Capítulo 48 — Un beso en la oficina y un abuelo enamorado #2
—¿Desde cuándo una presidenta se molesta porque su padre se interesa por su trabajo?
—Desde que ese padre tiene la costumbre de convertir cualquier visita en una evaluación de sus capacidades.
Ricardo soltó una carcajada.
—Sigues siendo igual de desconfiada.
—Y tú sigues evitando responder mis preguntas.
Él negó con la cabeza, divertido.
—La empresa está funcionando bien, Alexandra. He visto los resultados. Los contratos que has conseguido y la manera en que has organizado los distintos departamentos demuestran que sabes lo que estás haciendo.
La joven se quedó mirándolo, sorprendida por la naturalidad con la que había pronunciado aquellas palabras.
—¿Eso significa que estás satisfecho con mi trabajo?
—Significa que estoy orgulloso de ti.
Alexandra bajó la mirada durante un instante.
Aunque no necesitaba la aprobación de nadie para dirigir su empresa, escuchar aquello de su padre seguía teniendo un valor especial.
—Gracias, papá.
Ricardo se levantó y rodeó la mesa.
—Pero debo reconocer que hay otro motivo por el que vine hoy.
Alexandra volvió a mirarlo con desconfianza.
—Lo sabía. ¿Qué necesitas?
—Nada.
—Papá…
—Está bien, está bien. —Ricardo levantó las manos en señal de rendición—. Quiero ver a mi nieta.
Alexandra se quedó en silencio.
Después soltó una carcajada.
—¡Lo sabía!
—¿Qué cosa?
—Que no viniste solamente por los informes.
Ricardo intentó mantener una expresión seria, pero la sonrisa terminó traicionándolo.
—También vine por los informes.
—Claro. Y yo soy una empleada que necesita autorización para salir a almorzar.
—No seas insolente.
—Tú me enseñaste.
Ricardo se acercó para abrazarla.
—Puede que haya cometido ese error.
Alexandra apoyó la cabeza brevemente sobre el hombro de su padre. Por mucho que hubiera crecido, por más responsabilidades que llevara sobre los hombros, aquel hombre seguía siendo una parte fundamental de su vida.
Cuando se separaron, ella le acomodó la solapa de la chaqueta.
—Alexa está en la guardería de la empresa. Puedes ir a verla, pero te advierto algo.
Ricardo arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—No la acostumbres a conseguir todo lo que quiere.
Él la miró como si acabara de escuchar una petición absurda.
—Es mi nieta.
—Precisamente.
—Alexandra, no puedes esperar que sea estricto con una niña tan encantadora.
—Tiene cuatro años y ya sabe cómo conseguir que todos hagan lo que quiere.
—Entonces es una niña inteligente.
—Es una pequeña manipuladora.
Ricardo sonrió con orgullo.
—Definitivamente, es una Woods.
Alexandra se llevó una mano a la frente.
—Voy a arrepentirme de permitirte verla.
—No, hija. Vas a arrepentirte de no haber venido conmigo.
Antes de que pudiera responder, Ricardo ya se dirigía hacia la puerta.
Alexandra lo siguió, riéndose a pesar de sí misma.
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La guardería de Woods International había sido construida junto a las oficinas principales para que los empleados pudieran trabajar con la tranquilidad de saber que sus hijos estaban cerca.
La idea había sido de Eli, aunque Alexandra se había encargado de supervisar personalmente cada detalle del proyecto. Desde la distribución de los espacios hasta la seguridad de las instalaciones, la presidenta había intervenido en todo.
Y, por supuesto, había exigido que el lugar fuera lo suficientemente cómodo y hermoso para su hija.
Cuando Ricardo llegó, una de las cuidadoras lo recibió con una sonrisa.
—Buenos días, señor Woods.
—Buenos días. ¿Dónde está Alexa?
—Está jugando en el patio.
Ricardo no esperó a que le dijeran nada más.
Atravesó la entrada y encontró a su nieta sentada en una pequeña mesa, rodeada de bloques de colores. Tenía el cabello ligeramente despeinado y los ojos verdes concentrados en una construcción que parecía mucho más complicada de lo que correspondía a su edad.
—¿Qué está haciendo mi princesa? —preguntó Ricardo.
Alexa levantó la cabeza.
Sus ojos se iluminaron al reconocerlo.
—¡Abuelo!
La niña se levantó de inmediato y corrió hacia él.
Ricardo se agachó para recibirla y la alzó entre sus brazos.
—¡Mi niña preciosa!
Alexa rodeó su cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla.
—¿Viniste a buscarme?
—Vine a visitarte.
—¿Y trajiste algo?
Ricardo miró a su nieta con fingida sorpresa.
—¿Eso es lo primero que me preguntas?
Alexa asintió muy seria.
—Sí.
El abuelo soltó una carcajada.
—Eres igualita a tu madre.
—¿A mamá Alexandra?
—Exactamente.
Alexa sonrió satisfecha.
—Yo soy una presidenta.
Ricardo tuvo que apretar los labios para no reírse.
—¿Ah, sí?
