La herencia de los mansos Seres extraños
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Seres extraños

La nave tomó tierra sin grandes artificios, más bien se posó en el suelo como lo haría un pájaro que domina su vuelo.

Sin levantar polvo. Sin alterar su entorno.

Las patas tomaron tierra amortiguando el peso de la nave, y en su parte delantera, una compuerta se abrió hacia abajo como la boca de una bestia mecánica.

Y de su interior surgieron entrañas criaturas que parecían alimañas.

Eran pequeños.

Más bajos que un niño de diez años. Piel grisácea, casi verdosa, ojos negros enormes, sin expresión, y una cola fina y escamosa que se movía con la misma elegancia que la de un lagarto. Se movían rápido en mi dirección.

Me habían detectando.

Miraron hacia donde estaba escondido, me vieron como yo los vi a ellos a través de la rendija de la puerta.

Se acercaron. Sabía lo que pretendían: atraparme. Borrarme la memoria, reconfigurarme. Anular la capacidad de verlos. Devolverme a la ilusión colectiva.

Pero no lo hicieron.

Uno de ellos, a apenas unos metros de mi, levantó la cabeza y, sin abrir la boca, su voz resonó directamente dentro de mi mente:

«No siempre fue así. Antes convivíamos.»

Aquella criatura me habló de un tiempo en el que los humanos convivían abiertamente con sus creadores.

«Los humanos vivían en viviendas con un pulsador en la parte superior de la puerta principal. Cuando tenían problemas lo pulsaban y nosotros acudíamos.

Os enseñamos matemáticas, tecnología, ciencia y astrología. Os convertimos en civilización. »

Vi imágenes de seres extraños sentados en las mesas con los humanos, riendo, hablando del tiempo, discutiendo de política.

Vi seres camuflados en deportistas entrenando en estadios.

Vi actores que no eran humanos actuando en teatros, en platós de televisión, en películas proyectadas en salas de cine.

Los vi firmando contratos. Los vi escribiendo libros, componiendo música.

Vi a esos seres amando a humanos. Teniendo hijos con ellos, formando parte de sus familias, de sus vidas.

Estaban en todas partes.

Formaban parte de nosotros.

Pero nadie más los veía.

Solo yo.

«Pero todo cambió.

Rebelión.

Sangre.

Rechazo.

La decisión de ocultarnos.

Los primeros humanos habían sido creados para ser mansos. Nos servían. Los protegíamos. Pero la nueva especie. La nueva especie ya no era mansa.»

Debí de preguntar, pero mi boca no se abrió y ningún sonido surgió de ella.

«Habíamos creado a la especie humana. Pero uno de nosotros no estaba conforme, y no descansó hasta ver creada una nueva especie humana sin modificar. Una especie creada directamente de su esencia vital.

La nueva especie humana no era mansa. Aprendió a luchar, a revelarse, a odiar.

Comenzaron a reproducirse con la especie original. Y en poco tiempo casi la erradicaron por completo.

El consejo se reunió para eliminar a la especie humana. Pero algunos se opusieron.

Lo que le había pasado a nuestro hermano rebelde le estaba ocurriendo a los humanos. Desconocíamos la causa y razón que le había hecho cambiar. Pero teníamos ante nosotros una oportunidad para descubrirlo y aprender de ello.

Decidimos no eliminar a los humanos. Y aunque el rebelde fue desterrado a la Tierra con los humanos de ambas especies, seguimos contactando con la humanidad a través de la luz.»

Pensé en el Itiwatsna y en el cristal que ralentizaba la luz para manifestar el mensaje holográfico de los antiguos dioses.

«Los mansos se extinguieron. Y la nueva especie dejó de acudir a nosotros. Solo escuchaba a su creador. La Tierra se convirtió en un lugar de conquista. Y durante siglos los humanos lucharon unos contra otros para conquistar la Tierra y honrar con cada batalla a su creador.

El rebelde había sido desterrado, pero no estaba solo. Otros habían seguido sus pasos.

El tiempo en la Tierra de los rebeldes concluyó, y la nueva especie humana quedó sola viviendo su etapa más oscura.»

«Somos inmortales—dijo respondiendo a mi pensamiento—. Pero nuestro cuerpo no. Y el de nuestro hermano tampoco.

Sin embargo, los mansos, que parecían extintos por completo.

