La herencia de los mansos Los que no sienten
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Los que no sienten

El escudo no era solo un velo.

Era un plan a largo plazo.

Los pequeños seres de crestas y colas escamosas me lo hicieron entender con una claridad que helaba la sangre: su objetivo final no era la dominación, era el estudio.

Querían probar a la humanidad. Entender de dónde procede el error.

Entender por qué los mansos sobreviven en el interior de la nueva especie sin ser mansos del todo, pero con su esencia intacta.

Querían estudiar la consciencia de su hermano rebelde en la especie humana dentro de un entorno controlado, hasta un punto en el que el escudo ya no fuera necesario.

Un tiempo futuro en el que los creadores pudieran volver a caminar abiertamente entre nosotros, sin ser rechazados y asesinados. Una segunda convivencia.

Pero había un obstáculo que no habían logrado eliminar.

Los otros.

Los humanos sin empatía, sin una parte mansa.

Yo los percibía con más nitidez que a nadie.

Sus pensamientos no tenían matices de culpa, ni de compasión, ni de duda moral.

Eran conquistadores; deseo, cálculo, adquisición, dominio.

Tomaban lo que querían. Si para conseguirlo había que destruir vidas, familias, ecosistemas o naciones enteras, simplemente lo hacían.

El daño ajeno no era relevante para ellos.

Eran depredadores. Y vivían en guerra continua.

Aunque el escudo modificaba la percepción de todos los humanos, los depredadores también eran un foco de estudio que debía ponerse a prueba.

Pues ese instinto, esos pensamientos, también formaban parte de la consciencia total del hermano rebelde.

Los no empáticos habían aprendido a moverse dentro de la ilusión mejor que nadie.

No necesitaban ver la realidad ni a las criaturas no humanas.

Su realidad era esa, y sabían exprimir todo su potencial.

Si alguien interfería en sus planes interponiéndose en su camino, usaban todo su poder para eliminar el obstáculo sin importarles lo más mínimo las consecuencias o los daños colaterales.

Su poder se lo daba el dinero.

Habían construido un sistema perfecto de sumisión encubierta.

Redes de poder que no necesitaban uniformes ni banderas.

Bancos, corporaciones, fondos de inversión, paraísos fiscales, algoritmos de deuda.

Controlaban los flujos que decidían quién comía y quién no, quién tenía techo y quién dormía a la intemperie, quién tenía voz y quién era silenciado.

La mayoría de la humanidad vivía dentro de esa jaula invisible sin siquiera percibir los barrotes.

Trabajaban, consumían, se endeudaban y obedecían las reglas que habían creado sus depredadores.

Yo veía cómo pensaban mientras firmaban contratos que condenaban a miles, mientras diseñaban productos adictivos, mientras movían cifras que equivalían a destinos humanos.

No había conflicto interno. Solo eficiencia.

Habían construido una realidad artificial dentro de otra.

Y ni siquiera lo sabían ni les importaba.

La cresta de un alienígena cercano se erizaba ligeramente al percibir la misma ausencia de empatía que yo sentía; ellos también los reconocían como el peligro latente que, a pesar de sus conocimientos y su tecnología, no habían podido ni sabido descifrar.

Porque esos humanos sin empatía no solo amenazaban a su propia especie.

Amenazaban el plan entero.

Si algún día el escudo se apagaba y los creadores intentaban mostrarse a los humanos, serían los primeros en organizar la cacería.

Siempre y cuando, no ganaran dinero con ello.

Su dinero compraba los recursos, la tecnología, y un mundo entero ya acostumbrado a la sumisión silenciosa que ellos habían perfeccionado.

La voz de uno de los seres grises resonó otra vez dentro de mi mente mientras observábamos juntos a un grupo de ellos salir de un rascacielos de cristal:

«Por eso el escudo debe continuar.

No solo para ocultarnos.

Para protegerte.

Para contenerlos.

Para estudiarlos.

Hasta que la otra parte de la humanidad, los mansos, sean lo bastante fuertes como para oponerse a ellos sin usar la violencia.»

Yo miré los pensamientos fríos que se desplazaban por la acera disfrazados de trajes caros y sonrisas profesionales. Y comprendí que la mayor amenaza de la humanidad, era la propia humanidad.