Capítulo 53 — Dos pequeños príncipes y una tía consentidora #2
O, al menos, eso creían antes de que Alexandra recibiera una noticia que terminaría convirtiendo aquellos días en una auténtica locura.
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Lucas y Sofía todavía estaban organizándose con su recién nacido cuando Alexandra decidió que era hora de visitar a su hermano.
No llegó con las manos vacías.
Llegó con una idea.
Y cuando Alexandra Woods tenía una idea, rara vez se conformaba con hacer las cosas a medias.
—¿Qué has comprado ahora? —preguntó Eli al verla revisar unos catálogos desde el sofá, mientras Alexander dormía en su moisés.
Alexandra levantó la mirada con una sonrisa inocente.
—Nada importante.
Eli la observó con desconfianza.
—Alexandra.
—Bueno, quizá algo para mi sobrino.
—¿Qué significa «algo»?
La presidenta le mostró una fotografía en la pantalla de su teléfono.
Eli se quedó mirándola.
—¿Le has comprado una habitación entera de peluches a Lucas?
—No a Lucas, amor. A Luquitas.
Eli abrió la boca y después soltó una carcajada.
—¡Alexandra! ¡El niño acaba de nacer!
—Precisamente. Tiene que crecer rodeado de cosas bonitas.
—Tiene una habitación preparada por sus padres.
—Y ahora tendrá una habitación llena de peluches elegidos por su tía favorita.
Eli se cubrió el rostro con una mano.
—No puedo creerlo. Nuestro hijo acaba de llegar a casa y tú ya estás malcriando a tu sobrino.
Alexandra se inclinó para besarla en la mejilla.
—Mi amor, hay cosas que no se pueden evitar. Soy tía.
—Eres una tía completamente desquiciada.
—Una tía generosa, cariñosa y comprometida con la felicidad de su sobrino.
—Una tía que acaba de comprar suficientes peluches para abrir una tienda.
Alexandra sonrió con orgullo.
—No exageres. También compré cojines con formas de animales.
Eli comenzó a reírse tanto que tuvo que acomodarse mejor en el sofá.
—Lucas va a matarte cuando vea todo eso.
—No puede. Me quiere demasiado.
—Eso es precisamente lo que te permite hacer estas locuras.
Alexandra se acercó al moisés, observó a Alexander dormir y le acarició suavemente la mejilla.
—Quiero que mis hijos y mis sobrinos crezcan sabiendo que siempre tendrán a alguien dispuesto a consentirlos, a protegerlos y a hacerlos felices.
Eli dejó de reírse y la miró con ternura.
—Eso es lo más bonito de ti, Alexandra. Cuando amas a alguien, lo das todo.
La presidenta volvió hacia ella y le tomó la mano.
—Aprendí de ti, mi amor.
Eli sonrió y la atrajo para darle un beso.
—Te amo.
—Yo te amo más.
—Eso no es verdad.
—Podemos discutirlo, pero recuerda que tengo una habitación entera de peluches como prueba de que soy una tía maravillosa.
Eli soltó una carcajada y apoyó la cabeza contra su hombro.
Mientras tanto, Alexander seguía durmiendo plácidamente, ajeno a la competencia entre sus madres y a la montaña de regalos que probablemente recibiría durante los próximos años.
Y Luquitas, sin saberlo todavía, estaba a punto de convertirse en el niño más consentido de la familia.
Porque si había algo que Alexandra Woods no sabía hacer a medias, era amar.
Y ahora que era madre de dos pequeños y tía de otro recién nacido, estaba dispuesta a demostrarlo cada día.
Aunque Eli tuviera que recordarle, una y otra vez, que no necesitaban comprar una tienda entera cada vez que nacía un bebé.
Epílogo — El imperio más grande de Alexandra Woods
Cinco años después, la vida de Alexandra Woods era muy diferente de aquella que había imaginado cuando regresó a Nueva York para hacerse cargo del imperio familiar.
Seguía siendo la presidenta de Woods International, una de las mujeres más influyentes del mundo empresarial, respetada por sus decisiones, temida por sus competidores y admirada por su capacidad para transformar cualquier problema en una oportunidad.
Sin embargo, había algo que el dinero, el poder y los negocios jamás podrían comprarle.
Su familia.
Y aquella mañana de sábado, su casa era la prueba más evidente de que había construido el imperio más importante de su vida.
—¡Alexander Sebastián Woods Sinclair! ¡Devuélveme mi corona!
El grito de Alexa resonó por todo el jardín.
Alexandra, que estaba sentada en la terraza con una taza de café, levantó lentamente la mirada de los documentos que intentaba revisar.
Su hijo de cinco años corría por el césped con una corona de plástico sobre la cabeza, mientras su hermana mayor lo perseguía con una indignación que habría resultado convincente si no llevara un vestido de princesa y unas zapatillas deportivas.
—¡No es tu corona! —respondió Alexander entre risas—. ¡Ahora soy el rey!
—¡Tú eres el vicepresidente!
—¡Ya no quiero ser vicepresidente!
Alexandra cerró los ojos un instante.
—Eli, amor, tus hijos están intentando derrocar la monarquía familiar otra vez.
Desde la cocina, Eli Sinclair soltó una carcajada.
—¡Pues ve a resolverlo, presidenta!
—Soy la presidenta de una multinacional, no de una guardería.
—¡Y, aun así, no puedes controlar a dos niños!
Alexandra se levantó con un suspiro exagerado y salió al jardín.
Alexander la vio acercarse y corrió directamente hacia ella.
