La heredera del imperio Woods Capítulo 53 — Dos pequeños príncipes y una tía consentidora
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Capítulo 53 — Dos pequeños príncipes y una tía consentidora

El día que Alexandra Woods había esperado durante tantos meses finalmente llegó.

Desde la madrugada, la casa se había convertido en un ir y venir de preparativos.

Eli había comenzado con las contracciones y, aunque Alexandra intentaba mantener la calma, estaba tan nerviosa que había revisado tres veces el bolso del hospital, comprobado los documentos y preguntado al médico por teléfono si realmente debían salir en aquel momento.

—Alexandra, cariño, estoy teniendo contracciones. No estoy organizando una reunión con inversionistas —le recordó Eli, sentada en el borde de la cama.

—Lo sé, amor. Solo quiero asegurarme de que no nos falte nada.

—Ya revisaste el bolso cuatro veces.

—Cinco —la corrigió Alexandra, mirando hacia la puerta—. Y creo que deberíamos llevar otra manta.

Eli soltó una carcajada, aunque enseguida hizo una mueca cuando llegó otra contracción.

La sonrisa de Alexandra desapareció.

—¿Estás bien? ¿Te duele mucho? ¿Llamo al médico otra vez?

—Mi amor, respira. Estoy bien. Solo necesito que me abraces y me ayudes a llegar al hospital.

Alexandra se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y besó sus nudillos.

—Estoy aquí, Eli. No voy a separarme de ti.

—Eso espero, porque si me dejas sola en esto, cuando salga de aquí voy a perseguirte por toda la casa.

Alexandra soltó una risa nerviosa.

—Incluso en medio del parto sigues amenazándome.

—Aprendí de la mejor.

La presidenta la ayudó a levantarse y, después de comprobar que tenían todo lo necesario, salieron hacia el hospital.

Antes de marcharse, Alexandra llamó a Lucas para avisarle de que el bebé estaba por llegar. Su hermano se emocionó tanto que prometió pasar por el hospital en cuanto pudiera.

Lo que ninguna de las dos imaginaba era que aquel día se convertiría en una fecha inolvidable para toda la familia.

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Las horas siguientes fueron intensas.

Alexandra permaneció al lado de Eli durante todo el proceso, sosteniéndole la mano, besándole la frente y recordándole una y otra vez cuánto la amaba.

La mujer que podía enfrentarse a los empresarios más poderosos del mundo sin perder la compostura se encontraba ahora con los ojos húmedos y el corazón acelerado, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera su esposa.

—Mírame, amor —le susurró, acariciándole el rostro—. Estoy aquí contigo.

Eli buscó sus ojos azules de emoción y apretó su mano.

—No me sueltes.

—Nunca, mi vida.

Alexandra le besó la frente una vez más y permaneció a su lado hasta que, finalmente, el llanto de un recién nacido llenó la habitación.

Durante unos segundos, el mundo pareció detenerse.

La especialista sonrió mientras les mostraba al pequeño.

—Felicidades. Es un niño precioso.

Eli rompió a llorar de felicidad.

Alexandra se quedó inmóvil, mirando aquella diminuta carita que acababa de cambiarles la vida.

El bebé tenía el cabello castaño y unos hermosos ojos azules, tan parecidos a los de Eli. Era como si la vida hubiera decidido regalarle a Alexandra una pequeña parte de su esposa en aquel niño.

—Tiene tus ojos, amor —susurró Alexandra, con la voz quebrada.

Eli sonrió entre lágrimas.

—Y tu manera de mirarlo todo. Mira cómo abre los ojitos.

Alexandra se inclinó para besarle la frente a su esposa.

—Gracias por darme otra razón para amar esta vida contigo.

—Tú eres mi razón, Alexandra. Él es nuestra nueva alegría.

Cuando finalmente pudo sostener a su hijo entre los brazos, Alexandra lo hizo con una delicadeza que nadie habría imaginado en aquella mujer acostumbrada a dirigir una empresa internacional.

El pequeño abrió los ojos por un instante y ella sintió que el corazón se le derretía.

—Hola, mi príncipe —susurró—. Soy mamá Alexandra. Tu otra mamá lleva meses esperándote y tu hermana mayor ya ha organizado toda tu vida. Espero que tengas paciencia con ella.

Eli soltó una carcajada desde la cama.

—No empieces a asustarlo antes de que pueda reconocer tu voz.

—Solo lo estoy preparando para la realidad.

Alexandra volvió a mirar al bebé. Su cabello castaño era suave y sus ojos azules le recordaban a Eli de una manera tan intensa que tuvo que contener las lágrimas.

—Alexander Sebastián Woods Sinclair —dijo finalmente.

Eli la miró con una sonrisa emocionada.

—Alexander Sebastián.

Pronunciar el nombre de su hijo hizo que ambas comprendieran que aquel pequeño ya tenía un lugar irremplazable en sus vidas.

—Bienvenido a nuestra familia, Alexander Sebastián —susurró Eli cuando Alexandra se acercó para dejar al bebé junto a ella.

Las dos madres contemplaron a su hijo con una felicidad indescriptible.

Habían imaginado aquel momento durante meses, habían elegido nombres, preparado su habitación y escuchado a Alexa hablarle a su hermanito a través del vientre de Eli.

Y ahora, por fin, lo tenían entre sus brazos.

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Mientras Alexandra y Eli conocían a su hijo, Lucas también estaba viviendo una de las experiencias más importantes de su vida.

Sofía había entrado en trabajo de parto aquel mismo día.

Cuando Lucas recibió la noticia de que su hijo había nacido, se quedó tan emocionado que apenas pudo responder a las felicitaciones de quienes estaban a su alrededor.

