Capítulo 49 — El deseo de volver a ser madres #2
—Escúchame bien, Eli. Tener a Alexa fue una de las experiencias más hermosas de mi vida.
Verte convertirte en madre, acompañarte durante el embarazo y sostener a nuestra hija por primera vez son recuerdos que voy a guardar siempre.
Si tú quieres que volvamos a vivir esa experiencia, yo también quiero hacerlo.
Eli dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Tenía tanto miedo de que me dijeras que no.
—Mi amor, podrías haberme preguntado hace semanas.
—Lo sé.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Eli se encogió ligeramente de hombros.
—Porque te amo demasiado y no quería pedirte algo que pudiera hacerte sentir presionada.
Alexandra le acarició la mejilla.
—No me estás presionando. Me estás contando un deseo que llevas guardando en tu corazón. Y yo estoy feliz de que quieras compartirlo conmigo.
Eli sonrió entre lágrimas.
—Te amo.
—Yo te amo mucho más.
—Eso no es posible.
—Soy la presidenta de Woods International. Puedo conseguir lo que me proponga.
Eli soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Alexandra!
—¿Qué? Estoy hablando de mi capacidad para amar a mi esposa.
—Eres imposible.
—Y, aun así, te casaste conmigo.
—El peor error de mi vida.
Alexandra se apartó inmediatamente, fingiendo indignación.
—¿Cómo dices?
Eli la tomó de la mano y tiró suavemente de ella para acercarla otra vez.
—El mejor error de mi vida —susurró antes de besarla.
Alexandra respondió al beso con una ternura que poco a poco se transformó en deseo. Cuando se separaron, apoyó la frente contra la de su esposa.
—Entonces, señora Sinclair, ¿me está proponiendo ampliar nuestra familia?
Eli sonrió.
—Sí. Si tú quieres.
Alexandra le rodeó la cintura y la atrajo hacia ella.
—Claro que quiero. Podemos empezar a practicar, esposa mía.
Eli soltó una carcajada contra sus labios.
—¿Ahora mismo?
—¿Preferías que lo incluyera en la agenda de la semana que viene?
—No te atrevas a convertir esto en una reunión de trabajo.
—Jamás. Esta es una de las pocas actividades en las que estoy dispuesta a improvisar.
Eli volvió a besarla, esta vez sin intentar esconder la felicidad que sentía.
Por fin había dicho lo que llevaba semanas guardando, y la respuesta de Alexandra había superado todas sus expectativas.
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Aquella noche, ninguna de las dos tuvo prisa.
Alexandra apagó las luces principales del dormitorio y dejó encendida solamente la lámpara de la mesita de noche. Después puso música suave y regresó junto a Eli, que la esperaba sentada en el borde de la cama.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Eli, divertida.
Alexandra extendió una mano hacia ella.
—Preparando una noche especial para mi esposa.
—¿Y eso incluye música romántica?
—Por supuesto.
—¿Velas?
—No quiero incendiar la casa.
Eli soltó una carcajada.
—No tienes remedio.
—Pero soy tuya.
La expresión de Eli se volvió más dulce.
—Sí. Lo eres.
Alexandra se inclinó y le dio un beso en los labios. Después otro en la mejilla y uno más en la frente, hasta conseguir que Eli cerrara los ojos y sonriera.
—Quiero que sepas algo —murmuró Alexandra, acariciándole el cabello—. No importa cuántos años pasen, cuántas responsabilidades tengamos ni cuántas veces cambie nuestra vida. Siempre voy a querer construir mi futuro contigo.
Eli le rodeó el cuello con los brazos.
—Eso es todo lo que quiero. Seguir construyendo una vida a tu lado.
—Entonces hagámoslo.
Alexandra volvió a besarla, esta vez con mayor intensidad. Eli respondió rodeándola con los brazos y acercándola a su cuerpo. Entre besos, caricias y palabras susurradas, ambas fueron dejando atrás los temores que habían acompañado a Eli durante las últimas semanas.
Aquella noche no hablaron de contratos, de informes ni de reuniones pendientes. Hablaron de nombres posibles, de cómo reaccionaría Alexa al descubrir que podría convertirse en hermana mayor y de las pequeñas cosas que soñaban compartir con otro hijo.
—¿Crees que Alexa se pondrá celosa? —preguntó Eli mientras descansaba entre los brazos de su esposa.
Alexandra pensó unos segundos.
—Probablemente. Está acostumbrada a tener toda nuestra atención.
—No quiero que sienta que va a perder su lugar.
Alexandra le levantó suavemente el mentón para que la mirara.
