La herencia de Valdiluna: El secreto de Villa Montenero CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El jardinero jubilado

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Tras consumir un desayuno rápido a base de tostadas y mucho café cargado, Sofía e Isa se sentían preparadas.

El cansancio había sido barrido por una ducha regeneradora; el agua caliente y la energía recuperada las habían preparado para afrontar el misterio con un renovado pragmatismo.

—La ducha más lujosa en la que he llorado jamás —bromeó Isa, secándose su pelo pelirrojo con una toalla gruesa—.

Ahora estoy oficialmente lista para luchar contra el mal durante los próximos tres días.

Sofía se había vestido de forma sencilla pero cuidada.

Su mente, finalmente lúcida, ya estaba concentrada en la lista de tareas.

Cogió el móvil y marcó el número del notario Vance, que había memorizado de un papel del expediente.

—No dejes que su voz te confunda —susurró Isa—.

Recuerda: jardinero, mantenimiento y quién ha limpiado el interior.

Sofía asintió, con sus labios finos apretados en una expresión de determinación.

—¿Sí, diga? La respuesta fue inmediata y, como de costumbre, hizo sobresaltar a Sofía.

La voz de Silas Vance era, como siempre, profunda y persuasiva, un sonido que parecía provenir no de un teléfono móvil, sino de una profunda cámara de resonancia.

Era un tono que siempre infundía una sensación de alerta en Sofía, dejándola constantemente en guardia.

—Notario Vance, soy Sofía Moretti. Espero no molestarle.

—Señorita Moretti. Me alegra escucharla.

Espero que se haya aclimatado a su nueva y fascinante morada.

—Había un tono de divertida ironía en su voz.

Sofía decidió ser muy práctica, yendo directamente al punto crucial por el que le había llamado.

—La villa es, como usted dijo, fascinante.

Pero hay algo que no me queda claro. El interior está mantenido de forma impecable; no hay polvo, los muebles están perfectos.

Parece que la hubieran limpiado ayer. Sin embargo, los jardines y los senderos exteriores están completamente descuidados.

Hay un contraste marcado, notario, entre la perfección de los interiores y el abandono de los exteriores.

¿Quién se ha encargado del mantenimiento interno y por qué no se han cuidado los jardines?

Vance emitió un ligero suspiro, casi aburrido por la banalidad de la pregunta.

—Es una excelente observación, señorita Moretti.

Y la respuesta es bastante sencilla. Su tío abuelo, Elias Montenero, tenía disposiciones muy precisas.

Amaba los interiores impecables; le importaba honrar la memoria de la casa.

Pagó por adelantado, a través de un fondo fiduciario que yo mismo gestioné, un servicio de limpieza y mantenimiento interno que, debo decir, era muy escrupuloso.

Ese servicio concluyó precisamente la semana pasada.

Sofía e Isa intercambiaron una mirada significativa.

La casa había sido limpiada esperando su llegada.

—¿And los jardines? —insistió Sofía. —Ah, los jardines.

Eso fue un asunto distinto —respondió Vance—.

Durante muchos años, la parte externa fue cuidada por un anciano del pueblo, un hombre llamado Domenico.

Era el jardinero de confianza de la familia Montenero de toda la vida.

Sin embargo, Domenico se jubiló hace unos seis meses, debido a su avanzada edad y a algunos problemas de salud.

Su tío abuelo no quiso sustituirlo, creyendo que nadie más tendría la misma "pasión".

—Entonces, ¿Domenico sigue en el pueblo?

—preguntó Isa, inclinándose hacia el teléfono, con su curiosidad inmediatamente activada.

Vance se aclaró la gartanta. —Presumo que sí.

Es un hombre de Valdiluna. Pero le aseguro que sus conocimientos se limitaban a los setos y las rosas, señorita Moretti.

No estaba involucrado en los asuntos de Elias.

—Entiendo. Pero podría sernos útil para orientarnos en la finca —rebatió Sofía—.

¿Por casualidad tiene usted un contacto o la dirección de ese tal Domenico?

Tras un momento de vacilación calculada, Vance respondió: —Tengo su antigua dirección.

Domenico... vivía a las afueras del pueblo, en una casita cerca del viejo molino.

Les enviaré la dirección por mensaje. Ahora, si me disculpan, tengo una cita.

—Gracias, notario —concluyó Sofía. Vance colgó con la misma velocidad con la que había respondido, dejando a Sofía mirando el teléfono con una sensación de frío.

—Ha vacilado —sentenció Isa, cuyo olfato para el drama era infalible—.

Ha dudado antes de darnos el contacto. Eso significa que no quiere que hablemos con Domenico.

—O significa que es una dirección antigua y no sabe si sigue vigente.

Pero el punto es que Vance nos la ha dado.

Y ahora tenemos un nombre y una pista concreta —dijo Sofía.

Pocos segundos después, un SMS llegó al teléfono de Sofía:

Domenico V. (exjardinero): Calle del Molino, 14. No garantizo la actualidad de la dirección.

Sofía sonrió, un raro momento de satisfacción.

Su naturaleza práctica había obtenido el primer indicio real que podía conectar con el pasado de su tío abuelo, y quizás incluso con el misterio de la Luna Creciente.

Un hombre que había trabajado para Elias Montenero toda una vida, un hombre que conocía el terreno y los hábitos del dueño de la casa.

—Bien, Isa. Nuestro plan ha cambiado. La Luna Creciente puede esperar un par de horas o unos días, ya veremos.

Tenemos que encontrar ese viejo molino. Tenemos que hablar con Domenico.

Tras colgar, Sofía e Isa permanecieron sentadas en el salón, mirando el teléfono, cuyo silencio ahora parecía más ensordecedor.

La respuesta del notario Vance, aunque aparentemente completa, había dejado en Sofía un rastro persistente de inquietud.

—Lo ha dicho demasiado rápido —comentó Sofía, con su calma exterior empañada por un ligero ceño fruncido—.

Cuando le he preguntado por Domenico, ha especificado de inmediato, casi con demasiado énfasis, que no estaba involucrado en los asuntos legales de mi tío abuelo Elias y que solo se ocupaba de las rosas y los setos.

Isa, cuya mente impulsiva estaba excitada por la conspiración, asintió enérgicamente.

—¡Es una señal de humo enorme, Sof! ¿Por qué iba a darnos tantas garantías sobre su inocencia?

A menos que… —A menos que Vance sepa que Domenico, en realidad, sabía mucho más de lo que un simple jardinero debería saber —concluyó Sofía—.

Elias Montenero se preocupó de pagar un servicio de limpieza hasta nuestra llegada, pero dejó que su jardinero de confianza se jubilara sin reemplazarlo, y le permitió cuidar la parte de la casa que, según el mensaje, custodia una parte de su secreto: los jardines descuidados.

La idea tomó forma en sus mentes: los jardines, dejados en estado salvaje, podían esconder algo.

Y Domenico, el único testigo vivo del viejo Elias que no fuera un notario reticente, era su objetivo principal.