La heredera del imperio Woods Capítulo 47 — La mini Alexandra
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Capítulo 47 — La mini Alexandra

Los meses y los años habían pasado, y Alexa Elizabeth Woods Sinclair ya tenía cuatro años.

Era una niña inteligente, curiosa y llena de energía. Había heredado muchas de las características de sus madres: los intensos ojos verdes de Alexandra, su seguridad al caminar, su carácter decidido y aquella manera tan particular de mirar a las personas cuando quería conseguir algo.

En Woods International, todos la conocían como la mini Alexandra.

Y el apodo no podía ser más acertado.

Alexa recorría los pasillos de la empresa como si fuera la dueña del lugar.

Saludaba a los empleados, preguntaba por las reuniones, se detenía a observar las pantallas donde aparecían gráficos financieros y, cuando alguien intentaba explicarle que ciertas cosas eran demasiado complicadas para una niña de cuatro años, ella simplemente levantaba la barbilla y respondía que algún día también tendría una oficina.

Aunque, para ser sinceros, ya se había apropiado de una.

La oficina de Alexandra era su lugar favorito.

Cada vez que visitaba la empresa, Alexa entraba en el despacho de su madre sin llamar, caminaba hasta el enorme escritorio y se acomodaba en la silla ejecutiva.

Después, colocaba algunos documentos frente a ella, cruzaba los brazos y comenzaba a imitar las expresiones serias que había visto tantas veces en Alexandra.

—Natalie, necesito que vengas un momento —decía con una voz diminuta, intentando sonar tan autoritaria como su madre.

Natalie, que llevaba años trabajando con Alexandra, jamás conseguía contener la risa.

—Por supuesto, señorita Woods. ¿Qué necesita?

Alexa fingía revisar los papeles.

—Necesito saber por qué todavía no está listo mi informe.

—¿Su informe, señorita?

—Sí. El que te pedí ayer.

Natalie se llevaba una mano al pecho, fingiendo sorpresa.

—Perdóneme. No volverá a suceder.

—Está bien. Pero la próxima vez quiero que lo hagas más rápido.

Cuando Alexandra presenciaba aquellas escenas, tenía que disimular la sonrisa. Su hija no solo había heredado su apariencia, sino también sus gestos, sus expresiones y aquella seguridad que tantas veces había provocado discusiones en las salas de juntas.

—¿Sabes que esa oficina es mía? —le preguntó una mañana, acercándose al escritorio.

Alexa levantó la mirada.

—Sí, mamá.

—Entonces, ¿por qué estás sentada en mi silla?

La niña miró el asiento, después a su madre y finalmente volvió a acomodarse con una tranquilidad desconcertante.

—Porque tú eres mi mamá y yo soy tu hija. Cuando sea grande, también voy a tener una oficina.

Alexandra arqueó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y quién te dijo que ibas a trabajar aquí?

—Nadie. Yo lo decidí.

Natalie, que se encontraba junto a la puerta, soltó una carcajada.

Alexandra se quedó mirando a su hija durante unos segundos antes de inclinarse para darle un beso en la frente.

—Definitivamente, eres igual a mí.

—Eso dice mamá Eli —respondió Alexa, orgullosa.

—¿Y qué más dice mamá Eli?

La pequeña sonrió con picardía.

—Que tienes que aprender a compartir.

Natalie tuvo que apartar la mirada para no reírse delante de la presidenta.

Alexandra, por su parte, se quedó sin respuesta. Era evidente que Eli había encontrado la manera perfecta de recordarle que ni siquiera una mujer capaz de dirigir un imperio podía ganar todas las discusiones dentro de su propia familia.

Y, si la responsable era su hija, mucho menos.

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Mientras Alexandra continuaba conquistando el mundo empresarial, Eli había descubierto que los años podían transformar por completo la manera en que una persona entendía el amor.

A veces, mientras observaba a su esposa jugar con Alexa en el jardín de su casa, todavía le costaba creer que aquella vida fuera realmente suya.

