas en la pared.

Ayer el camarero se puso demasiado nervioso cuando le preguntamos por la villa.

Quizá si volvemos y fingimos ser dos turistas normales, logremos captar algún detalle más, o tal vez hacerle alguna otra pregunta que lo ponga contra las cuerdas.

Sofía aceptó de inmediato. El episodio de las fotos se le había quedado clavado como una espina.

Eran la prueba de que alguien en el pueblo no solo las estaba observando, sino que tenía un interés atávico por la villa.

—Perfecto. Vamos a comer, hagamos de detectives aficionadas y luego volvemos aquí.

El archivo no se va a escapar. Y si Matteo vuelve antes, que espere.

Ahora nuestra prioridad es la recarga energética.

En pocos minutos, salieron de Villa Montenero.

El pasadizo secreto quedó cerrado con cuidado y el volumen de las crónicas en su sitio.

Dejaron la biblioteca en un silencio expectante, mientras la Luna Creciente velaba por sus secretos.

Condujeron hasta el pueblo con el hambre como único motor.

En el restaurante, el ambiente era el mismo, con pocas mesas ocupadas.

Se sentaron en el mismo rincón discreto y sus miradas se posaron de inmediato en la pared de los marcos.

Esta vez, el camarero que se había inquietado el día anterior estaba en la sala.

—Lista, Sofía —susurró Isa—. Pon en marcha tu lado práctico-investigativo.

Comamos, y luego lo acorralamos con lo de las "fotos paisajísticas".

Sofía e Isa entraron, pero en lugar de ir directas a su mesa, se detuvieron intencionadamente cerca de la pared.

—Comer puede esperar un minuto —susurró Sofía, con los ojos fijos en los marcos—.

Tenemos que entender por qué este sitio tiene una galería de arte dedicada a nuestra casa.

Se posicionaron como turistas curiosas, pero sus miradas eran afiladas y analíticas.

Examinaron las fotos una por una: el gran paseo arbolado, la fachada, el patio principal…

todas desde ángulos que sugerían un acceso privilegiado; algunas antiguas y otras sorprendentemente recientes.

—Mira esta, Sof. Es el rincón de la biblioteca, pero parece hecha hace veinte años —murmuró Isa—.

Son fotos que solo alguien de dentro o extremadamente obsesionado podría tener.

Justo cuando Sofía iba a comentar la minuciosidad de esta "galería", Isa se quedó petrificada.

Su mirada se fijó en un marco más pequeño y discreto.

—Sofía. No habíamos visto esta. Isa llamó a su amiga en voz baja, con un tono de estupor glacial.

Sofía miró hacia donde señalaba Isa. Era una foto descolorida de hacía décadas que retrataba uno de los rincones menos visibles de la finca.

Pero el sujeto era inconfundible. Era la foto de la estatua que Matteo les había señalado media hora antes: la escultura con forma de Luna Creciente en el Jardín de las Esculturas.

En la foto, la escultura aparecía limpia y perfectamente visible, sin la hiedra que ahora la cubría.

—No es una foto paisajística —dijo Isa en un susurro tenso—.

Esta es una estatua escondida, en un jardín que no cuidan desde hace meses, quizá años.

¿Cómo puede un restaurante local tener una foto tan específica, Sofía?

Sofía sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

—El Jardín de las Esculturas era el lugar favorito de Elias.

Alguien en este pueblo no solo está interesado en la villa, Isa, sino que está interesado en los secretos más íntimos que custodia.

Saben exactamente qué buscar o qué espiar.

La adrenalina suprimió temporalmente el hambre.

Se sentaron a la mesa con un nuevo objetivo.

—Pidamos rápido —dijo Sofía bajando la voz—.

Y luego interroguemos a ese camarero. Ese chico es nuestro eslabón más débil aquí en el pueblo.

Se inclinaron la una hacia la otra, hablando muy bajito.

—Lo saben. Saben lo que hay en ese jardín —susurró Sofía con indignación—.

Estas fotos han sido seleccionadas. Nuestra vida no es privada en absoluto.

—Y ahora tenemos la confirmación de que el Jardín de las Esculturas es la clave.

En cuanto Matteo se vaya esta tarde, iremos a limpiar esa estatua —replicó Isa—.

Pero antes, el camarero. No tuvieron que esperar mucho.

El camarero se acercó, visiblemente nervioso al reconocerlas.

Sofía e Isa pidieron pasta y un poco de vino para relajar el ambiente.

Cuando el hombre hizo amago de retirarse, Sofía habló con rapidez, empleando un tono casual y cortés para no asustarlo.

—Disculpe que lo detenga de nuevo. Pero antes de pedir, mi amiga y yo estábamos volviendo a ver su galería de fotos.

Son muy bellas, pero debe admitir que son bastante específicas...

quiero decir, son casi todas instantáneas del interior y de rincones poco visibles de Villa Montenero.

Por ejemplo, la de la estatua del jardín; es un tema muy peculiar.

Nos ha dado curiosidad. El hombre palideció visiblemente.

Su nerviosismo se convirtió en una prisa desesperada por huir de la conversación.

—Mire, señora, yo... yo solo sé que las fotos están aquí desde hace años.

Creo que las puso el antiguo dueño. Era un apasionado de la historia local, eso es todo.

No son asuntos que me incumban. Traigo las comandas enseguida.

El camarero se retiró casi huyendo hacia la cocina.

—No ha aguantado la presión —susurró Isa—.

"No son asuntos que me incumban". Sí, claro.

—Ha dicho "antiguo dueño" y "apasionado de la historia local" —analizó Sofía—.

Intentaba desviar la atención. Pero lo interesante, Isa, es que ha confirmado que no están colgadas al azar.

Están aquí por una razón. Y sea lo que sea lo que une este restaurante con Villa Montenero, está haciendo que toda Valdiluna se sienta autorizada a espiar.

—Perfecto. Ahora nos concentramos en la pasta —replicó Isa con una sonrisa—.

Pero al volver a la villa, dejamos de comer fuera.

Es hora de entrar en el Archivo Oculto y descubrir qué es lo que todos en Valdiluna saben menos nosotras.