Capítulo 53 — Dos pequeños príncipes y una tía consentidora #3
—Eso demuestra que mi regalo fue generoso.
—Eso demuestra que tu tía favorita está completamente loca —respondió Lucas.
Alexandra se llevó una mano al pecho.
—¡Qué falta de respeto hacia la mujer que convirtió la habitación de tu hijo en un paraíso!
Sofía se acercó para abrazarla.
—No le hagas caso. Luquitas adora sus peluches.
—Gracias, Sofía. Alguien en esta familia reconoce mi talento.
Lucas rodeó los hombros de su pareja y besó su mejilla.
—Yo también reconozco su talento. Sobre todo para gastar dinero.
Alexandra le lanzó una mirada amenazante.
—Ten cuidado, hermanito. Puedo comprarle otra habitación de peluches.
Lucas se quedó callado.
Sofía comenzó a reírse.
—Creo que acabas de ganar esta discusión.
Ricardo observó a sus hijos y negó con la cabeza, divertido.
Durante muchos años había deseado verlos felices, unidos y rodeados de personas que los amaran de verdad. Ahora, contemplando a sus nietos correr por la casa, comprendía que su familia había encontrado algo mucho más valioso que cualquier herencia.
Habían encontrado un hogar.
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Poco después llegaron Leticia y Sofía terminó ayudando a Eli a organizar la mesa del jardín, mientras Lucas y Alexandra discutían sobre cuál de sus hijos sería más travieso al crecer.
Leticia se acercó a Alexander y le entregó una caja.
—Esto es para ti, pequeño príncipe.
El niño la abrió con entusiasmo.
—¡Un coche!
—Y este es para Alexa —añadió Leticia, entregándole otro regalo.
Alexa lo examinó con una sonrisa.
—Tía, eres la mejor.
—Lo sé, cariño.
Alexandra las observó con los brazos cruzados.
—¿Podrían dejar de competir por ver quién malcría más a mis hijos?
Leticia sonrió.
—No estamos compitiendo.
Sofía apareció detrás de ella.
—Claro que no. Solo estamos asegurándonos de que nunca les falte nada.
—Exactamente —añadió Lucas—. Y si alguna vez necesitan algo, pueden llamar a su tío.
Alexandra levantó una ceja.
—¿Incluso si quieren comprar una empresa?
Lucas se quedó pensativo.
—Bueno… depende del precio.
Todos terminaron riéndose.
Eli se acercó a Alexandra y le pasó un brazo por la cintura.
—Tu familia es maravillosa.
Alexandra la miró.
—Es tu familia también, amor.
Eli sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo sé. Y no cambiaría nada de lo que tenemos.
Por un momento, Alexandra contempló a todos los que estaban reunidos en el jardín.
Su padre Ricardo conversaba, mientras los niños corrían a su alrededor. Leticia ayudaba a Sofía con los preparativos. Lucas intentaba convencer a Alexa de que le permitiera jugar con su corona, y Eli observaba la escena con una sonrisa tranquila.
Aquella era la vida que Alexandra nunca había sabido que necesitaba.
No era perfecta.
Había discusiones, celos, días agotadores y momentos en los que sus hijos parecían tener demasiada energía para una sola casa.
Pero estaba llena de amor.
Y eso bastaba.
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Cuando llegó la hora del almuerzo, todos se sentaron alrededor de una mesa larga en el jardín.
Alexa ocupó el asiento junto a su hermano, mientras Alexander insistía en que quería sentarse cerca de su madre Alexandra.
—Pero también puedes sentarte junto a mamá Eli —le recordó Alexandra.
—Quiero sentarme contigo, mamá.
Alexandra lo acomodó a su lado y le besó la frente.
—Está bien, mi príncipe.
Alexa observó a su hermano y luego miró a sus madres.
—Cuando sea presidenta, voy a tener una mesa así de grande para que toda la familia pueda comer conmigo.
Ricardo sonrió.
—¿Y qué cargo tendrá tu hermano?
Alexa respondió sin dudarlo.
—Vicepresidente.
Alexander dejó el tenedor sobre la mesa.
—¡Yo quiero ser presidente!
Todos se quedaron callados durante un instante.
Después, Lucas comenzó a reírse.
—¡Ya empezó la competencia!
Alexandra miró a sus hijos, fingiendo preocupación.
—Creo que tendremos que ampliar la empresa.
Eli le dio un golpecito cariñoso en el brazo.
—Primero deja que terminen el almuerzo.
—Solo digo que debemos prepararnos para el futuro.
Alexa tomó la mano de su hermano.
—Está bien, Alexander. Podemos ser presidentes los dos.
El niño la miró con una sonrisa.
—¿Y puedo tener una habitación llena de peluches?
Alexa lo pensó.
—Sí. Pero tienes que compartirlos conmigo.
—¡Trato hecho!
