La herencia de los mansos Prólogo
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La herencia de los mansos

La herencia de los mansos

Por Juan Carlos Feliu Velazquez

© inepub.com

Prólogo

En el cielo veía naves espaciales de muchos tamaños.

Naves de formas redondeadas con una tecnología muy avanzada.

Flotaban inmóviles, suspendidas en el aire, como si la gravedad terrestre no les afectara.

Algunas eran grandes, muy grandes. Otras, las de tamaño mediano, desprendían luz blanca por círculos situados en la cola que parecían propulsores móviles que se movían arriba y abajo.

También vi naves pequeñas de un diseño distinto a las otras, casi cuadrado.

No parecían formar parte de la misma flota.

Yo las veía, pero nadie más parecía verlas.

La gente se comportaba con normalidad; caminaba, hablaba, reía, discutía…

completamente ciega a la flota silenciosa que tenían sobre sus cabezas.

¿Por qué nadie más las veía?

Me detuve y observé a la gente. Entre las personas habían extraños seres de diferente forma que se comportaban como humanos pero no lo eran.

Había seres altos y delgados con una piel semi trasparente que reflejaba la luz mostrando los colores del arco Iris en todo su cuerpo.

Su apariencia era extraña. No tenían cara, ni ojos.

Solo una mandíbula cuadrada prominente con la que parecían sonreír.

La gente, los humanos, los trataban con normalidad.

No parecían ver su extraña apariencia. Pero en ese instante algo pasó.

Algo que hizo saltar las alarmas de la flota.

No oí nada. Ni vi nada que me pusiera en guardia.

Pero algo había ocurrido. Algo debió de llamarles la atención.

Los seres multicolores ni se inmutaron, parecían no verme.

Pero en el cielo, una de las naves pequeñas se movió y descendió en mi dirección.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido. Tenía miedo. La nave pequeña, que se había separado del resto de la flota descendía en línea recta hacia mí. Me había detectado.

Corrí.

Corrí porque sabía lo que iba a ocurrir. Era el único que podía verlos. Huí buscando un lugar donde no pudieran atraparme. Pero no había lugar donde esos seres no pudieran llegar.

Alcancé una casa con una puerta blanca grande de madera desvencijada.

Entré y cerré la puerta que no encajaba bien en el marco.

Respiraba agitadamente y el corazón latía en mis sienes.

Tenía que calmarme. Tenía que superar el miedo y anular el instinto de huida que me empujaba a salir corriendo. Instinto de supervivencia.

Ellos tenían conocimientos que me podían ayudar. Esos seres podían darme respuestas que en la Tierra no había podido encontrar. Quería huir, pero necesitaba hablar con ellos. Necesitaba saber más.