El precio
La casa olía a café recién hecho y a tostadas.
Era una de esas mañanas en las que la luz entraba sesgada por la ventana de la cocina y lo convertía todo en algo casi irreal de tan perfecto que era.
Mi mujer removía el azúcar en su taza con la cucharilla, haciendo ese sonido metálico que yo conocía de memoria.
Los niños discutían en voz baja por el último zumo de naranja.
El pequeño tenía el pelo revuelto y una marca de la almohada en la mejilla.
La mayor ya se había vestido el uniforme del colegio y fingía una paciencia que no sentía.
Reí por algo que dijo el pequeño. Un chiste malo sobre un dragón que se comía los deberes. Mi mujer me miró por encima de la taza y sonrió. Esa sonrisa que me llegaba al alma. La misma de siempre tan cotidiana y a la vez tan necesaria que todavía me desarmaba.
Durante unos minutos fui solo un hombre en su cocina, con su familia, en una mañana cualquiera.
Luego la realidad se impuso otra vez.
La mayor se levantó a buscar la mochila y, al pasar junto a la nevera, la luz del fluorescente le rozó el perfil.
Por un instante —solo un instante— la piel de su mejilla pareció volverse semitransparente.
Un destello violeta, casi imperceptible, recorrió el contorno de su mandíbula.
Parpadeé. La imagen se corrigió al momento. Volvía a ser mi hija. Solo mi hija.
Pero yo había visto el destello.
Mi mujer me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no.
Que todavía estaba medio dormido. Ella se acercó, me besó en la sien y me recordó que por la tarde teníamos la reunión del colegio.
Su voz era cálida. Sus pensamientos, mientras hablaba, eran exactamente los de una madre preocupada por las notas de matemáticas de la mayor y por el partido de fútbol del pequeño.
No había rastro de la mente colmena en ella.
Era humana.
Despedí a los niños en la puerta. Les di un beso a cada uno.
El pequeño se agarró a mi cuello un segundo más de lo habitual y me susurró que por la noche quería que le leyera el cuento del astronauta otra vez.
Le dije que sí. Que por supuesto. Cuando cerré la puerta y el silencio de la casa se cerró detrás de ellos, el peso volvió a caer sobre mis hombros.
Sabía el riesgo.
Cada vez que empujaba la señal, cada vez que intentaba abrir una grieta, el sistema lo registraba.
Los depredadores lo percibían. Y la mente colmena lo medía todo.
Si un día la compensación fallaba, o si alguien decidía que yo me había convertido en una variable demasiado costosa, el precio no lo pagaría solo yo.
Lo pagarían ellos.
Mi mujer.
Los niños.
Esta cocina.
Este olor a café.
Esta vida que, a pesar de todo, seguía siendo mía.
Me apoyé en la encimera y cerré los ojos. Intenté no pensar. Intenté quedarme solo con el sonido del reloj de la pared y el motor del frigorífico. Pero la curiosidad ya estaba ahí, agazapada, exactamente igual que la mañana en el parque.
¿Y si lo hacía mejor esta vez?
¿Y si, en lugar de empujar hacia afuera, hacia extraños, lo intentaba con alguien que ya me conocía? ¿Con alguien cuya mente ya estaba acostumbrada a la mía?
La idea me asustó tanto como me atrajo.
Subí al piso de arriba. En el dormitorio de los niños todavía olía a ellos: a champú, a ropa limpia, a ese olor indefinible que solo tienen los críos. Me senté en la cama del pequeño y cogí el cuento del astronauta. Lo abrí por la primera página, aunque no iba a leerlo.
—Estás arriesgando lo que más quieres— me dije en un susurro—. ¿Vale la pena?
«Es inevitable. Todos los que llegaron tan lejos lo hicieron. Siguieron adelante y lo perdieron todo.»
Resonó la voz colmena en mi memoria.
—No voy a tocarlos —respondí en silencio.
«Te resistirás. Al menos por un tiempo. Pero la tentación ya está dentro de ti. Como hicieron los otros querrás comprobar hasta dónde llega tu señal cuando la persona del otro lado te conoce.»
Apreté el libro entre las manos.
«Cada intento deja un rastro más profundo. Y los que no sienten ya tienen tu rostro. Si un día deciden que eres un problema, no vendrán solo a por ti. Vendrán a por lo que más te duele perder. Porque es la forma más eficiente de neutralizarte.»
Me levanté. Dejé el cuento sobre la almohada. Bajé las escaleras despacio. En la cocina, la taza de mi mujer seguía a medio terminar, con la cucharilla dentro. La cogí y la dejé en el fregadero.
Sabía que debía parar.
Sabía que el precio podía ser esta casa, estas mañanas, estas voces llamándome papá.
Y, aun así, mientras me lavaba las manos bajo el grifo, ya estaba calculando el siguiente intento.
Más sutil.
Más preciso.
Más cerca.
Porque la curiosidad no se apagaba.
Y porque, en el fondo, una parte de mí necesitaba saber hasta dónde podía llegar. Dónde estaban mis limites…