Capítulo 51 — Una esposa demasiado posesiva
Los meses transcurrieron volando y, cuando Alexandra Woods quiso darse cuenta, Eli ya tenía cuatro meses de embarazo.
La noticia de que volverían a ser madres había llenado la casa de una felicidad difícil de describir. Alexa Elizabeth, que había recibido la noticia con la seriedad de una futura presidenta, se tomaba su nuevo papel de hermana mayor con una responsabilidad que hacía reír a sus madres.
Cada mañana, antes de salir hacia el colegio, se acercaba a la barriga de Eli y le hablaba a su hermanita.
—Buenos días, bebé. Soy Alexa, tu hermana mayor. Cuando nazcas, yo voy a enseñarte todo lo que necesitas saber.
Eli sonreía mientras le acariciaba el cabello.
—¿Y qué vas a enseñarle primero?
Alexa se lo pensó durante unos segundos.
—A pedirle cosas al abuelo y al tío Lucas. Ellos siempre dicen que sí.
Desde la puerta, Alexandra soltó una carcajada.
—¡Traición! ¿Así que ese es el primer conocimiento que quieres transmitirle a tu hermana?
—Es importante, mamá. Tiene que aprender de las personas que saben conseguir cosas.
—Claro. Y supongo que yo soy la persona que tiene que pagarlas.
—Exactamente.
Eli no pudo contener la risa mientras Alexandra se llevaba una mano al pecho, fingiendo estar profundamente herida.
—Cuatro años y ya me están organizando una conspiración en mi propia casa.
—No es una conspiración, amor —respondió Eli, acercándose para besarla—. Es una tradición familiar.
Y, en cierto modo, lo era.
Alexa seguía siendo la debilidad de sus abuelos, de sus tías y, especialmente, de Lucas, que parecía incapaz de negarle cualquier capricho.
Pero ahora la pequeña tenía una nueva misión: mantener informada a su hermana de todo lo que sucedía en la familia, incluso cuando la bebé todavía no podía escucharla.
Mientras tanto, Sofía, la mejor amiga de Alexandra, también estaba embarazada.
Lucas se había convertido en un hombre todavía más atento desde que supo que sería padre, aunque Alexandra no perdía la oportunidad de recordarle que debía aprender a distinguir entre cuidar a su pareja y consentirla absolutamente en todo.
—Hablas demasiado para alguien que le compra a Alexa cualquier cosa que le pide —le había respondido Lucas una tarde.
—Alexa es mi hija. Tengo derecho a malcriarla.
—Y yo soy su tío. Tengo el mismo derecho.
—No. Tú tienes el derecho de devolverla a sus madres cuando empieza a portarse mal.
Sofía había terminado riéndose de ambos, convencida de que su futuro hijo tendría demasiadas personas dispuestas a consentirlo.
Sin embargo, no todo estaba siendo tan sencillo para Eli.
Aquel embarazo la afectaba más que el anterior.
Algunos días amanecía con energía y ganas de hacer mil cosas; otros, apenas podía levantarse de la cama sin sentir náuseas o un cansancio que la obligaba a descansar durante horas.
A eso se sumaban sus antojos, que aparecían en los momentos más inesperados y rara vez aceptaban una negativa.
Alexandra, por supuesto, se había tomado aquello como una misión personal.
Si Eli quería una fruta que no tenían en casa, Alexandra encontraba la manera de conseguirla.
Si deseaba una comida de un restaurante situado al otro lado de la ciudad, alguien terminaba encargándose de traerla.
Y si a medianoche se le ocurría que necesitaba probar algo que había visto en una receta, la presidenta de Woods International podía terminar recorriendo la cocina como si estuviera resolviendo una crisis empresarial.
—Alexandra, quiero fresas con crema —anunció Eli una noche.
Alexandra levantó la mirada del informe que estaba leyendo.
—Tenemos fresas.
—Pero quiero las que venden en aquella pastelería.
—¿La que está al otro lado de la ciudad?
Eli asintió despacio.
Alexandra la observó durante un instante. Después cerró el documento, tomó el teléfono y llamó a su asistente.
—Necesito que alguien vaya a buscar un pedido a la pastelería que te enviaré por mensaje.
Eli sonrió satisfecha.
—Te amo.
—Yo también te amo, cariño. Aunque sospecho que esta niña está utilizando tu cuerpo para arruinar mi agenda.
—No hables así de nuestra hija.
Alexandra se acercó, se arrodilló delante de ella y besó su vientre.
—Perdón, pequeña. Tu mamá es maravillosa. Solo espero que cuando nazcas tengas un poco más de consideración por mi horario.
—No le hagas caso, bebé —susurró Eli, acariciándole el cabello a su esposa—. Tu mamá es una exagerada.
Alexandra levantó la cabeza y sonrió.
—¿Exagerada yo? ¿Quieres que te recuerde quién me llamó tres veces ayer porque no soportaba que estuviera en una reunión?
Eli se cruzó de brazos.
—Estaba embarazada y te extrañaba.
—Estuve fuera cuarenta minutos.
—Cuarenta minutos demasiado largos.
Alexandra quiso replicar, pero al ver la expresión de Eli decidió que era mejor besarla.
Siempre terminaba haciendo lo mismo: podía dirigir una empresa internacional, negociar contratos millonarios y enfrentarse a los empresarios más difíciles, pero ante su esposa embarazada perdía cualquier intención de ganar una discusión.