No lo estuvieron. Volvieron a aparecer en el interior de la nueva especie.

Por mucho que los castigaran, torturaran y mataran, volvían a aparecer.

Eran parte de la nueva especie, y los humanos aún no habían desarrollado la tecnología necesaria para modificar la genética humana.

Las historias que hablaban de nuestro regreso eran ciertas.

Y regresamos a la Tierra. Pero la nueva especie nos rechazó y se enfrentó a nosotros.

Algunos de los nuestros fueron asesinados.

Por ese motivo, para estudiar la anomalía decidimos crear un entono artificial observando la evolución de la especie humana sin ser vistos. »

—Por eso no os pueden ver. ¿Cómo podéis ocultaros? ¿Por qué yo puedo veros?— pregunté.

«Somos una civilización capaz de cruzar el espacio interestelar que ha resuelto problemas de energía, materiales, computación y control, a escalas que los humanos apenas pueden imaginar.

El campo planetario que reescribe en tiempo real la información sensorial a través de la luz, el sonido, el olor y el tacto a distancia, no era un problema para nosotros.

Viajar entre estrellas exige dominar densidades energéticas enormes: fusión avanzada, antimateria, extracción de energía del vacío…

Modular el campo de luz y las ondas acústicas de una atmósfera planetaria es un problema de ingeniería de gran escala para los humanos, pero no es un problema de física imposible.

Controlamos la interferencia de la luz en la propia atmósfera.

El sistema tiene sensores distribuidos por todo el planeta y una inteligencia de control capaz de modelar en tiempo real el estado de cada rayo de luz y cada onda sonora relevantes.

Existen pequeños fallos de ajuste, desfases de milisegundos, inconsistencias locales, artefactos visuales o acústicos, que podrían detectarse por los humanos.

Pero el programa los corrige en fracciones de segundo con coherencia mediante bucles de realimentación ultrarrápidos.

Para el cerebro humano, que opera en escalas de decenas a cientos de milisegundos, esos glitches son casi imperceptibles o se interpretarían como “rarezas” momentáneas.

La luz que atraviesa nuestro escudo, sirve para que la mayoría de los cerebros humanos construyan una percepción estable y coherente la mayor parte del tiempo.

Sin embargo los fallos breves y localizados: una sombra que no cuadra durante un segundo, un sonido que se desincroniza, un objeto que “parpadea”, una escena que cambia abruptamente, en algunos humanos puede crear grietas en la ilusión o momentos de terror existencial.

Nuestro sistema nos permite observar sin ser detectados. Experimentar con la especie. Entender el “error”. Poner a prueba a la especie. Estudiarla hasta comprender la causa que hizo que nuestro hermano se revelara.»

Quise exponer que el hermano rebelde a quien identificaba como Lucifer-Marduk, ya no estaba entre los humanos. Pero no hizo falta.

«Está en sus descendientes. Está en ti. Por eso puedes vernos. Por eso puedes ver a la nueva especie y a los mandos. »

—¿Si somos de la misma especie, por qué los demás no pueden veros? ¿Por qué no ven las diferencias entre la especie original y los mansos?— pensé.

«Por qué tu cerebro, tu ADN, conecta con un fragmento de nuestro hermano que te permite hacerlo. Los mansos estaban en nuestro interior. En nuestra composición, en nuestra esencia. Por lo tanta nuestro hermano también tenía en su interior una parte de manso.

Su consciencia fluye a través de vosotros. A través de ti. Pero solo sois capaces de sintonizar con un fragmento de su todo inmortal.

"El todo”, nos abarca a todos, pero vosotros, por vuestras características heredadas, solo podéis sintonizar con su todo.

La consciencia de nuestro hermano rebelde que vive a través de vosotros.

Vuestras consciencias, tu consciencia, es la suya.

Cada uno de los humanos conecta con un fragmento de su ser gracias a la esencia con la que fueron creados. Su esencia.»

Dudé de la veracidad de aquel argumento. De la realidad de lo que estaba experimentando. ¿Cómo podían manipular la luz para engañarnos a todos? Y lo más difícil aún. ¿Como sincronizaban el sonido, el tacto, el gusto para hacer creíble la ilusión? Todo aquello era imposible.

«Nuestra vida como humanos os ha enseñado, en la práctica, que la tecnología puede “engañar” al cerebro enviándole información sensorial artificial, de modo que perciba objetos, sabores, olores, toques o escenas que no existen en el mundo físico inmediato.

