La heredera del imperio Woods Capítulo 52 — Un pequeño príncipe y una esposa impaciente
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Capítulo 52 — Un pequeño príncipe y una esposa impaciente

El tiempo siguió avanzando y, con cada semana que pasaba, la felicidad de Alexandra Woods y Eli Sinclair crecía junto con la pequeña vida que Eli llevaba en su vientre.

Después de varias semanas de espera, llegó el día de la ecografía en la que finalmente podrían conocer el sexo de su bebé.

Alexandra había reorganizado su agenda para acompañar a su esposa. Aunque tenía una reunión importante aquella mañana, no existía ninguna posibilidad de que se perdiera una cita tan especial. Para ella, conocer a su segundo hijo era mucho más importante que cualquier contrato o negociación.

Eli estaba recostada en la camilla, sosteniendo la mano de Alexandra mientras ambas observaban la pantalla con una mezcla de nerviosismo y emoción.

—¿Todo está bien? —preguntó Alexandra, apretándole suavemente los dedos.

—Sí, cariño. Solo estoy nerviosa.

—Yo también.

Eli giró la cabeza para mirarla, sorprendida.

—¿Tú? ¿La gran Alexandra Woods está nerviosa?

—No te acostumbres a verme así. Mi reputación podría quedar arruinada.

Eli soltó una carcajada y le dio un beso en la mano.

La especialista continuó con la ecografía y, después de unos minutos, sonrió.

—Bueno, parece que hoy podrán conocer una noticia muy especial.

Alexandra se incorporó un poco, sin soltar la mano de Eli.

—¿Qué sucede?

—Van a tener un niño.

Durante unos segundos, las dos mujeres permanecieron en silencio, intentando asimilar aquellas palabras.

Después, Eli se llevó una mano a la boca y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Un niño? —preguntó, con la voz temblorosa.

—Un niño —confirmó la especialista.

Alexandra miró la pantalla y después a su esposa. Una sonrisa enorme apareció en su rostro antes de inclinarse para besarla.

—Vamos a tener un hijo, amor.

—Nuestro niño —susurró Eli, acariciándose el vientre.

Alexandra apoyó la frente contra la de ella.

—Te amo tanto.

—Y yo te amo a ti.

La presidenta de Woods International, que podía mantener la calma ante cualquier negociación millonaria, ya no intentaba disimular su emoción. Besó la frente de Eli, sus mejillas y finalmente sus labios, mientras ambas se reían entre lágrimas de felicidad.

Aquella familia que habían construido juntas estaba a punto de crecer una vez más.

Y Alexandra no podía sentirse más afortunada.

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La noticia llegó a casa durante el almuerzo.

Alexa estaba sentada a la mesa, balanceando las piernas mientras esperaba que sus madres terminaran de servir la comida. Cuando vio entrar a Alexandra y Eli con aquellas sonrisas sospechosamente grandes, dejó los cubiertos.

—¿Qué pasó? ¿Compraron algo?

Alexandra arqueó una ceja.

—¿Por qué siempre piensas que cuando estamos felices hemos comprado algo?

—Porque el abuelo y el tío Lucas hacen eso.

Eli se echó a reír.

—Tenemos una noticia para ti, princesa.

Alexa se enderezó inmediatamente.

—¿Ya nació mi bebé?

—Todavía no, cariño —respondió Alexandra, sentándose a su lado—. Pero hoy supimos algo muy importante. Vas a tener un hermanito.

La pequeña abrió los ojos de par en par.

—¿Un hermano? ¿Un niño?

Eli asintió, emocionada.

—Sí, mi amor. Vas a tener un hermanito.

Alexa permaneció callada durante unos segundos. Después, una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

—¡Entonces yo seré la presidenta y él será el vicepresidente!

Alexandra se llevó una mano a la frente.

—Por supuesto. Ni siquiera ha nacido y ya le estás asignando un cargo.

—Alguien tiene que enseñarle cómo funciona la familia, mamá.

—¿Y quién te ha nombrado encargada de eso? —preguntó Eli, divertida.

—Yo misma.

Alexandra miró a su esposa.

—Definitivamente, es tu hija.

—Nuestra hija —la corrigió Eli, antes de besarla.

Alexa, entretanto, ya estaba organizando el futuro de su hermano.

—Cuando nazca, yo le voy a enseñar a jugar, a hablar y a pedirle cosas al abuelo. También le voy a explicar que tiene que hacerme caso porque soy su hermana mayor.

—¿Y si no quiere hacerte caso? —preguntó Alexandra, intentando no reírse.

Alexa la miró como si acabara de hacerle una pregunta absurda.

—Entonces le explicaré otra vez.

—¿Y si sigue sin obedecerte?

La pequeña se quedó pensando.

—Le explicaré muchas veces.

Eli no pudo contener la carcajada.

—Pobre de nuestro hijo.

Alexandra rodeó los hombros de su esposa y le besó la sien.

—Nuestro pequeño todavía no ha nacido y ya tiene una hermana que piensa dirigirle la vida.

—Alguien tiene que prepararlo para el mundo —declaró Alexa con absoluta seriedad—. Además, cuando yo sea presidenta de Woods International, él será mi vicepresidente. Tiene que aprender desde pequeño.

—¿Y qué pasa si él quiere ser presidente? —preguntó Eli.

Alexa abrió la boca, sorprendida ante semejante posibilidad.

—¡Mamá! ¡Es mi hermano! ¡Tiene que ayudarme!

Alexandra terminó riéndose tanto que tuvo que apartar la mirada.