—¡Mamá, Alexa dice que tengo que obedecerla porque es la mayor!
Alexandra lo tomó en brazos.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que cuando sea grande voy a ser presidente de Woods International y ella tendrá que obedecerme.
La presidenta se quedó inmóvil.
Desde la terraza, Eli comenzó a reírse con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en una silla.
—¡Alexander! —exclamó Alexandra, intentando conservar la seriedad—. En esta familia nadie tiene que obedecer a otro solamente por ser mayor.
El niño la observó con sus enormes ojos azules, tan parecidos a los de Eli.
—¿Entonces puedo quedarme con la corona?
Alexandra miró a su hija, que había llegado con las manos en la cintura.
Alexa, con sus ojos verdes idénticos a los de su madre, parecía una pequeña versión de la presidenta de Woods International.
—Mamá, dile que me la devuelva.
Alexandra respiró profundamente.
Cinco años antes había pensado que dirigir una empresa era complicado.
Ahora sabía que negociar con sus propios hijos era mucho más difícil.
—Alexander, puedes quedarte con la corona esta mañana. Pero después se la devuelves a tu hermana.
El niño sonrió victorioso.
—¡Gracias, mamá!
Alexa abrió la boca, indignada.
—¡Mamá!
Alexandra besó la frente de su hija.
—Y tú puedes elegir la película de esta noche.
Alexa lo pensó durante unos segundos.
—Está bien. Pero mañana me toca a mí ser la reina.
—Trato hecho.
Los dos niños salieron corriendo nuevamente hacia el jardín, y Alexandra regresó a la terraza con la satisfacción de quien acababa de cerrar el contrato más importante de su carrera.
Eli la esperaba junto a la mesa.
Su cabello castaño caía sobre sus hombros y sus ojos azules brillaban de diversión.
—¿Cómo te fue en la negociación?
Alexandra se sentó y tomó su mano.
—Terrible. Mi vicepresidente es un rebelde y mi presidenta de operaciones pretende quedarse con toda la autoridad.
Eli se inclinó para besarla.
—Pobre de ti.
—Mucho. Necesito que mi esposa me consuele.
—¿No te basta con tener dos hijos maravillosos?
Alexandra le rodeó la cintura y la acercó a ella.
—Mis hijos son maravillosos. Mi esposa es la responsable de que yo siga enamorada de esta vida.
Eli sonrió y le acarició la mejilla.
—¿Incluso después de todos estos años?
Alexandra la miró como si acabara de hacerle la pregunta más absurda del mundo.
—Especialmente después de todos estos años.
La besó con la misma ternura con la que lo había hecho la primera vez que comprendió que Eli Sinclair no era una mujer más en su vida, sino la persona con la que quería compartirlo todo.
—Te elegiría otra vez, Eli. En cualquier vida.
Eli apoyó la frente contra la suya.
—Y yo volvería a enamorarme de ti, aunque tuviera que soportar otra vez tus horarios imposibles, tu orgullo y tus interminables reuniones.
Alexandra sonrió.
—Olvidaste mencionar mi extraordinaria belleza.
—No quería mentir en un momento tan romántico.
—¡Eli Sinclair!
La carcajada de Eli se mezcló con la de Alexandra y, durante unos segundos, volvieron a ser aquellas dos mujeres que se habían enamorado en medio de las tensiones de una empresa, los secretos y las decisiones que habían cambiado sus vidas.
Pero ahora tenían algo que antes solo podían imaginar.
Una familia.
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A media mañana, el sonido de varios automóviles anunció la llegada de los invitados.
El primero en aparecer fue Ricardo Woods, el padre de Alexandra, acompañado por la madre de Alexandra.
Ricardo entró en la casa con una bolsa llena de regalos para sus nietos.
—¿Dónde están mis pequeños?
—¡Abuelo!
Alexa y Alexander corrieron hacia él.
Ricardo dejó la bolsa en el suelo y se agachó para recibirlos en un abrazo.
—¡Mis dos tesoros!
—Abuelo, Alexander me quitó la corona —denunció Alexa.
Ricardo miró a su nieto con una seriedad fingida.
—¿Es verdad eso, joven?
Alexander escondió la corona detrás de su espalda.
—Solo la estoy usando un ratito.
—Entonces supongo que tendremos que encontrar otra corona para tu hermana.
Alexa sonrió inmediatamente.
Alexandra, que observaba la escena desde la terraza, se llevó una mano a la frente.
—Papá, por favor, no les compres otra cosa.
Ricardo levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque tienen más juguetes que una tienda.
—Eso dicen todas las madres antes de que sus padres les compren otro juguete a sus nietos.
Eli se echó a reír.
—Tiene razón, amor. Además, tú no eres precisamente la persona indicada para quejarse de los regalos.
Alexandra la miró, ofendida.
—¿Perdón?
—¿Quieres que recordemos la habitación de peluches que le compraste a Luquitas cuando nació?
Ricardo soltó una carcajada.
—¡Todavía no puedo creer que hicieras eso!
—Era un bebé —se defendió Alexandra—. Necesitaba cosas bonitas.
—Le compraste suficientes peluches para llenar una habitación entera.
—Y volvería a hacerlo.
En ese momento, Lucas apareció por la entrada junto a Sofía y su hijo, Luquitas.
El pequeño había crecido rodeado de juguetes, peluches y una familia que parecía competir para ver quién conseguía hacerlo reír más.
Lucas escuchó la última frase y levantó las manos.
—¡Por favor, Alexandra! ¡Todavía tenemos peluches guardados en cajas!