Los que recuerdan
El siguiente intento lo hice tres días después.
Había prometido no tocar de nuevo el núcleo familiar. Me lo había prometido mientras miraba dormir a mis hijos. Pero la curiosidad no entiende de promesas. Solo de pruebas.
Elegí un lugar público y saturado: la planta de alimentación de un gran centro comercial.
El ruido, las luces y el movimiento constante debían servir de camuflaje.
Me situé cerca de la sección de fruta y concentré la señal en un hombre de mediana edad que discutía por teléfono.
Empujé con más fuerza que en los intentos anteriores, buscando no solo una distorsión visual, sino una fisura más profunda: que durante un segundo el escudo se volviera transparente a su alrededor y él viera lo que yo veía.
La grieta duró casi un segundo completo.
El hombre se quedó callado en mitad de la frase.
El teléfono se le resbaló de la oreja. Miró fijamente a un ser multicolor que pasaba junto a la sección de verduras y su rostro se descompuso.
Dio un paso atrás, tropezó con un carrito y cayó sentado entre las naranjas.
Varias personas se giraron. Una mujer preguntó si se encontraba bien.
Él no respondió. Seguía mirando al ser multicolor con los ojos demasiado abiertos, como si acabara de ver algo imposible.
El escudo corrigió.
El hombre parpadeó, se pasó una mano por la cara y murmuró una excusa sobre el calor y la tensión. Se levantó, recogió el teléfono y se alejó con paso torpe. Pero el daño ya estaba hecho.
Tres depredadores en el centro comercial captaron mis pensamientos. Uno de ellos sintió el eco con suficiente intensidad como para alarmarse.
No esperé a ver qué hacía. Cogí la bolsa y salí del centro comercial lo más rápido que pude sin llamar la atención.
Esa misma tarde la información empezó a moverse.
Lo supe porque una de las criaturas pequeñas se materializó a mi lado mientras esperaba el autobús de vuelta a casa. No disimuló. Se sentó en la marquesina y habló directamente dentro de mi cabeza:
«Tus pensamientos han llegado hasta él. El hombre de la plaza.
El que dio el discurso. El que ya tenía tu rostro en su memoria.
Alguien de su entorno estaba en el centro comercial y ha contado lo que le ocurrió coincidiendo con tu presencia en la zona.
Él no cree en naves ni en criaturas. Cree en el control.
Y todo lo que se sale de ese control se elimina o se compra. »
Sentí un frío distinto al del miedo habitual.
—¿Eran ellos los que estaban propagando la noticia en los depredadores, en el hombre del discurso, para probarme? ¿Para probarnos?— pensé—. ¿Qué va a hacer?— pregunté.
A mi primer pensamiento no contestó. Era obvia la respuesta.
«Lo que siempre hacen los de su clase cuando algo se sale del guion.
Mover recursos. Dinero. Favores. Información.
Ha activado a dos personas de su círculo cercano para que revisen las cámaras de seguridad del centro comercial.
Ha pedido los registros de entrada de vehículos y de tarjetas de crédito de la última hora.
Y ha dado una descripción aproximada de ti. »
El autobús llegó. Me subí. La criatura no me siguió. No hacía falta. La voz continuó mientras el vehículo arrancaba:
«Todavía no tiene tu nombre. Todavía no tiene tu dirección. Pero tiene tu cara. Y tiene medios. Cada nuevo intento que hagas reducirá el tiempo que tarda en encontrarte. La red de los que no sienten es amplia y silenciosa. Cuando deciden buscar a alguien, normalmente lo encuentran.»
Llegué a casa al anochecer. La mayor estaba en el sofá viendo una serie. El pequeño construía una fortaleza de almohadas. Mi mujer me recibió con un beso rápido y la pregunta de siempre sobre el trabajo. Respondí con la palabra automática: Bien. Y sonreí. Dejé las llaves en el mueble de la entrada.
Nada en la casa había cambiado.
En mi interior sí.
Me encerré en el baño y me miré al espejo. Tenía miedo. Mi rostro era el mismo de siempre. El mismo que ahora formaba parte del archivo mental de un depredador con recursos suficientes como para mover cámaras, dinero y personas.
La mente colmena habló en mi memoria una vez más, recordando lo último que me había dicho la criatura cuando se alejaba el autobús:
«Puedes parar. Aún estás a tiempo. O puedes seguir. Cada intento, cada grieta nueva en el escudo le acercará más a ti. A tu familia. Y cuando te encuentre, no vendrá solo a por ti.»
Me lavé la cara con agua fría. Me sequé. Salí del baño y me senté a cenar con mi familia como si el mundo no estuviera empezando a cerrarse alrededor de nosotros.
Pero mientras cortaba la carne y escuchaba al pequeño contar su día, pensé que quizás, si entrenaba suficiente, podía borrar mis datos de la mente de aquel hombre.
Porque detenerse significaba aceptar que nunca sabría hasta dónde podía llegar. Y no sabía si podría hacerlo.
Miré a mis hijos.
Miré a mi mujer.
Y supe que la decisión ya estaba tomada, aunque todavía no me atreviera a pronunciarla en voz alta.