—Está bien, pequeña. Pero recuerda que tu hermano también tendrá derecho a decidir lo que quiera hacer cuando crezca.

Alexa hizo un pequeño puchero, aunque finalmente asintió.

—Está bien. Pero primero le voy a enseñar mis reglas.

—Eso ya me lo imaginaba —murmuró Eli.

La conversación continuó durante el almuerzo, con Alexa haciendo planes para cuando llegara el bebé. Quería elegir algunos de sus juguetes, enseñarle canciones y explicarle cuáles eran las personas de la familia a las que debía acudir cuando quisiera conseguir algo.

Cuando terminaron de comer, la pequeña se acercó a Eli y apoyó con cuidado una mano sobre su vientre.

—Mamá, ¿mi hermanito tendrá los ojos azules o verdes?

Eli le acarició la mejilla.

—Todavía no lo sabemos, cariño. Tendremos que esperar a que nazca para ver bien cómo serán sus ojitos.

Alexa frunció el ceño, concentrada.

—Pero tú tienes los ojos azules y mamá Alexandra tiene los ojos verdes. Entonces puede tener cualquiera de los dos.

—Exactamente —respondió Alexandra, acercándose a ellas—. Y sea cual sea el color de sus ojos, será nuestro niño precioso.

Alexa apoyó la cabeza contra el vientre de Eli.

—Espero que tenga los ojos verdes como mamá Alexandra. Así los dos podremos ser los presidentes más bonitos del mundo.

—¿Los dos presidentes? —preguntó Alexandra.

—Sí. Yo seré presidenta y él será vicepresidente. Ya te lo expliqué.

Eli se echó a reír mientras Alexandra la abrazaba por detrás.

—Tendremos que hablar seriamente con nuestro hijo antes de que nazca.

—Buena suerte con eso, amor —respondió Eli—. Su hermana ya tiene todo organizado.

Las tres terminaron riéndose, y Alexa volvió a besar el vientre de su madre antes de salir corriendo para contarle a su abuelo que pronto tendría un nieto.

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Los días siguientes estuvieron llenos de preparativos, llamadas familiares y conversaciones sobre el nuevo integrante de la familia.

Alexa no perdía oportunidad de hablarle a su hermanito, y Alexandra aprovechaba cualquier momento libre para acompañar a Eli a sus controles, ayudarla con los antojos y asegurarse de que descansara lo suficiente.

Sin embargo, el embarazo también estaba despertando en Eli una intensidad emocional que su esposa había aprendido a reconocer.

Había días en los que Eli quería abrazarla durante horas.

Otros, necesitaba que Alexandra la besara cada vez que pasaba cerca de ella.

Y, en ocasiones, bastaba con que su esposa le sonriera desde el otro lado de una habitación para que Eli sintiera unas ganas irresistibles de dejar cualquier cosa que estuviera haciendo y correr hacia ella.

Alexandra no se quejaba.

Le encantaba saberse deseada por la mujer que amaba, aunque a veces tuviera que recordarle que no podían olvidarse por completo de sus responsabilidades.

Aquella mañana, ambas asistieron a una reunión con un grupo de inversionistas interesados en ampliar uno de los proyectos internacionales de Woods International.

Alexandra presidía la mesa, impecable en su traje oscuro, mientras presentaba las cifras y explicaba las perspectivas de crecimiento de la empresa. Eli estaba sentada a su lado, participando en las decisiones operativas y respondiendo a las preguntas del equipo financiero.

Todo transcurría con normalidad hasta que Eli comenzó a sentirse incómoda.

Al principio intentó concentrarse en los documentos que tenía delante. Cambió de posición en la silla, bebió un poco de agua y respiró lentamente, esperando que aquella sensación desapareciera.

Pero no lo consiguió.

El embarazo estaba volviendo sus emociones más intensas y, aquella mañana, la cercanía de Alexandra, su voz firme y la manera en que se inclinaba para explicarle algunos datos habían despertado en Eli unas ganas enormes de estar a solas con su esposa.

Intentó ignorarlas.

No era el momento.

Estaban en medio de una reunión importante, rodeadas de inversionistas y ejecutivos que esperaban que ambas mantuvieran la atención en el proyecto.

Eli apretó suavemente los dedos de Alexandra debajo de la mesa.

La presidenta giró discretamente la cabeza.

—¿Estás bien, amor? —susurró, sin dejar de mantener una expresión profesional.

Eli negó apenas con la cabeza.

—Necesito hablar contigo un momento.

Alexandra dejó su bolígrafo sobre la mesa y la observó con atención. Conocía demasiado bien a su esposa como para pasar por alto aquel gesto.

—¿Te sientes mal?

—Un poco. ¿Me acompañas al baño, por favor?

La preocupación apareció de inmediato en el rostro de Alexandra.

—Por supuesto.

Se volvió hacia los presentes y pidió unos minutos de pausa, explicando que necesitaba atender un asunto con Eli. Después ayudó a su esposa a levantarse y salió con ella de la sala de reuniones.

Durante el trayecto por el pasillo, Alexandra mantuvo una mano en la espalda de Eli, pendiente de cada uno de sus movimientos.

—Cariño, ¿te mareaste? ¿Tienes náuseas? ¿Quieres que llamemos al médico?

—No, Alexandra. No es eso.

—Entonces dime qué pasa.

Eli no respondió hasta que entraron en el baño privado de la planta ejecutiva.

Apenas la puerta se cerró, Eli se volvió hacia su esposa, la tomó suavemente del rostro y la besó con una intensidad que dejó a Alexandra completamente sorprendida.

La presidenta tardó apenas un instante en responder, pero enseguida se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.