—Sí. Mamá Alexandra es presidenta y yo también.
—¿Y qué hace una presidenta?
Alexa se acomodó en sus brazos y levantó la barbilla con una seriedad extraordinaria.
—Manda.
Ricardo estalló en carcajadas.
—¡Dios mío! ¿Qué les están enseñando a esta niña?
—Yo mando bien —protestó Alexa.
—Por supuesto, mi amor. ¿Y qué quieres que haga tu abuelo?
La niña lo miró con una sonrisa dulce.
—Quiero que juegues conmigo.
Ricardo dejó escapar un suspiro exagerado.
—Esa sí es una orden que estoy dispuesto a obedecer.
Alexa aplaudió.
—¡Vamos!
Ricardo la dejó en el suelo y se sentó junto a la pequeña mesa. Durante los siguientes minutos, el hombre que había dirigido negociaciones importantes y tomado decisiones empresariales durante buena parte de su vida se dedicó a construir torres con bloques de colores.
Alexa le explicaba dónde debía colocar cada pieza.
—No, abuelo. Ese va aquí.
—¿Aquí?
—No. Más a la derecha.
Ricardo movió el bloque.
—¿Así?
La niña negó con la cabeza.
—Abuelo, no sabes construir.
Él fingió una expresión ofendida.
—¿Cómo que no sé construir? He construido una de las empresas más importantes de esta familia.
—Pero esto no es una empresa.
Ricardo se quedó mirándola.
Después se echó a reír tan fuerte que una de las cuidadoras volvió la cabeza para comprobar qué estaba sucediendo.
—Tienes razón, mi princesa. En esto necesito que me enseñes.
Alexa sonrió con orgullo y le explicó nuevamente cómo debía colocar las piezas.
Desde la entrada del patio, Alexandra observaba la escena junto a Eli.
Habían llegado unos minutos antes, pero ninguna de las dos quiso interrumpirlos.
Eli entrelazó los dedos con los de su esposa.
—Tu padre está completamente enamorado de ella.
Alexandra sonrió.
—Lo sé. Cuando yo era pequeña, también me consentía, pero creo que con Alexa ha perdido toda capacidad de negarle algo.
—¿Y tú qué esperabas? Es su nieta.
—Espero que no le compre todo lo que le pida.
Eli la miró de reojo.
—¿Quieres apostar?
Alexandra suspiró.
—No. Conozco a mi padre.
En ese preciso momento, Alexa levantó una pequeña construcción de bloques.
—¡Abuelo, quiero que me compres uno más grande!
Ricardo contempló la torre con admiración.
—Por supuesto, princesa. Buscaremos uno enorme.
Alexandra cerró los ojos.
—Ya empezó.
Eli soltó una carcajada y apoyó la cabeza en el hombro de su esposa.
—Déjalos. Están felices.
Alexandra volvió a mirar a su padre y a su hija.
Ricardo sostenía a Alexa en brazos mientras ella le explicaba que necesitaba una construcción todavía más alta para que todas sus muñecas tuvieran una oficina.
El abuelo la escuchaba con una seriedad absoluta, como si estuvieran discutiendo un proyecto de varios millones de dólares.
Alexandra sintió que algo cálido le llenaba el pecho.
Había pasado buena parte de su vida intentando demostrar que podía estar a la altura del apellido Woods. Había luchado por ganarse un lugar en la empresa, por tomar sus propias decisiones y por construir un futuro en el que nadie pudiera cuestionar su capacidad.
Ahora comprendía que el éxito no se medía únicamente en contratos, ganancias o edificios.
También estaba en aquellos momentos.
En una hija que corría hacia su abuelo.
En una esposa que le tomaba la mano sin necesidad de decir nada.
En una familia que, con todos sus defectos y sus extravagancias, era el lugar al que siempre quería regresar.
—Te amo —murmuró Alexandra, mirando a Eli.
Eli levantó la cabeza y le sonrió.
—Yo también te amo.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?
—¿Qué?
Alexandra observó a Alexa, que acababa de conseguir que Ricardo prometiera comprarle una nueva caja de bloques.
—Que nuestra hija nunca va a dudar de cuánto la quieren.
Eli apretó suavemente su mano.
—Ni de cuánto la queremos nosotras.
Alexandra se inclinó para besarla.
Fue un beso breve, lleno de ternura y de esa complicidad que los años no habían hecho más que fortalecer.
Al separarse, Eli apoyó la frente contra la suya.
—Ahora será mejor que vayamos a rescatar a tu padre antes de que le prometa comprarle una empresa entera.
Alexandra sonrió.
—Si lo hace, al menos me aseguraré de que la empresa sea rentable.
Las dos se echaron a reír.
Y mientras Ricardo continuaba jugando con Alexa, ajeno a cualquier informe financiero, Alexandra comprendió que aquella era una de las mayores riquezas de su vida: tener una familia que la amaba sin exigirle que fuera perfecta.
Porque para su hija, ella no era solamente la presidenta de Woods International.
Era mamá Alexandra.
Y para Ricardo, por muchos años que pasaran, siempre sería su hija.