La herencia de los mansos Los que vinieron antes
20%

Los que vinieron antes

No fui el primero.

Esa verdad me llegó la misma noche en que los pequeños seres de ojos negros y crestas escamosas decidieron no reconfigurarme.

Mientras su voz resonaba dentro de mi cabeza, imágenes antiguas se superpusieron a la realidad: rostros humanos que, en su momento, también habían mirado al cielo y visto lo que nadie más podía ver.

Había habido otros.

Personas cuya mente, por genética, podía conectar con el mismo fragmento, o muy similar, del todo de la consciencia del rebelde.

Al principio solo veían algo oculto en los ojos de algunos humanos, y cuando profundizaban en aquellos ojos veían demonios o criaturas malignas. No veían naves suspendidas, pero sí seres que se hacían pasar por humanos, pero no lo eran.

Después, algunos fueron más lejos. Aprendieron no solo a leer los pensamientos de esos seres, a ver más allá del escudo y la luz manipulada.

Aprendieron a emitir su propia señal. Desde el interior de su cráneo generaban una contra-señal capaz de conectarse con los cerebros de quienes los rodeaban y mostrarles, aunque fuera por instantes, fragmentos de la verdad…

o de la ilusión que ellos decidieran construir.

Todos fueron eliminados. No por las criaturas, sino por humanos de su misma especie.

El más famoso de ellos se llamó Jesús.

Durante años el mundo lo admiró como a un dios, como el humano más grande de la historia.

Millones de personas lo vieron andar sobre las aguas, curar enfermedades, devolver la vida a los muertos, e incluso volar.

Era alto y extremadamente delgado, atractivo, pero con aspecto de mendigo.

Con el pelo ondulado y la barba espesa que le llegaba a la altura del pecho.

Su presencia era magnética. Su ojos transmitían fuerza y sabiduría antigua, intimidando a aquellos que le sostenían la mirada.

Se casó con la hermana de su mejor amigo.

Su nombre era sinónimo de milagro, de poder divino. La imposibilidad hecha realidad.

Nadie sospechó que aquello no era ilusionismo.

Jesús había logrado algo que casi ninguno de los anteriores consiguió: no solo veía a través del escudo, a través de la señal artificial, sino que generaba la suya con sus propios pensamientos.

Su cerebro emitía una frecuencia propia, sutil y poderosa, que se infiltraba en las mentes de los espectadores y les hacía ver y creer exactamente lo que él deseaba.

No todos creyeron, no todos aceptaban los pensamientos que invadían sus mentes como reales.

Pero muchos de ellos sí, y vieron a Jesús hacer grandes prodigios.

La señal de los creadores seguía activa, pero la suya la sobrescribía creando prodigios temporales que el resto de la humanidad aceptaba como “milagros reales”.

Jesús, podía ver a los creadores, pero los veía como ángeles de Dios.

Podía ver a los de su especie, pero los veía como demonios.

Podía ver a los mansos. Pero no podía verse a sí mismo.

Jesús creía ser un enviado. Un ángel de Dios, un manso.

Pero no lo era. Los mansos no se enfrentan.

No luchan. No usan la violencia. Pero Jesús luchó.

Se enfrentó a los líderes religiosos, a los cambistas, a los romanos.

Fue el cordero que va al matadero por obligación, por coherencia, por necesidad.

Y acabó siendo asesinado por los de su propia especie.

Como todos los anteriores. Sin embargo hoy sigue vivo.

Porque su consciencia no murió. No puede morir.

Sigue en el mismo lugar del que salió. Lo que murió, fue el cerebro que podía sintonizar con ese fragmento de consciencia del hermano rebelde. Por eso Jesús también fue un rebelde.

Hoy sigue vivo porque ese mismo fragmento, con algunas diferencias, es captado por otros humanos que siguen haciendo despertar a aquellos que creen en sus pensamientos.

Y para poder hacerlo camina por las mismas calles que el resto.

Pero no siente lo mismo que los de su especie.

Siente más porque ve más. Y su experiencia siempre es más extrema.

Los pequeños seres me miraron mientras me mostraban su historia.

«Todos los que llegaron tan lejos terminaron igual —dijo la voz dentro de mi cabeza—. Y tú sigues vivo porque te mantenemos oculto. Bloqueando los efectos que causas. Hasta ahora.»

Pensé en un por qué que respondieron automáticamente.

«Porque queremos estudiarte. Queremos ver hasta dónde eres capaz de llegar a pesar del bloqueo.

Queremos entender tus motivaciones. Tus pensamientos.

Hemos aprendido de todos los anteriores hasta que eran destruidos.

Pero queremos ir más lejos. Porque tú eres diferente al resto.

Tú has aprendido a saltar a tus otros yoes cuando tu cuerpo muere conservando tu consciencia, sumándola a la de tus anfitriones.

Has visto tu muerte en innumerables ocasiones. Incluso siendo un niño.»

La criatura me mostró el salón de la casa de mis padres durante una de sus peleas.

Era de noche y la luz de la lámpara auxiliar iluminaba la estancia con una luz amarilla, cálida.

Ambos se gritaban e insultaban, entre empujones y arañazos .

Yo, aterrado, me agarraba a los pies de mi madre buscando refugio ante aquel infierno que volvía a presenciar.

Lloraba desconsoladamente pidiendo que parara.

Pedí auxilio en mi mente con todas mis fuerzas pidiendo que parara como fuera.

Ya no podía soportar más aquel sufrimiento.

Mi madre arañó la cara de mi padre y este le dio una fuerte bofetada que, como me aferraba a sus pies con fuerza, le hizo perder el equilibrio y caer con todo su cuerpo sobre mi, sobre mi cabeza, aplastándola contra el duro suelo. Y todo paró.

Vi cómo aquel niño moría entre los brazos de su madre, que lloraba con alaridos que encogían el alma. Vi los ojos de demonio de mi padre volver a ser humanos y expresar desconcierto, incredulidad y sufrimiento, siendo incapaz de aceptar lo que sus manos habían hecho.

Después me mostraron muchas muertes más. Un niño golpeándose la cabeza contra una mesa de mármol. Un niño cayendo de un árbol. Un niño electrocutándose. Un niño ahogándose en el mar. Un joven saltando por la ventana de su habitación. Un joven atropellado. Un joven al que se le para el corazón…

Todos aquellos niños, todos aquellos jóvenes, eran mis yoes. De todos ellos había saltado en el último momento.

«Si no te protegiéramos, te eliminarían y saltarías a otra realidad, y nosotros —estas versiones que ves— no podríamos estudiarte. Lo harían otros, en otro entorno.»

Pensé en los alienígenas que me hablaban dentro de la mente.

«Es así en esta realidad. Por eso en las otras no veías naves… ni alienígenas.»

Comprendí que mi nombre figuraba en una lista muy corta. Entendí que me ocultaran, que me protegieran. Pero la vida que vivía en esa realidad no me bastaba. Quería más. Y quizás ese “más” significara la muerte.