La heredera del imperio Woods Capítulo 52 — Un pequeño príncipe y una esposa impaciente #2
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Capítulo 52 — Un pequeño príncipe y una esposa impaciente #2

—Mi amor… ¿qué sucede?

Eli respiraba con cierta agitación. Le acarició las mejillas y volvió a besarla, incapaz de ocultar cuánto la deseaba en aquel momento.

—Te necesito —susurró.

Alexandra le sostuvo el rostro entre las manos.

—Estoy aquí, cariño.

—No, no me entiendes. Te necesito conmigo. Quiero que me abraces, que me beses… Quiero que me hagas sentir que soy la única mujer en tu mundo.

La expresión de Alexandra se suavizó.

—Eli, eres mi esposa. Eres la mujer que amo y la persona con la que elegí construir mi vida. No tienes que pedirme que te quiera así. Te quiero de esa manera todos los días.

Eli cerró los ojos y apoyó la frente contra la de ella.

—Lo sé, pero hoy no consigo pensar en otra cosa que no seas tú.

Alexandra le acarició el cabello, comprendiendo que el embarazo estaba intensificando sus emociones y que su esposa necesitaba sentirse querida y acompañada.

—Entonces ven aquí, mi amor.

La abrazó con cuidado, dejando que Eli se refugiara contra su pecho. Después le besó la frente, las mejillas y los labios, despacio, sin apartarse de ella.

Eli volvió a rodearle el cuello con los brazos.

—Quiero estar contigo y sentirte me siento tan mojada que quiero sentirte dentro ahora

Alexandra no necesito más esa confesión la hizo ponerse dura y le dijo volteate mi amor y empezó a penetrarla adentro afuera fuck, fuck, fuck, sentía a Eli chorrear y lo caliente que estaba Eli qué le enloquecio, las paredes de Eli la aprisionaban y sentía explotar unos cuantos bombeos más y se vino dentro.

Eli saco unas toallitas y limpio a su esposa para volver a la reunión.

—Eli murmuró—. Quiero que nos vayamos de aquí y que me abraces sin tener que mirar el reloj.

Alexandra sonrió con ternura y le acarició la espalda.

—Yo también quiero estar contigo. Pero tenemos una reunión que terminar y no voy a dejar que te sientas mal por intentar aguantar hasta el final.

Eli hizo un pequeño gesto de protesta.

—Alexandra…

—Escúchame, preciosa. Terminaremos lo imprescindible y después nos iremos a casa. Podemos cancelar el resto de mi agenda si necesitas descansar. No tienes que demostrarle nada a nadie.

Eli la miró, todavía aferrada a ella.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—¿Y después vas a quedarte conmigo?

Alexandra le dio un beso.

—Todo el tiempo que necesites.

Eli sonrió por fin y volvió a besarla, esta vez con más calma.

Alexandra la abrazó unos segundos más antes de separarse lo suficiente para comprobar que se encontraba bien.

—¿Te sientes mejor?

—Mucho mejor.

—Bien. Ahora vamos a regresar, terminaremos la reunión y luego me seguiré ocupando de mi esposa.

Eli le lanzó una mirada traviesa.

—Eso espero, señora Woods.

Alexandra arqueó una ceja.

—¿Señora Woods? ¿Ahora resulta que soy yo la que tiene que obedecer?

—Exactamente.

La presidenta soltó una risa baja y le dio otro beso.

—Está bien. Pero recuerda que en casa también tengo autoridad.

—Ya veremos —respondió Eli, sonriendo.

Alexandra negó con la cabeza, divertida, y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Ven, mi amor. Vamos a terminar con esto.

Antes de salir, Eli le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.

Alexandra no necesitó decir nada más. Le apretó suavemente la mano y la acompañó de regreso a la sala de reuniones.

Durante el resto de la jornada, se aseguró de que Eli estuviera cómoda, le acercó agua cuando la necesitó y reorganizó los últimos puntos de la agenda para que pudieran regresar a casa cuanto antes.

Los inversionistas apenas notaron que la reunión había tomado un rumbo diferente. Alexandra siguió dirigiendo las negociaciones con su habitual seguridad, mientras Eli participaba cuando se sentía con fuerzas y descansaba cuando lo necesitaba.

Pero cada vez que sus miradas se encontraban, Eli le dedicaba una sonrisa cómplice que solo Alexandra podía comprender.

Al terminar, la presidenta cerró la carpeta de documentos y se levantó.

—Por hoy hemos terminado. Continuaremos con los puntos pendientes en la próxima sesión.

Después de despedirse de los inversionistas, Alexandra tomó el bolso de Eli y la acompañó hasta el automóvil.

—¿Lista para ir a casa? —preguntó.

Eli asintió y se acomodó junto a ella.

—Sí. Pero quiero que te sientes conmigo en el sofá cuando lleguemos.

Alexandra sonrió.

—Hecho.

—Y quiero abrazarte.

—También.

—Y quiero muchos besos.

La presidenta se inclinó para besarla antes de que el automóvil arrancara.

—Eso puedo garantizarlo.

Eli sonrió satisfecha y apoyó la cabeza en su hombro.

Alexandra le acarició la mano mientras observaba la ciudad a través de la ventanilla. En unos meses tendrían a su pequeño en brazos, Alexa ya estaba convencida de que sería la mejor presidenta del mundo y Eli seguía encontrando nuevas maneras de recordarle cuánto la amaba.

Su vida estaba llena de reuniones, responsabilidades y decisiones difíciles, pero Alexandra no cambiaría nada de aquello.

Porque, al final del día, su lugar favorito no era la cabecera de una mesa de negociación ni el despacho desde el que dirigía Woods International.

Era cualquier lugar donde pudiera tener a Eli entre sus brazos y saber que, muy pronto, serían cuatro en aquella familia que tanto amaba.