Alexandra se echó a reír.
Había dedicado gran parte de su vida a construir un imperio, a demostrar que podía dirigir una compañía y a ganarse el respeto de quienes dudaban de ella.
Pero allí, entre las risas de sus hijos y las bromas de su familia, comprendió que no necesitaba demostrar nada más.
Ya había ganado.
No porque fuera la mujer más poderosa de una sala de juntas, ni porque Woods International siguiera creciendo bajo su dirección.
Había ganado porque, al regresar a casa, siempre encontraba a Eli esperándola con un beso, a Alexa dispuesta a contarle las aventuras del día y a Alexander corriendo hacia ella con los brazos abiertos.
Y porque había aprendido que el verdadero legado no era una empresa, una fortuna ni un apellido.
Era el amor que dejaba en las personas que compartían su vida.
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Al caer la tarde, los niños comenzaron a quedarse dormidos después de una jornada llena de juegos y regalos.
Luquitas descansaba en brazos de Sofía, mientras Lucas le acariciaba suavemente la espalda. Leticia ayudaba a Ricardo a recoger algunas cosas y la madre de Alexandra se despidió de sus nietos con un beso antes de marcharse.
Poco a poco, la casa fue recuperando la tranquilidad.
Alexandra encontró a Eli en el jardín, sentada en un banco, contemplando el cielo que comenzaba a teñirse de naranja.
Se acercó por detrás, la abrazó por la cintura y apoyó la barbilla sobre su hombro.
—¿En qué piensas, amor?
Eli cubrió las manos de su esposa con las suyas.
—En lo afortunadas que somos.
Alexandra le besó la mejilla.
—Yo pienso en lo mismo todos los días.
—¿Recuerdas cuando creías que podías controlar absolutamente todo?
Alexandra soltó una risa.
—Todavía puedo controlar muchas cosas.
Eli giró la cabeza para mirarla.
—¿De verdad?
—Bueno, casi todas.
—¿Incluso a Alexa?
—No.
—¿A Alexander?
—Definitivamente no.
—¿A Lucas?
Alexandra suspiró.
—Ni siquiera lo intento.
Eli se echó a reír y se volvió entre sus brazos.
—Entonces, ¿qué puedes controlar, señora Woods?
Alexandra le sostuvo el rostro entre las manos.
—Puedo decidir a quién amar. Y hace años tomé la mejor decisión de mi vida.
Los ojos azules de Eli se humedecieron ligeramente.
—Alexandra…
—Te elegí a ti, Eli. Te elegí cuando enamorarme de ti parecía una complicación que no podía permitirme.
Te elegí cuando tuvimos que enfrentarnos a nuestros miedos, a las dificultades y a las personas que no comprendían nuestra relación.
Y te sigo eligiendo ahora, cuando miro nuestra casa y veo todo lo que hemos construido juntas.
Eli le acarició la mejilla.
—Yo también te elijo. Hoy, mañana y todos los días que nos queden.
Alexandra la besó con ternura.
No había inversionistas esperando una respuesta, contratos que firmar ni reuniones que dirigir.
Solo estaba su esposa, el cielo del atardecer y la certeza de que había encontrado el lugar al que siempre querría regresar.
Cuando se separaron, Eli apoyó la frente contra la de ella.
—¿Sabes qué es lo que más amo de nuestra vida?
—¿Qué, mi amor?
—Que todavía me haces sentir como aquella mujer que se enamoró de ti sin saber cuánto iba a cambiar su mundo.
Alexandra sonrió.
—Y tú todavía consigues que me olvide de todo lo demás.
Desde el interior de la casa se escuchó la voz adormilada de Alexa.
—¡Mamá! ¡Alexander está usando mi corona otra vez!
Alexandra cerró los ojos.
Eli comenzó a reírse.
—Parece que tu imperio te necesita.
La presidenta suspiró, aunque no pudo ocultar su sonrisa.
—Voy a tener que organizar una reunión urgente con mis dos vicepresidentes.
Eli le dio un último beso.
—Ve, presidenta Woods.
Alexandra se apartó unos pasos, pero antes de entrar volvió la cabeza.
—Te amo, Eli Sinclair.
—Y yo te amo, Alexandra Woods.
La presidenta sonrió y regresó a la casa, donde la esperaban sus hijos, su familia y el pequeño caos que tanto amaba.
Porque aquella era su verdadera victoria.
Había conquistado mercados, levantado un imperio y demostrado que nadie podía decidir por ella cómo debía vivir su vida.
Pero el logro más grande de Alexandra Woods no aparecía en ningún informe financiero.
Tenía los ojos verdes de su hija, los ojos azules de su hijo y la sonrisa de la mujer que seguía enamorándola cada día.
Y mientras pudiera volver a casa con ellos, Alexandra sabría que siempre tendría todo lo que realmente importaba.
FIN.