Las grietas
Salí de la casa al amanecer.
El cielo estaba limpio, de un azul pálido que aún no había sido tocado por el smog. Las naves seguían allí arriba, inmóviles, como siempre. Algunas más cercanas, otras apenas puntos brillantes. Nadie las miraba. Nadie podía mirarlas.
Caminé sin rumbo fijo. Quería sentir el peso de la ciudad sobre mis hombros, comprobar si el miedo de la noche anterior seguía anclado en el pecho o si se había transformado en otra cosa.
El miedo seguía ahí, pero ahora era más frío, más preciso.
Ya no era solo instinto de supervivencia.
Era la certeza de estar siendo observado desde todos los ángulos posibles.
Los seres multicolores cruzaban las calles con la misma naturalidad de siempre.
Uno de ellos —alto, de piel que cambiaba del violeta al verde según el ángulo de la luz— llevaba de la mano a una niña humana de unos siete años.
La niña reía y le contaba algo sobre un dibujo que había hecho en el colegio.
El ser inclinaba ligeramente la mandíbula cuadrada, en un gesto que el escudo traducía como una sonrisa paternal.
Tras él, dos de las pequeñas criaturas grises discutían en silencio mientras pasaban por delante de la cámara de un cajero automático que registraría su apariencia humana.
Sus crestas estaban erizadas. Sus pensamientos llegaban a mí con claridad: estaban evaluando el comportamiento de la niña y su tolerancia al estrés de un acontecimiento traumático.
Más adelante un ser multicolor daba explicaciones a otro hombre rodeado de criaturas de ojos negros.
El hombre se impacientaba, miraba el reloj, maldecía entre dientes.
Ellos registraban cada microexpresión, cada variación en el tono de voz, cada latido acelerado.
Todo era datos.
Me detuve en un semáforo. A mi lado, un hombre de traje oscuro y reloj caro esperaba a que cambiara la luz. No era uno de ellos. Era humano. Pero no del tipo que lleva mansos dentro.
Sus pensamientos no tenían ruido de fondo.
No había culpa, ni duda, ni ese leve eco de empatía que casi todos arrastran aunque no lo sepan.
Solo había cálculos. Estaba repasando mentalmente una lista de nombres.
Personas a las que había que presionar, comprar o eliminar de una ecuación.
Uno de esos nombres era el de una mujer que se había negado a firmar un contrato.
Otro pertenecía a un funcionario que había hecho demasiadas preguntas.
El semáforo se puso verde. El hombre cruzó sin mirarme.
La cresta de una criatura cercana se tensó al percibir lo mismo que yo. Nuestros pensamientos se rozaron un instante.
«Lo ves», dijo la voz dentro de mi cabeza.
—Sí— respondí sin abrir la boca.
«Son la parte que más nos interesa y la que más peligro representa.»
Seguí caminando. Noté que una de las naves pequeñas había cambiado ligeramente de posición. Parecía estar siguiéndome. No estaba exactamente donde la había visto, y aunque seguía suspendida en el cielo como las demás, cada vez que levantaba la cabeza allí estaba, frente a mí.
Llegué a un parque casi vacío. Me senté en un banco de madera desgastada. Cerré los ojos un momento e intenté hacer lo que nunca había intentado de forma consciente: empujar.
No empujar el cuerpo. Empujar mis pensamientos, mi propia señal.
Recordé lo que me habían mostrado sobre Jesús.
Cómo su cerebro generaba una frecuencia propia capaz de sobrescribir, aunque fuera por instantes, la señal artificial del escudo.
Yo había saltado de cuerpo en cuerpo, de muerte en muerte, pero nunca había intentado transmitir.
Nunca había intentado mostrar a otro lo que yo veía.
Abrí los ojos.
Frente a mí, a unos quince metros, una mujer mayor daba pan a las palomas.
Sus pensamientos eran suaves, cansados, llenos de recuerdos de un marido muerto y de una hija que casi no la llamaba.
Era humana. Completamente humana. Y llevaba mansos dentro; se notaba en la forma en que miraba a las aves, en la paciencia con la que esperaba que se acercaran.
Concentré toda mi atención en ella. Imaginé la capa del escudo como una membrana fina y tensa. Imaginé mi propia consciencia como una aguja. Empujé.
Durante un segundo —solo un segundo— algo cambió.
La mujer levantó la vista de golpe. Las palomas alzaron el vuelo.
Ella miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, como si hubiera visto algo que no debería existir.
Su mirada pasó por encima de un ser multicolor que cruzaba el parque…
y por un instante dudó. Parpadeó. Se pasó una mano por la frente.
Luego negó con la cabeza, murmuró algo sobre la falta de sueño y volvió a mirar el suelo.
Mi corazón latía con fuerza. Y no pude ver que otro hombre, muy cerca de la mujer, había recibido mis pensamientos.
Una de las criaturas que seguían al hombre me miró .
El ser multicolor siguió a lo suyo sin prestarme atención.
La pequeña criatura se me acercó y se puso a mi izquierda, sentada en el mismo banco, con la cola enrollada bajo el cuerpo.
Sus ojos negros me miraban sin parpadear.
«Demasiado pronto», dijo dentro de mi cabeza. «Y demasiado torpe. Has creado una inconsistencia de setecientos milisegundos. El sistema la ha corregido, pero ha quedado registrada. Sin embargo él también la ha notado.»
— ¿Él?— pregunté.
«El que no siente. Algunos son más sensibles de lo que crees a las anomalías. No las entienden, pero las odian. Las perciben como una amenaza a su control.»
Me quedé en silencio. La mujer de las palomas ya se había ido. Pero el hombre seguía allí sin prestar atención al ser multicolor. Mirándome. El parque volvía a su rutina falsa y perfecta.
—¿Qué pasa si lo hago mejor?—pregunté.
La criatura inclinó la cabeza. La cresta se movió con lentitud.
«Entonces dejarás de ser solo un objeto de estudio. Te convertirás en una variable. Y las variables, cuando se vuelven demasiado interesantes… o se protegen con más fuerza, o las dejamos a su suerte y aprendemos de la experiencia.»
Levantó una mano diminuta y señaló el cielo con un dedo escamoso.
«Ellos están discutiendo sobre ti en este momento. Algunas voces quieren acelerar la prueba. Otras prefieren protegerte. Otras… quieren verte saltar otra vez. Ver qué eliges cuando la muerte vuelve a acercarse.»
«La pregunta no es si puedes crear tu propia señal como lo hicieron otros en el pasado, humano. La pregunta es cuántas veces estás dispuesto a hacerlo… y qué precio estás dispuesto a pagar por cada intento.»
Se levantó. La cola se desplegó con elegancia. Un segundo después ya no estaba. El escudo había vuelto a tejer su mentira perfecta a su alrededor.
El hombre había desaparecido también. Me quedé solo en el banco.
Arriba, la nave pequeña se desplazó otra vez. Más cerca.
Esta vez no sentí miedo.
Sentí algo peor.
Curiosidad.