Capítulo 51 — Una esposa demasiado posesiva #2
El viaje transcurrió sin inconvenientes. Eli se mantuvo cerca de Alexandra durante todo el trayecto y, cuando llegaron a la sede, la presidenta se aseguró de que pudiera sentarse cómodamente antes de comenzar con la inspección.
La directora de la sucursal, Isabel, las esperaba en la entrada junto con varios miembros del equipo directivo.
Era una mujer elegante, segura de sí misma y acostumbrada a recibir a los altos ejecutivos con una sonrisa impecable. Cuando vio llegar a Alexandra, se adelantó para saludarla.
—Presidenta Woods, es un placer tenerla aquí. He oído hablar mucho de usted, aunque debo reconocer que en persona es todavía más impresionante.
Alexandra le estrechó la mano con cortesía.
—Gracias, Isabel. Espero que podamos revisar todos los puntos de la auditoría durante nuestra visita.
—Por supuesto. Haré lo que sea necesario para que su estancia sea agradable.
La mirada de Isabel se detuvo un instante más de lo necesario en el rostro de Alexandra. Después, sus ojos recorrieron su figura con una atención que no pasó inadvertida para Eli.
Alexandra lo percibió también.
No era la primera vez que alguien intentaba acercarse a ella con intenciones que poco tenían que ver con el trabajo. Había aprendido a reconocer aquellas señales y estaba a punto de redirigir la conversación cuando Eli se adelantó.
Se colocó junto a su esposa y enlazó un brazo con el suyo.
—Qué amable de tu parte, Isabel —dijo con una sonrisa dulce, aunque su tono tenía una firmeza imposible de ignorar—. Soy Eli Sinclair, la esposa de Alexandra. También soy su mujer y la madre de nuestro segundo bebé.
Isabel parpadeó, sorprendida.
Eli apoyó una mano sobre su vientre y se acercó un poco más a Alexandra.
—Agradecemos mucho la bienvenida, pero no te preocupes demasiado por hacer que su estancia sea agradable. Yo me encargo de que mi esposa esté perfectamente atendida.
Durante un segundo, nadie dijo nada.
Alexandra sintió que una sonrisa amenazaba con aparecer en sus labios. Tuvo que apretar suavemente la mano de Eli para disimular la risa que le provocaba aquella presentación tan directa.
Isabel recuperó la compostura con rapidez.
—Por supuesto. No sabía que la presidenta había venido acompañada de su esposa. Es un placer conocerla, señora Sinclair.
—El placer es mío —respondió Eli, sin soltar el brazo de Alexandra.
—Si les parece, podemos comenzar con un recorrido por las instalaciones —propuso Isabel—. Presidenta Woods, me gustaría mostrarle personalmente las mejoras que hemos realizado.
—Será perfecto —contestó Alexandra—. Empecemos por el área de operaciones.
Eli sonrió, satisfecha de haber dejado claro el lugar que ocupaba en la vida de Alexandra.
La directora inició el recorrido y comenzó a explicar las nuevas instalaciones. Alexandra escuchaba con atención, formulaba preguntas y revisaba los resultados que le presentaban. Era evidente que, cuando se trataba de su empresa, su concentración era absoluta.
Sin embargo, cada vez que Isabel encontraba una excusa para acercarse demasiado o dirigirle un cumplido innecesario, Eli aparecía junto a su esposa con una naturalidad admirable.
Si Isabel se colocaba a la derecha de Alexandra, Eli tomaba ese lugar.
Si la directora le ofrecía mostrarle un despacho privado, Eli preguntaba si también podía acompañarlas.
Y cuando Isabel comentó que sería un honor invitar a Alexandra a cenar para conversar sobre futuros proyectos, Eli respondió antes de que su esposa pudiera hacerlo.
—Qué considerada. Aunque tendremos que rechazar la invitación. Alexandra cenará conmigo y después regresaremos al hotel. Necesita descansar.
Alexandra bajó la cabeza, fingiendo revisar unos documentos para ocultar su sonrisa.
Aquello era demasiado.
Su esposa estaba marcando territorio con una determinación que habría impresionado incluso a los negociadores más agresivos de Woods International.
Pero también sabía que Eli estaba más sensible de lo habitual. El embarazo la hacía sentirse cansada algunos días, y sus emociones parecían intensificarse cuando se trataba de Alexandra. No quería burlarse de ella ni hacerla sentir insegura por algo que, en el fondo, encontraba adorable.
Por eso mantuvo la compostura y continuó con la inspección como si no estuviera disfrutando cada segundo de aquella situación.
Cuando terminaron la revisión, Alexandra agradeció al equipo y dejó claras las observaciones que debían corregirse. Isabel se despidió con profesionalidad, aunque ya no volvió a insinuar una cena a solas con la presidenta.
Antes de salir, Eli se volvió hacia ella.
—Gracias por recibirnos, Isabel. Estoy segura de que volveremos a vernos en otra ocasión.
—Desde luego, señora Sinclair.
Eli enlazó nuevamente su brazo con el de Alexandra.
—Que tengas una buena tarde.
Y se marchó junto a su esposa, satisfecha.
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Apenas entraron en el ascensor, Alexandra apretó los labios para contener la risa.
