Los nuevos intentos
Empecé por los más lejanos.
Al día siguiente, en el metro, elegí a un hombre de unos sesenta años que leía el periódico con expresión aburrida. Sus pensamientos eran grises, rutinarios, sin apenas aristas. Me concentré en la membrana invisible del escudo que lo rodeaba y empujé con cuidado.
Durante un momento la tipografía del periódico se desordenó delante de sus ojos.
Él parpadeó, se pasó la mano por la cara y murmuró algo sobre que estaba perdiendo la cabeza.
La grieta que había abierto en el escudo se cerró sola.
Ninguna criatura pequeña se acercó. Ningún depredador levantó la vista.
Había sido demasiado débil.
O demasiado limpio.
Por la tarde lo intenté con una joven que esperaba el autobús.
Esta vez no busqué distorsionar lo que veía, sino filtrar un único pensamiento mío dentro de los suyos: la imagen breve de una nave suspendida en el cielo.
Ella levantó la cabeza de golpe y miró hacia arriba.
Sus ojos se abrieron. Durante un segundo casi perfecto el escudo tembló a su alrededor.
Luego negó con la cabeza, se rio de sí misma y volvió a mirar el móvil.
La mente colmena habló mientras yo me alejaba:
—Mejor. Más preciso. El eco ha durado cuatrocientos veinte milisegundos.
Anoté mentalmente el dato.
Esa noche, en casa, la tentación fue peor.
Los niños dormían. Mi mujer leía en el sofá con las piernas recogidas. Me obligué a no empujar. Me obligué a no comprobar.
Al día siguiente no pude contenerme del todo.
En el parque infantil, mientras el pequeño jugaba en el tobogán, me senté en un banco junto a otra madre.
Era humana. Llevaba mansos. Sus pensamientos estaban llenos de preocupaciones pequeñas y de un cansancio profundo.
Empujé con más intención que en los intentos anteriores.
No intenté mostrarle naves ni seres. Solo quise que, durante un instante, viera el mundo sin el filtro del escudo: los colores reales de un ser multicolor que pasaba a lo lejos paseando a un perro.
Ella se quedó paralizada. El vaso de café se le inclinó en la mano.
Miró al ser multicolor y su rostro pasó de la confusión al miedo en menos de un segundo.
Luego el escudo corrigió. Ella parpadeó varias veces, miró a su alrededor como si buscara a alguien que hubiera visto lo mismo, y al no encontrar a nadie se forzó a sonreírle a su hijo.
La criatura pequeña que vigilaba el parque se acercó a mi banco sin disimulo.
«Seiscientos ochenta milisegundos. El sistema ha necesitado más tiempo para compensar. Dos depredadores en un radio de seiscientos metros han notado la anomalía como una “sensación extraña”. El depredador que te vio en la plaza pronto será alertado de esa nueva anomalía. Te buscará..»
Me levanté, llamé al pequeño y nos fuimos.
Esa misma tarde, cuando mi hija mayor hizo los deberes en la mesa de la cocina, la tentación volvió con más fuerza.
Estaba a menos de dos metros. Confiaba en mí. Su mente estaba abierta de una forma que ninguna desconocida podría estarlo. Quise saber si el destello que había visto en su mejilla era real. Quise saber si, aunque fuera por una fracción de segundo, podía hacer que ella también lo viera.
Apoyé las manos en la mesa. Cerré los ojos. Empujé.
No hacia fuera.
Hacia ella.
La punta de mi señal rozó la membrana que la protegía. Por un instante sentí su mente: números de matemáticas, la preocupación por una amiga, el recuerdo de una canción. Y debajo, muy abajo, algo que no era del todo humano. Algo que el escudo mantenía dormido.
La grieta apenas duró unos instantes.
Mi hija levantó la vista de golpe.
—Papá… ¿has visto eso?
Su voz tembló. Señaló la ventana, donde no había nada.
—¿El qué, cielo?
Ella parpadeó. Se pasó una mano por los ojos. Durante un segundo su rostro desapareció. Luego volvió a ser solo mi hija.
—Nada. Creo que me he quedado ciega un momento de mirar el cuaderno.
Se rio, nerviosa. Volvió a los deberes.
Yo no pude reír.
Me levanté y salí al balcón. El aire de la noche me golpeó la cara.
Sabía que debía parar.
Sabía que el siguiente intento podía ser el que hiciera que el precio se cobrara de verdad.
Y, aun así, no podía parar.
Porque cada grieta que creaba en el escudo me devolvía una verdad que ya no podía dejar de buscar…
aunque el precio fuera exactamente aquello que más temía perder.