La heredera del imperio Woods Capítulo 49 — El deseo de volver a ser madres
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Capítulo 49 — El deseo de volver a ser madres

Eli Sinclair llevaba varias semanas guardando un secreto.

No era un secreto que pudiera poner en peligro su matrimonio ni algo que quisiera ocultarle a Alexandra por falta de confianza.

Todo lo contrario. Se trataba de un deseo que había comenzado a crecer lentamente en su corazón, hasta convertirse en un pensamiento recurrente que la acompañaba al despertar, durante sus horas de trabajo y antes de quedarse dormida junto a su esposa.

Quería tener otro hijo.

La idea había aparecido de manera inesperada. Al principio, Eli creyó que era una emoción pasajera, una de esas ocurrencias que nacían al ver a Alexa jugar, reír o correr por la casa contando alguna de sus pequeñas aventuras. Sin embargo, con el paso de los días, aquel deseo se volvió más profundo.

Quería volver a vivir la experiencia de tener un bebé en sus brazos. Quería ver a Alexandra convertirse otra vez en esa madre completamente enamorada que había sido desde el nacimiento de su hija. Quería descubrir cómo sería su familia con otro pequeño integrante.

Pero también tenía miedo.

Alexandra estaba en uno de los mejores momentos de su carrera.

Woods International continuaba creciendo, los proyectos se multiplicaban y su esposa parecía encontrar satisfacción en cada nuevo desafío empresarial.

Aunque nunca había descuidado a su familia, Eli sabía cuánto trabajo había detrás de cada uno de sus logros.

¿Y si Alexandra no quería empezar de nuevo?

¿Y si consideraba que Alexa era suficiente y que no necesitaban otro hijo?

Eli no quería que su deseo se convirtiera en una obligación para su esposa. Si Alexandra no quería ampliar la familia, lo aceptaría. Su matrimonio era mucho más importante que cualquier sueño que pudiera guardar en su corazón.

Por eso llevaba semanas pensando en cómo hablar del tema, sin encontrar el momento adecuado.

Aquella noche, mientras terminaba de preparar la cena, volvió a quedarse distraída mirando una fotografía que tenían sobre la encimera.

En ella aparecía Alexa cuando era apenas una bebé, dormida sobre el pecho de Alexandra, mientras su esposa la contemplaba con una expresión que Eli nunca olvidaría.

Sonrió con ternura.

—¿Qué estás mirando, amor?

La voz de Alexandra la sacó de sus pensamientos.

Eli levantó la cabeza y encontró a su esposa apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Llevaba el cabello oscuro recogido de manera informal y había dejado la chaqueta de su traje sobre una silla. Sus ojos verdes, siempre tan expresivos cuando estaba en casa, observaban a Eli con curiosidad.

—Una fotografía de Alexa cuando era pequeña —respondió Eli.

Alexandra se acercó para mirar la imagen.

—Parece imposible que haya pasado tanto tiempo.

—A veces extraño cuando era un bebé.

Alexandra sonrió.

—¿Extrañas las noches sin dormir, los pañales y tener que levantarte cada vez que lloraba?

—No, eso no —admitió Eli entre risas—. Bueno, quizá un poquito.

Alexandra rodeó su cintura con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro.

—Nuestra pequeña está creciendo demasiado rápido.

—Sí.

Durante unos segundos, ambas contemplaron la fotografía en silencio.

Eli sintió que aquella podía ser la oportunidad perfecta para decirlo. Bastaba con girarse, mirar a su esposa a los ojos y confesarle lo que llevaba semanas guardando.

Sin embargo, cuando Alexandra le dio un beso en la mejilla y le preguntó si necesitaba ayuda con la cena, Eli perdió el valor.

—No, amor. Ya casi está todo listo.

Alexandra la observó unos segundos antes de aceptar la respuesta.

—Está bien. Voy a buscar a nuestra hija. Seguro que está intentando convencer a alguien de que le dé un postre antes de cenar.

—Probablemente a tu padre.

—Entonces debo intervenir antes de que mi propia familia destruya todas las reglas que intento enseñarle.

Eli soltó una carcajada mientras Alexandra abandonaba la cocina.

La oportunidad había pasado otra vez.

Y, aunque intentó convencerse de que podría hablar con ella al día siguiente, sabía que seguiría buscando excusas mientras el miedo continuara siendo más fuerte que su valor.

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Durante la cena, Alexandra comenzó a sospechar que algo le ocurría a su esposa.

Eli estaba más callada de lo habitual. Respondía a las preguntas de Alexa, sonreía cuando la niña contaba sus aventuras en la guardería e incluso participaba en una discusión sobre cuál de las dos madres tenía más autoridad en casa.

Pero su atención parecía estar en otra parte.

Alexandra conocía demasiado bien a Eli para no darse cuenta.

—¿Y qué hiciste después de construir la torre? —preguntó Eli a su hija.

Alexa dejó el tenedor sobre el plato y comenzó a explicar que había decidido construir una casa para sus muñecas. Mientras hablaba, gesticulaba con entusiasmo y añadía tantos detalles que Alexandra tuvo que contener la risa.

—¿Y quién te ayudó? —preguntó Eli.

—El abuelo. Pero no sabía hacerlo bien.

Alexandra se rio.

—Eso ya me lo contó tu abuelo.

—Mamá, ¿puedo invitarlo mañana para que vuelva a jugar conmigo?

