La sociedad velada
La ciudad despertaba como todas las mañanas.
Autobuses llenos, semáforos en rojo, gente con café en la mano, auriculares puestos, mirando pantallas. Niños corriendo hacia el colegio. Ancianos sentados en los bancos de la plaza. Parejas discutiendo en voz baja. Todo normal. Todo humano.
Pero yo, ya no veía lo mismo.
El sistema seguía activo, construyendo la ilusión capa por capa.
Para el resto del mundo, los seres que caminaban entre ellos eran personas comunes: altos, bajos, rubios, morenos, con trajes, con uniformes, con mochilas.
Gesticulaban, reían, hablaban por teléfono, pedían pan en la panadería, discutían el partido de anoche, firmaban documentos en las oficinas.
Presidían empresas, equipos de futbol, países.
Yo los veía tal como eran. Seres multicolores sin cara.
Muchos de ellos iban acompañados de los seres pequeños con los que había hablado.
Pero estos especímenes eran algo distintos.
Tenían la piel grisácea con un brillo seco, ojos completamente negros, sin iris ni blanco, enormes y fijos.
De la nuca les nacía una cresta baja, formada por placas escamosas que se erizaban ligeramente.
Y detrás, siempre, la cola: fina, muscular, cubierta de escamas oscuras que reflejaban la luz de forma casi metálica.
Se movían con con agilidad jugando con la gravedad terrestre para optimizar sus movimientos perfectamente equilibrándose.
Y sin embargo, ningún humano notaba diferencia alguna con ellos mismos.
Uno de ellos —visto por los demás como un hombre de traje gris de unos cuarenta años— entró en la cafetería de la esquina acompañando a otro hombre aparentando ser compañeros de oficina.
El ser multicolor pidió un café con leche y un croissant.
Pagó con tarjeta. Sonrió al camarero. Habló del tiempo.
La cola de su compañero, invisible para todos excepto para mí, se enroscó con elegancia alrededor del taburete mientras esperaba.
Cuando el café llegó, y el ser multicolor lo sostuvo con ambas manos, sopló con cuidado y bebió.
La cresta de la criatura que le acompañaba se relajó.
Más adelante, en el parque, un grupo de lo que parecían adolescentes jugaba al baloncesto.
Reían, se empujaban, gritaban. Yo veía cuerpos multicolores saltando con una agilidad imposible, las criaturas pequeñas saltaban más alto incluso que la de los otros seres, usando sus colas de contrapeso en cada impulso, en cada giro, con las crestas erizadas.
Uno falló un tiro y maldijo exactamente igual que lo haría cualquier chico.
Otro le dio una palmada en la espalda y le dijo que la próxima la metía.
En la parada del autobús, una “mujer” mayor hablaba por teléfono con su hija.
Se preocupaba por los deberes del nieto, se quejaba del precio de la luz, reía con una anécdota.
La cola del hombre que acompañaba al ser multicolor que estaba sentado a su lado se movía con lentitud, casi distraída, mientras su cresta se inclinaba ligeramente hacia adelante, gesto que yo ya empezaba a reconocer como atención genuina.
Nadie más lo veía.
El escudo no solo ocultaba su apariencia: traducía cada movimiento, cada expresión, cada sonido.
Transformaba el roce de las escamas en el sonido de ropa.
Hacía que los seres sin cara tuvieran una humana.
Que los ojos negros de las criaturas aparecieran como miradas normales, con color y brillo. Incluso el olor humano.
Vivían dentro de la mentira con una naturalidad absoluta.
Trabajaban, amaban, odiaban, criaban, nacían y morían de millones de formas, muchas de ellas horrendas.
Probaban a los humanos de todas las formas posibles.
Mentían mejor incluso que los propios humanos.
Ocupaban todos los estratos: había médicos, basureros, jueces, influencers, mendigos, profesores, criminales.
Aunque los humanos los veían hablar y oían sus voces, esos seres se comunicaban con el pensamiento.
Yo oía sus pensamientos. Y los de los humanos.
Y ellos oían los míos, pero los atribuían a su imaginación.Los humanos aún no habían descubierto el verdadero alcance del pensamiento.
Conocían la telepatía, pero, paradójicamente, seguían creyendo que comunicarse de ese modo pertenecía al terreno de la ciencia ficción. Igual que los extraterrestres.
Los mismos extraterrestres que caminaban entre nosotros como si nada.
Como si siempre hubieran sido humanos.
Yo era el único que veía los colores de los seres traslúcidos, las colas de las pequeñas criaturas moviéndose bajo abrigos inexistentes, las crestas tensarse o relajarse, los ojos negros mirar directamente a través de la ilusión… y, a veces, incluso mirarme a mí.
Sabían que yo los veía.
Oían mis pensamientos.