Eli giró la cabeza de inmediato.
—¿De qué te ríes?
—De nada, amor.
—Alexandra.
—De verdad, no me estoy riendo.
Eli entrecerró los ojos.
—Te conozco. Estás intentando no reírte de mí.
Alexandra respiró hondo, procurando recuperar la seriedad.
—Es que tu presentación fue… bastante completa.
—¿Completa?
—Sí. En menos de un minuto, Isabel supo que eres mi esposa, mi mujer y la madre de nuestro segundo bebé. Creo que también habría entendido el mensaje si hubieras añadido que soy exclusivamente tuya.
Eli soltó su brazo y se cruzó de brazos.
—¿Y acaso no lo eres?
La sonrisa de Alexandra desapareció de inmediato. Se acercó a ella y le tomó las manos.
—Por supuesto que sí, mi amor. Soy tuya porque te elegí a ti. Y volvería a elegirte todos los días de mi vida.
Eli intentó mantener su expresión seria, pero sus ojos se suavizaron.
—Entonces no te rías.
—No me estoy riendo de ti. Me pareció adorable que quisieras dejarlo tan claro.
—Esa mujer te estaba mirando demasiado.
—Lo noté.
—Y te invitó a cenar.
—También lo noté.
—Y tú estabas siendo muy educada.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Preferías que le dijera que no volviera a mirarme?
Eli lo pensó unos segundos.
—Un poco.
Alexandra no pudo evitar soltar una pequeña carcajada. Al instante, rodeó a su esposa con los brazos y le besó la frente.
—Mi preciosa celosa.
—No estoy celosa.
—Claro que no.
—Solo estoy protegiendo mi matrimonio.
—Por supuesto, señora Sinclair.
Eli intentó apartarse, pero Alexandra la abrazó con más cariño.
—Escúchame, amor. No tienes que competir con nadie por mi atención.
Isabel puede ser la mujer más hermosa de esta ciudad y puede invitarme a todas las cenas que quiera.
Yo voy a regresar al hotel contigo, voy a cenar contigo y voy a dormir abrazada a ti.
No hay ninguna otra persona con la que quiera compartir mi vida.
Eli bajó la mirada hacia sus manos unidas.
—Lo sé. Pero últimamente siento que te necesito cerca todo el tiempo. A veces me pongo sensible por cualquier cosa y después me doy cuenta de que estoy exagerando.
Alexandra le acarició la mejilla.
—No tienes que disculparte por sentir lo que sientes.
Estás llevando a nuestra hija y tu cuerpo está atravesando muchos cambios.
Si hoy necesitas que te abrace más, te abrazaré más.
Si mañana necesitas que me quede contigo todo el día, reorganizaré mi agenda.
Y si alguna mujer intenta coquetear conmigo, puedes presentarte como mi esposa todas las veces que quieras.
Eli soltó una risita.
—¿Aunque ya se lo haya dicho?
—Especialmente si ya se lo dijiste.
—Eres imposible.
—Y tú estás enamorada de mí.
—Lamentablemente.
Alexandra fingió una expresión ofendida.
—¿Lamentablemente?
Eli se puso de puntillas y le dio un beso lento.
—Profundamente. Locamente. Y más de lo que pienso admitir delante de otras personas.
—Entonces aceptaré ese pequeño reconocimiento.
El ascensor llegó al vestíbulo y las puertas se abrieron. Alexandra tomó el bolso de Eli y la acompañó hasta el automóvil, sin soltarle la mano.
Durante el trayecto al hotel, Eli se acomodó junto a ella y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Estás enfadada conmigo por lo que hice? —preguntó en voz baja.
Alexandra le besó el cabello.
—No, amor. Me encanta saber que quieres estar conmigo. Solo quiero que te sientas segura, incluso cuando yo no pueda estar a tu lado cada segundo.
—Es que te extraño hasta cuando estás en la misma habitación.
Alexandra la miró con una ternura infinita.
—Eso es porque me tienes demasiado cerca y aun así quieres más.
—Exactamente.
—Entonces tendré que acostumbrarme.
—No. Tendrás que quedarte conmigo.
Alexandra sonrió y le besó la frente.
—Eso pienso hacer el resto de mi vida.
Eli cerró los ojos, satisfecha, y volvió a acomodarse contra ella. Una de sus manos descansó sobre su vientre, mientras la otra permanecía entrelazada con la de Alexandra.
La presidenta observó aquel pequeño gesto y sintió que todo lo importante de su mundo estaba allí: su esposa, su hija que la esperaba en casa y la bebé que crecía dentro de Eli.
Podía tener empresas en distintas ciudades, dirigir equipos enteros y enfrentarse a cualquier desafío profesional.
Pero su mayor orgullo seguía siendo regresar a casa con las mujeres que amaba.
Y si, durante los próximos meses, eso significaba conseguir antojos imposibles, soportar celos inesperados y tener a Eli siguiéndola por cada rincón de la casa para robarle besos, Alexandra estaba dispuesta a aceptarlo todo.
Después de todo, había descubierto que no existía ningún éxito empresarial comparable con la felicidad de ser la mujer elegida por Eli Sinclair.
Y, por lo que parecía, su esposa pensaba asegurarse de que nunca lo olvidara.