—Puedes preguntárselo, cariño.

Alexa sonrió satisfecha y volvió a concentrarse en la cena.

Cuando la niña terminó de comer, Alexandra la acompañó a lavarse los dientes y ponerse el pijama. Después se sentó junto a ella para leerle un cuento antes de dormir.

Eli aprovechó esos minutos para recoger la mesa, aunque su mente seguía ocupada con la misma pregunta.

¿Cómo iba a decirle a Alexandra que quería otro hijo?

Cuando terminó de ordenar la cocina, se dirigió al dormitorio y encontró a su esposa frente al armario, guardando algunas prendas.

Alexandra levantó la mirada en cuanto la vio entrar.

—Amor, ¿podemos hablar un momento?

Eli se quedó quieta.

—Claro.

Alexandra dejó la ropa que tenía entre las manos y se acercó.

—¿Te pasa algo?

—No. ¿Por qué?

—Porque te conozco.

Eli intentó sonreír.

—Estoy bien.

Alexandra no pareció convencida.

—Llevas semanas distraída. A veces te quedas mirando al vacío, otras veces parece que quieres decirme algo y cambias de tema cuando te pregunto. Pensé que quizá había algún problema en la empresa, pero hoy volviste a hacerlo en la cocina.

Eli bajó la mirada.

Alexandra le tomó las manos.

—Cariño, puedes contarme lo que sea. ¿He hecho algo que te moleste? ¿Hay algo que necesites y no te estoy dando? ¿Te preocupa algo de nuestra familia?

—No, Alexandra. No has hecho nada malo.

—Entonces, ¿qué ocurre?

Eli respiró profundamente.

Había imaginado aquella conversación tantas veces que, cuando finalmente llegó el momento de tenerla, las palabras parecieron desaparecer de su cabeza.

Alexandra le acarició los dedos con suavidad.

—No tienes que tener miedo de hablar conmigo, amor. Somos esposas. Quiero que podamos contarnos todo, incluso aquello que nos cuesta decir.

Eli levantó la mirada.

Aquellos ojos verdes siempre habían sido capaces de desarmarla. Podía enfrentarse a una sala llena de directivos, negociar con personas difíciles y defender sus decisiones ante cualquier inversionista, pero cuando se trataba de algo tan importante para su corazón, necesitaba reunir todo su valor.

—Hay algo que llevo semanas queriendo pedirte —confesó finalmente.

Alexandra frunció ligeramente el ceño.

—¿Pedirme?

Eli asintió.

—Y no sé si vas a querer lo mismo que yo.

Alexandra le soltó una mano solo para acariciarle la mejilla.

—Amor, no puedo responderte si no me dices de qué se trata.

Eli dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

—Lo sé. Es que… he estado pensando mucho en nuestra familia.

La expresión de Alexandra se suavizó.

—¿Ha pasado algo con Alexa?

—No, nuestra hija está perfectamente. Es una niña maravillosa y me hace feliz verla crecer.

Pero últimamente, cuando la miro, recuerdo cuando era pequeña.

Recuerdo cómo la sostenías en tus brazos, cómo te quedabas despierta para comprobar que estuviera bien y cómo te emocionabas con cada cosa nueva que hacía.

Alexandra sonrió al recordar aquellos días.

—Estaba completamente enamorada de ella.

—Lo sigues estando.

—Eso nunca va a cambiar.

Eli apretó sus manos.

—Lo sé. Y precisamente por eso he estado pensando en algo.

Alexandra esperó sin interrumpirla.

Eli respiró hondo una vez más.

—Quiero tener otro hijo contigo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.

Por un instante, Eli no supo interpretar la expresión de su esposa. Alexandra permaneció inmóvil, mirándola con los ojos ligeramente abiertos, y aquel silencio hizo que el corazón de Eli comenzara a latir con fuerza.

—No tienes que responderme ahora —se apresuró a añadir—. Sé que tenemos una vida maravillosa con Alexa. También sé cuánto trabajo tienes y no quiero que sientas que te estoy pidiendo algo que no deseas. Llevo semanas pensando en esto, pero me daba miedo que no quisieras volver a empezar.

Alexandra abrió la boca para responder, pero Eli continuó hablando, incapaz de detenerse.

—Y sé que soy mayor que tú. He pensado en todo lo que implicaría, en el embarazo, en volver a organizar nuestras vidas y en cómo cambiarían las cosas.

Pero si tú no quieres, está bien, de verdad.

No voy a quererte menos ni voy a sentir que nuestra familia está incompleta.

Solo necesitaba contártelo porque es algo que deseo mucho.

Al terminar, Eli bajó la mirada, esperando una respuesta que no llegaba.

Alexandra la observó durante unos segundos más.

Después, una sonrisa comenzó a iluminarle el rostro.

—¿De verdad pensaste que podías decirme algo así y que iba a dejarte esperando una respuesta?

Eli levantó la cabeza, desconcertada.

—¿Qué?

Alexandra soltó una pequeña carcajada y la atrajo hacia ella.

—Claro que quiero, amor.

Eli parpadeó.

—¿Sí?

—¡Por supuesto que sí!

—Alexandra…

—¿Qué? —preguntó ella, fingiendo inocencia—. ¿De verdad creíste que no querría tener otro hijo contigo?

Los ojos de Eli comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No estaba segura.

Alexandra dejó de bromear. Le sostuvo el rostro entre las manos y le dio un beso en la frente.