Se convirtió en padre el mismo día en que su hermana se convirtió nuevamente en madre.

La coincidencia hizo que Alexandra, cuando se enteró, se echara a reír desde la cama del hospital.

—¡No puede ser! —exclamó—. ¡Nuestros hijos nacieron el mismo día!

Eli sonrió mientras acariciaba la cabecita de Alexander.

—Parece que nuestros pequeños tenían prisa por conocerse.

—Esto significa que Lucas ya no podrá decir que mi hijo es el único príncipe de la familia.

—Alexandra, por favor. Acaban de nacer y tú ya estás organizando una competencia.

—No es una competencia, amor. Es una cuestión de prestigio familiar.

Eli le lanzó una mirada divertida.

—Eres imposible.

—Y tú te casaste conmigo.

—Ese fue mi primer gran error.

Alexandra abrió la boca, fingiendo indignación, antes de inclinarse para besarla.

—Cuando te recuperes, vamos a hablar seriamente de ese comentario.

—Te espero con una lista de quejas.

Ambas terminaron riéndose, con Alexander dormido tranquilamente entre ellas.

Poco después, Lucas llamó por videollamada para que las dos pudieran conocer a su hijo.

Apareció en la pantalla con una expresión de felicidad absoluta y el bebé en brazos. Sofía descansaba a su lado, agotada, pero con una sonrisa radiante.

—¡Miren a mi hijo! —anunció Lucas, incapaz de ocultar el orgullo.

Alexandra acercó la cámara para mostrarle a su sobrino.

—Y tú mira al mío. ¡Nuestros hijos nacieron el mismo día!

—Mi hijo será el más inteligente.

—El mío será el más elegante.

—El mío tendrá mejor sentido del humor.

—Eso todavía está por demostrarse, hermanito.

Sofía se echó a reír.

—Por favor, dejen de competir. Los niños ni siquiera pueden sostener la cabeza.

Eli sonrió, acomodando a Alexander.

—Déjalos, cariño. Alexandra y Lucas llevan toda la vida compitiendo por cualquier tontería.

—¡No es una tontería! —protestó Alexandra—. Estamos estableciendo las expectativas familiares.

Lucas soltó una carcajada.

—Lo importante es que nuestros hijos tendrán la misma edad y crecerán juntos.

Aquellas palabras hicieron que Alexandra se quedara callada un momento.

Miró a su hijo, después a Eli y finalmente a la pantalla, donde Lucas sostenía a su pequeño junto a Sofía.

—Tienes razón —dijo con una sonrisa más suave—. Van a crecer juntos, serán compañeros de juegos y seguramente terminarán metidos en tantos problemas que nosotros acabaremos arrepintiéndonos de haber celebrado tanto este día.

—Habla por ti —respondió Lucas—. Mi hijo será un santo.

Sofía lo miró de reojo.

—¿Como su padre?

—Exactamente.

—Entonces estamos perdidos —murmuró Eli.

Las cuatro personas terminaron riéndose, felices de saber que sus hijos compartirían no solo una fecha de nacimiento, sino también una familia que los llenaría de amor.

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Unos días después, cuando Alexandra y Eli regresaron a casa con Alexander, Alexa estaba esperando en la entrada.

La pequeña había preguntado tantas veces cuándo podría conocer a su hermano que sus madres habían perdido la cuenta.

Al verlas entrar, corrió hacia ellas, pero se detuvo inmediatamente al recordar que debía tener cuidado.

—¿Ya llegó mi hermanito?

Alexandra sonrió.

—Sí, princesa. Ya está en casa.

Eli sostenía al pequeño en brazos, envuelto en una manta suave. Alexa se acercó despacio y lo observó con una expresión de asombro.

—Es muy pequeño.

—Tú también eras así cuando naciste —le explicó Eli.

Alexa miró a su hermano y después a sus madres.

—¿Y por qué tiene los ojos cerrados? ¿No quiere conocerme?

Alexandra se rio suavemente.

—Está cansado, cariño. Ha tenido un día muy largo.

—Pero yo quiero enseñarle su habitación.

Eli intercambió una mirada divertida con Alexandra.

—Entonces tendrás que esperar un poquito. Ahora mismo necesita descansar.

Alexa asintió con una seriedad admirable y se acercó para besar con cuidado la frente de su hermano.

—Hola, Alexander. Soy tu hermana mayor. Te prometo que voy a cuidarte mucho.

Hizo una pausa y añadió en voz baja:

—Pero acuérdate de que yo soy la presidenta y tú eres el vicepresidente.

Alexandra tuvo que girarse para ocultar la risa.

—¿Qué has dicho, princesa?

—Nada, mamá. Solo le estoy explicando nuestras responsabilidades.

Eli se echó a reír.

—Pobre niño.

—No te preocupes, mamá Eli. Yo voy a enseñarle todo.

Y, por primera vez desde que había nacido su hermano, Alexa pareció comprender que su familia había cambiado para siempre. Ya no era la única pequeña de la casa, pero aquello no significaba que hubiera perdido su lugar.

Sus madres la abrazaron y le explicaron que el amor no se dividía entre los hijos, sino que crecía para hacerles espacio a todos.

Alexa escuchó con atención y después abrazó a Eli por la cintura.

—Entonces ahora tengo que quererlo muchísimo.

—Exactamente, mi amor —respondió Eli, besándole el cabello.

Alexandra las rodeó a ambas con un brazo, mientras Alexander dormía tranquilamente en los brazos de su madre.

La familia estaba completa de una manera nueva y maravillosa.