Habían pasado cuatro años desde el nacimiento de su hija. Cuatro años de mañanas compartidas, noches en las que se quedaban hablando hasta tarde, viajes familiares, celebraciones y pequeños momentos que, sin darse cuenta, se habían convertido en los recuerdos más importantes de su vida.

Eli había amado antes. Había construido un matrimonio creyendo que estaba haciendo lo correcto y había pasado mucho tiempo intentando convencerse de que aquella era la vida que le correspondía.

Pero ahora comprendía que sobrevivir a una relación no era lo mismo que sentirse amada.

Con Alexandra todo era diferente.

Su esposa podía ser exigente, competitiva y terriblemente orgullosa.

Podía convertir una reunión en una batalla y discutir durante media hora para demostrar que tenía razón.

Sin embargo, también era la mujer que recordaba cómo le gustaba el café a Eli, que buscaba su mano debajo de la mesa durante las reuniones familiares y que jamás se iba a dormir sin asegurarse de que estuvieran bien.

Era la mujer que había aprendido a reconocer sus silencios, que la abrazaba cuando el cansancio podía más que sus palabras y que encontraba mil maneras de recordarle que no tenía que enfrentarse sola a nada.

Y, sobre todo, era la mujer que la había elegido.

Una y otra vez.

Sin esconderla, sin hacerla sentir que debía conformarse con las sobras de una vida que no le pertenecía y sin permitir que dudara del lugar que ocupaba en su corazón.

Eli nunca había imaginado que pudiera sentirse tan feliz.

Una tarde, después de recoger a Alexa de la guardería, regresó a casa y encontró a Alexandra en el jardín, sentada sobre una manta junto a su hija. Las dos tenían varios juguetes a su alrededor y una pequeña merienda entre ellas.

Alexandra llevaba una blusa blanca y unos pantalones oscuros. Su cabello estaba recogido de manera descuidada y tenía una expresión de absoluta concentración mientras Alexa le explicaba las reglas de un juego que, aparentemente, acababa de inventar.

—No, mamá. Así no se hace.

—¿Cómo que no? Estoy siguiendo tus instrucciones.

—Pero lo haces mal.

—Alexa, soy la presidenta de Woods International. He cerrado contratos millonarios y he negociado con empresarios que llevan toda una vida haciendo negocios.

La niña negó con la cabeza.

—Pero no sabes jugar.

Eli se quedó en la entrada, contemplándolas con una sonrisa.

Alexandra miró a su hija como si acabara de recibir la peor noticia de su vida.

—Esto es una falta de respeto hacia tu madre.

—Mamá Eli dice que tienes que tener paciencia.

—Tu madre Eli habla demasiado.

—¡Alexandra! —protestó Eli desde la entrada.

Alexandra giró la cabeza y, en cuanto la vio, su expresión cambió por completo.

La dureza desapareció de su rostro. Sus ojos verdes se iluminaron y una sonrisa sincera apareció en sus labios.

—Mi amor.

Se levantó inmediatamente y caminó hacia ella.

Eli apenas tuvo tiempo de dejar el bolso antes de recibir el abrazo de su esposa. Alexandra rodeó su cintura y la atrajo hacia sí, depositando un beso suave en sus labios.

—Llegaste temprano —murmuró.

—Terminé antes de lo previsto.

—Perfecto. Así puedes ayudarme a explicarle a esta pequeña dictadora que no siempre tiene la razón.

Alexa se levantó de la manta y corrió hacia ellas.

—¡Mamá Eli! ¡Mamá Alexandra no sabe jugar!

Eli miró a su esposa con una sonrisa divertida.

—¿De verdad?

—Está cuestionando mi capacidad intelectual —respondió Alexandra con fingida indignación.

—Quizá deberías aceptar que hay cosas que no puedes controlar.

—¿Tú también vas a ponerte de su lado?

—Siempre que tenga razón.

Alexandra abrió la boca, escandalizada.