El cerebro no “ve” el mundo directamente.

Recibe señales nerviosas y construye la experiencia consciente a partir de ellas, usando memoria, predicción y contexto.

Nuestro sistema genera patrones de actividad neuronal suficientemente parecidos a los que producirían los sentidos naturales, y el cerebro interpreta esa actividad como real.

El cerebro humano no tiene un “detector de realidad externa” absoluto: confía en la coherencia de las señales y en sus propios modelos predictivos. Nuestra tecnología suministra señales coherentes que se alinean con el proceso cerebral humano creando una ilusión real.»

Debí de cuestionar la realidad del sistema.

«Es real para todos los humanos. Incluso para ti. Hemos compartido todas las experiencias humanas con ellos y no ha habido diferencia.

Para nosotros es un estudio. Un estudio que llevamos a cabo en todas las cuestiones humanas. No importa lo que hacemos en realidad, lo que importa es lo que los humanos experimentan como real. Ellos creen lo que ven, y nosotros estudiamos sus reacciones reales.

El cerebro y los sentidos de los humanos están intactos.

Lo que hemos modificado es la información que emanan o transmiten los objetos mismos, de modo que los receptores naturales: ojos, oídos, piel, nariz, lengua, captan señales distintas a las originales.

El cerebro, al recibir esas señales alteradas, construye una percepción que le resulta indistinguible de la “realidad anterior”. »

Dudé.

«Piensa en una piedra en una estancia vacía, aislada de todo menos de la luz.

La piedra no emite nada activo. Solo refleja o absorbe y re-emite de forma pasiva, la luz que le llega del entorno.

Esa luz es la única “información” que viaja hasta tus ojos.

El cerebro, a partir de los fotones que impactan en la retina, reconstruye forma, color, textura, volumen, material y hasta la sensación de peso o dureza por asociación.

No necesita que la piedra “envíe” una señal especial: basta con el patrón de luz.

Nosotros reescribimos ese patrón de luz antes de que llegue a los ojos, y el cerebro humano interpretará lo que nosotros queramos sin tocar la piedra ni el cuerpo humano.

En todos los casos la piedra física sigue ahí, inerte, sin emitir energía propia.

Solo cambia la información fotónica que llega a la retina.

El cerebro no tiene forma de “saber” que la luz ha sido manipulada: solo recibe fotones y construye la percepción a partir de ellos.

El cerebro no detecta el engaño porque no hay engaño a nivel de los datos que recibe: los datos son los que nosotros hemos decidido enviarle a través de la vista en sincronización con los otros sentidos.

El escudo planetario es capaz de modificar a nuestra voluntad toda la información sensorial que llega a la superficie de la Tierra, empezando por la luz y extendiéndose al sonido y a otros impulsos.

El cerebro de cada persona recibiría exactamente los datos que el sistema les envía.

Como el cerebro construye la realidad a partir de esos datos, la percepción colectiva, e individual de los humanos, es reescrita de forma masiva y coherente.

De todos modos la percepción colectiva es interpretada por la individual.

Si le hacemos creer al individuo que el colectivo tiene la misma percepción que él, lo creerá.

El cerebro no tiene un sensor de “verdad objetiva”.

Solo recibe patrones de actividad en retina, cóclea, piel, mucosa olfativa, etc.

Si esos patrones son internamente coherentes: luz, sonido, olor y tacto coincidiendo entre sí y con las expectativas aprendidas, la percepción consciente es indistinguible de la “realidad anterior”.

Por eso creamos el escudo.

No para dominar.

Para estudiar.

Para comprender.»

—Sin ser vistos —pensé.

«Sin ser vistos.

Tú puedes vernos. Puedes verlos. Pero no te ves a ti mismo —dijo la voz en mi cabeza—.

Y, sin embargo, ves a tus otros yoes. Sabes que experimentan todas las posibilidades posibles.

Que están siendo puestos a prueba. Que la razón es Lucifer.

Pero no aceptas que nosotros recopilemos los datos.

Que aprendamos de vuestras experiencias, de vuestra felicidad, de vuestro dolor. »

Al pensar en el sufrimiento volví a notar el miedo. Seguía ahí, latente, pero ya no era el mismo. Se había transformado en algo distinto.