—Eso nunca va a pasar. Nuestro amor no se divide cuando llega otro hijo, amor. Crece. Y vamos a enseñarle que tener un hermano o una hermana significa ganar a alguien con quien compartir la vida, no perder a sus madres.
Eli sonrió.
—Sabía que ibas a decir algo así.
—Porque me conoces.
—Demasiado bien.
Alexandra le dio un beso en la nariz.
—Y todavía tienes la mala costumbre de preocuparte por todo antes de hablar conmigo.
—Voy a intentar cambiar eso.
—Más te vale, porque pienso pasar el resto de mi vida escuchando tus preocupaciones y recordándote que no tienes que enfrentarlas sola.
Eli la abrazó con fuerza.
—Te amo, Alexandra.
—Y yo te amo a ti, Eli Sinclair.
La besó una vez más, y aquella conversación terminó convirtiéndose en una noche íntima, llena de ternura, pasión y la felicidad de saber que ambas deseaban el mismo futuro.
Se amaron sin prisas, celebrando la decisión que acababan de tomar y renovando, en cada caricia, la promesa de seguir eligiéndose.
Cuando finalmente quedaron abrazadas bajo las sábanas, Eli apoyó la cabeza sobre el pecho de Alexandra y escuchó los latidos tranquilos de su esposa.
—¿Estás feliz? —preguntó Alexandra, acariciándole la espalda.
Eli levantó la cabeza para mirarla.
—Muchísimo.
—Yo también.
Alexandra le dio un beso en los labios y después apoyó una mano sobre su vientre.
—Tal vez algún día volvamos a tener a nuestro bebé aquí, entre nosotras.
Eli cubrió la mano de su esposa con la suya.
—Me encantaría.
—Entonces vamos a intentarlo.
Eli sonrió y volvió a acomodarse contra ella.
—Sí. Vamos a intentarlo.
Por primera vez en semanas, el pensamiento que la había acompañado a todas partes dejó de producirle miedo. Ya no era un deseo que debía guardar en silencio ni una pregunta cuya respuesta temía escuchar.
Era un sueño compartido.
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A la mañana siguiente, la rutina de la familia continuó como siempre.
Alexa apareció en el dormitorio antes de que sus madres terminaran de despertarse, llevando su muñeca favorita y una lista de cosas que quería hacer durante el fin de semana.
—¡Mamá Alexandra! ¡Mamá Eli!
Alexandra abrió un ojo y miró a su hija.
—Buenos días, princesa.
Alexa trepó a la cama y se acomodó entre ambas.
—¿Qué vamos a hacer hoy?
Eli sonrió al verla tan emocionada.
—Primero vamos a desayunar.
—¿Y después?
—Después veremos qué quiere hacer nuestra pequeña presidenta —respondió Alexandra.
Alexa sonrió satisfecha.
—Quiero ir con el abuelo.
Alexandra soltó una carcajada.
—Por supuesto que quieres ir con el abuelo. Seguro que ya tienes preparada una lista de regalos.
—No, mamá. Solo quiero jugar con él.
Eli intercambió una mirada cómplice con Alexandra. Las dos sabían que, cuando se trataba de Ricardo y de su nieta, cualquier promesa de no comprar regalos tenía una duración bastante limitada.
Después de desayunar y acompañar a Alexa a prepararse, Eli se quedó unos minutos a solas con su esposa. Alexandra la abrazó por la cintura y le dio un beso.
—¿Sabes en qué estaba pensando?
—¿En qué, amor?
—En que nuestra hija va a tener una sorpresa enorme cuando llegue el momento de contarle que podría convertirse en hermana mayor.
Eli sonrió, emocionada ante la posibilidad.
—Espero que lo tome bien.
Alexandra le acarició la mejilla.
—Lo hará. Y, cuando llegue ese día, vamos a explicárselo juntas.
Eli apoyó la frente contra la suya.
—Juntas.
Alexandra la besó una vez más antes de tomarle la mano y dirigirse con ella hacia la sala, donde Alexa las esperaba.
Todavía no sabían cuánto tardaría en llegar aquel nuevo integrante de la familia. Tampoco podían imaginar cómo cambiarían sus vidas durante los meses siguientes.
Pero ya habían tomado la decisión.
Eli había dejado atrás el miedo de expresar lo que deseaba, y Alexandra le había demostrado que sus sueños también tenían un lugar en el futuro que estaban construyendo.
Ahora solo quedaba esperar, disfrutar del camino y seguir amándose como lo habían hecho desde el principio.
Porque, para Alexandra Woods y Eli Sinclair, formar una familia nunca había significado tener una vida perfecta.
Significaba tener a alguien con quien compartir cada alegría, cada temor y cada nuevo comienzo.
Y aquella noche habían elegido, una vez más, comenzar juntas.