—Estoy rodeada de conspiradoras.

Alexa se rio y abrazó una pierna de cada una.

Eli observó a su esposa, a su hija y aquel pequeño mundo que habían construido juntas. Entonces sintió una emoción tan profunda que tuvo que contener las lágrimas.

Alexandra lo notó.

Su sonrisa se suavizó y tomó el rostro de Eli entre las manos.

—¿Qué pasa, amor?

—Nada malo —respondió Eli, cubriendo una de las manos de su esposa con la suya—. Solo estaba pensando.

—¿En qué?

Eli miró a Alexa, que había vuelto a jugar con sus muñecos, y después regresó la mirada a Alexandra.

—En lo feliz que soy contigo.

Alexandra dejó de sonreír por un instante, sorprendida por la sinceridad de aquellas palabras.

—Yo también soy feliz contigo.

—No, Alexandra. Creo que no entiendes cuánto.

Eli respiró profundamente.

—Durante mucho tiempo pensé que mi matrimonio anterior era lo que debía ser.

Creí que amar significaba acostumbrarse, cumplir con las expectativas de los demás y seguir adelante aunque algo dentro de mí no estuviera bien.

No sabía que podía sentirme así. No sabía que podía despertarme cada mañana y emocionarme porque voy a verte, ni que podía mirar a nuestra hija y sentir que tengo todo lo que alguna vez necesité.

Alexandra la escuchó en silencio.

—Estos cuatro años me han enseñado más sobre el amor que toda mi vida anterior —continuó Eli—.

Contigo no tengo que fingir. No tengo que preguntarme si soy suficiente ni si mañana vas a decidir que ya no me quieres.

Tú me lo demuestras todos los días, incluso cuando estás ocupada, incluso cuando discutimos y hasta cuando intentas convencerme de que siempre tienes la razón.

—Porque casi siempre la tengo —murmuró Alexandra.

Eli soltó una pequeña carcajada entre lágrimas.

—¿Ves? Eso también lo haces.

Alexandra sonrió y apoyó su frente contra la de ella.

—Escúchame bien, Eli Sinclair. No sé qué hice para tener tanta suerte, pero pienso pasar el resto de mi vida asegurándome de que nunca tengas que volver a dudar de lo mucho que te amo.

Eli cerró los ojos.

—Ya no dudo.

—Bien. Porque no pienso soltarte.

—Más te vale.

Alexandra la besó con ternura. No fue un beso apresurado ni una demostración para los demás. Fue uno de esos besos tranquilos que nacían de la confianza, de los años compartidos y de la certeza de haber encontrado un hogar en otra persona.

—¡Mamá! ¡Yo también quiero un beso! —reclamó Alexa.

Las dos se separaron entre risas.

Alexandra se agachó y abrió los brazos. La niña corrió hacia ella, y Eli se inclinó para abrazarlas a ambas.

Durante unos segundos permanecieron así, las tres juntas en medio del jardín.

Eli apoyó la cabeza sobre el hombro de Alexandra y contempló a su hija, que intentaba abrazarlas al mismo tiempo sin saber muy bien dónde colocar los brazos.

No necesitaba nada más.

Tenía una esposa que la amaba, una hija que llenaba su vida de alegría y una casa a la que siempre deseaba regresar.

Y mientras Alexandra le acariciaba la espalda con una mano y sostenía a Alexa con la otra, Eli comprendió que aquellos años no solo habían sido suficientes para dejar atrás su antiguo matrimonio.

Habían sido suficientes para descubrir que la vida podía ser mucho más hermosa de lo que jamás se había atrevido a imaginar.

Porque, al final, su mayor fortuna no era el dinero, ni las empresas, ni el apellido que aparecía en los documentos más importantes.

Su mayor fortuna eran ellas.

Alexandra y Alexa.

Su esposa y su hija.

Su familia.

Su hogar.

Y el amor que, después de tantos años, seguía creciendo entre las tres.