Y, para ser sincera, tampoco quería ganar.
Le encantaba sentirse necesaria para Eli, aunque últimamente su mujer parecía quererla cerca a todas horas.
No bastaba con que Alexandra trabajara desde casa. Eli quería sentarse a su lado, abrazarla mientras revisaba documentos, tomarle la mano durante las llamadas y recibir un beso cada vez que su esposa se levantaba de la silla.
En ocasiones, Alexandra apenas conseguía caminar hasta el despacho sin que Eli apareciera detrás de ella.
—¿Adónde vas? —le preguntó una mañana.
—A buscar unos documentos, amor.
—¿Cuánto vas a tardar?
—Cinco minutos.
Eli la miró con una expresión que habría intimidado a cualquier persona menos a Alexandra.
—Está bien.
Alexandra se inclinó para besarla.
—Volveré enseguida.
—Más te vale.
Al llegar al despacho, Alexandra tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse. Su esposa, la mujer que podía dirigir una reunión con decenas de ejecutivos sin pestañear, se había convertido en su sombra.
Y lo más sorprendente era que Alexandra estaba encantada.
Su esposa estaba más sensible y cariñosa que nunca, y parecía que nada le bastaba cuando se trataba de tener a Alexandra cerca. La presidenta no se quejaba; al contrario, cada abrazo y cada beso le recordaban cuánto la amaba Eli.
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El problema llegó un martes por la mañana, cuando Alexandra recibió la confirmación de que debía viajar a otra ciudad para inspeccionar una de las sedes de Woods International.
Era una visita importante. La directora de aquella sucursal había solicitado una revisión de los resultados trimestrales y Alexandra quería comprobar personalmente algunos aspectos de la operación antes de autorizar nuevas inversiones.
La presidenta estaba revisando los detalles del viaje en su despacho cuando Eli entró con una taza de té en la mano.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, dejando la taza sobre el escritorio.
—Revisando la agenda de mañana.
Eli se acercó y miró la pantalla.
—¿Por qué tienes un vuelo a las siete?
Alexandra levantó la mirada.
—Tengo que visitar la sede de la otra ciudad. Regresaré por la tarde.
El silencio que siguió fue suficiente para que Alexandra comprendiera que aquello no iba a ser tan sencillo.
—No.
Alexandra parpadeó.
—¿Perdón?
—No vas a irte mañana sin mí.
La presidenta se reclinó en su silla, intentando mantener una expresión seria.
—Eli, amor, es un viaje de trabajo. Voy a revisar la empresa y regresaré a casa.
—Entonces yo voy contigo.
—No necesitas acompañarme. Vas a descansar y…
—Alexandra Woods.
La manera en que Eli pronunció su nombre hizo que la presidenta cerrara la boca.
—Cariño, estás embarazada y últimamente te has sentido mal. No quiero que tengas que pasar el día viajando, caminando por la sede y asistiendo a reuniones.
Eli dejó escapar un suspiro.
—Precisamente por eso quiero ir contigo. Si me quedo aquí, voy a pasar todo el día pensando en ti y llamándote a cada rato. Así que es mejor que vaya a tu lado.
Alexandra la miró con una mezcla de ternura y diversión.
—¿Me estás diciendo que prefieres acompañarme a una inspección empresarial antes que pasar un día descansando en casa?
—Estoy diciendo que quiero estar contigo.
La respuesta hizo desaparecer cualquier intento de broma.
Alexandra se levantó, rodeó el escritorio y la abrazó con cuidado.
—Está bien, mi amor. Vendrás conmigo. Pero si te sientes mal, regresaremos inmediatamente al hotel y no discutiré contigo por eso.
—De acuerdo.
—Y vas a descansar durante el viaje.
—Sí.
—Y vas a comer antes de salir.
—Alexandra…
—Y vas a dejar que me ocupe de todo.
Eli sonrió contra su cuello.
—Eso ya lo hago.
—No, cariño. Tú supervisas cómo me ocupo de todo.
Eli soltó una carcajada y la besó.
—Por eso te amo.
Alexandra la estrechó un poco más entre sus brazos.
—Y yo te amo a ti. Incluso cuando conviertes un viaje de trabajo en una misión para no separarte de mí.
—Especialmente entonces —susurró Eli antes de volver a besarla.
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A la mañana siguiente, viajaron juntas.
Alexandra había organizado el traslado para que Eli no tuviera que preocuparse por nada.
Llevaban agua, algo de comida, una manta ligera y todo lo que pudiera necesitar durante el trayecto.
Además, la presidenta había reorganizado las reuniones para evitar que su esposa tuviera que permanecer demasiado tiempo de pie.
Eli observó los preparativos con una sonrisa complacida.
—Has organizado todo como si fuéramos a cruzar un continente.
—Estoy llevando a mi esposa embarazada a otra ciudad. Para mí, eso es más importante que cualquier reunión.
Eli se quedó mirándola, con una ternura que Alexandra reconoció de inmediato.
—Ven aquí.
—¿Qué pasa?
Eli le tomó el rostro entre las manos y la besó.
—Nada. Solo quería besarte antes de que te pongas a hablar de informes.
Alexandra sonrió contra sus labios.
—Puedo hablar de informes después.
—Mucho después.
—Como ordene mi esposa.