Capítulo 46 — Un almuerzo para volver a encontrarnos #2
Alexandra respondió de inmediato, sujetándola suavemente por la cintura.
El beso, que había comenzado como una caricia dulce, pronto se volvió apasionado.
Eli se acercó más a ella y Alexandra olvidó por completo que estaban en el estacionamiento de la empresa, que tenían una reserva para almorzar y que alguien podía aparecer en cualquier momento.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, ambas respiraban con mayor rapidez.
—¿Y eso? —murmuró Alexandra, rozándole los labios—. ¿Debo entender que mi esposa está intentando seducirme antes del almuerzo?
—No te emociones demasiado, presidenta.
—Demasiado tarde.
Eli sonrió, pero, cuando Alexandra intentó abrirle la puerta del automóvil, volvió a sujetarla de la mano.
—Espera.
—¿Ahora qué, amor?
En lugar de responder, Eli la besó nuevamente.
Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa, y Alexandra sintió que aquella pequeña muestra de cariño despertaba todo lo que había extrañado durante los últimos días: la confianza, la complicidad y esa manera tan particular que tenía Eli de hacerla olvidar el resto del mundo.
Alexandra abrió la puerta del conductor y ambas entraron al vehículo. Sin embargo, ninguna parecía tener demasiada prisa por arrancar.
—Se supone que vamos a almorzar —comentó Eli, acomodándose en el asiento.
—Sí, lo recuerdo perfectamente.
—Entonces, ¿por qué sigues mirándome así?
Alexandra se inclinó hacia ella y le acarició la mejilla.
—Porque estás preciosa y porque llevo demasiado tiempo deseando tenerte así, cerca de mí, sin sentir que hay algo entre nosotras que no podemos decir.
La expresión de Eli se suavizó.
—Yo también te he extrañado, Alexandra.
Aquella confesión terminó de borrar la distancia que todavía quedaba entre ambas.
Eli se acercó y la besó con una intensidad que hizo que Alexandra olvidara la respuesta que estaba a punto de darle.
Sus manos se buscaron con ternura, sus frentes se rozaron entre un beso y otro, y las sonrisas cómplices se mezclaron con palabras de amor susurradas en la intimidad del automóvil.
—Te amo —murmuró Alexandra contra sus labios.
—Yo también te amo.
—¿Estás segura de que quieres ir a almorzar?
Eli soltó una risa suave.
—Alexandra Woods, no pienso perder mi reserva por tu culpa.
—Podemos llamar y avisar que llegaremos tarde.
—¿Y después qué excusa vas a inventar?
Alexandra sonrió con picardía.
—Que mi esposa es demasiado irresistible y que no tuve ninguna posibilidad de resistirme.
—¡Eres imposible!
—Pero me amas.
—Desgraciadamente.
Eli volvió a besarla y Alexandra la atrajo suavemente hacia sí.
Durante un buen rato se olvidaron de la hora y de todo lo que las esperaba en la oficina.
Se entregaron a aquel reencuentro íntimo con cariño y pasión, recuperando la cercanía que tanto necesitaban.
Los besos se hicieron más lentos, las caricias más tiernas y las palabras dejaron de ser necesarias
Eli se sentó encima de Alex la besaba con locura, sentía lo dura que estaba su esposa y desprendió los botones del pantalón para liberar su miembro, empezó a tocarla y luego se alzo para sentarse encima del miembro duro y caliente de su esposa, empezo a cabalgarla rápidamente dejando mordiscos en el cuello de Alexandra por tanto placer contenido, no quería gemir ni gritar fuerte,el cuello de su esposa sirvió para contenerse, Alexandra no quería que terminase rápido agarro a eli y la ubicó en el asiento trasero para meterse en medio y penetrarla, a ritmos acelerados con las respiraciones entrecortadas cayeron rendidas en un orgasmo profundo
Dentro del automóvil, lejos por unos instantes de las exigencias de la empresa, volvieron a sentirse simplemente Alexandra y Eli: dos mujeres enamoradas que deseaban estar juntas.
Cuando finalmente se separaron, Eli apoyó la frente en la de su esposa y sonrió.
—Ahora sí. Vamos a almorzar.
Alexandra la miró con fingida resignación.
—Me parece injusto que me provoques de esa manera y después pretendas que conduzca como si nada hubiera pasado.
—Confío en tus habilidades, presidenta.
—Mis habilidades están perfectamente bien. Mi concentración, en cambio, acaba de presentar su renuncia.Y quiero un segundo raum
Eli estalló en carcajadas y le dio un último beso, esta vez breve y dulce.
—Arranca, amor. Y recuerda que todavía tenemos toda la tarde por delante.
Alexandra se quedó mirándola unos segundos, con una sonrisa enamorada.
—No sabes cuánto me gusta escuchar eso.
Finalmente, puso en marcha el automóvil y salió del estacionamiento, tomando la mano de Eli durante los primeros instantes del trayecto.
El almuerzo seguía esperándolas, pero ambas sabían que aquel pequeño momento había sido mucho más que una interrupción de sus planes.
Era una forma de recordarse que el amor seguía allí, intacto en lo esencial, y que todavía podían encontrarse en un beso como si el mundo entero desapareciera a su alrededor.
El restaurante las recibió con una atmósfera tranquila. La terraza estaba rodeada de plantas y pequeñas flores blancas, y desde su mesa podían observar el movimiento de la ciudad sin escuchar el ruido del tráfico. Alexandra ayudó a Eli a sentarse antes de ocupar la silla frente a ella.
—Tengo que reconocer que has elegido muy bien —dijo Eli mientras observaba el lugar.
—Siempre elijo bien cuando se trata de ti.
—¿Siempre?
—Bueno, casi siempre.
Eli entrecerró los ojos.
—Alexandra.
—Está bien, siempre. No me mires así.
La camarera se acercó para tomar sus pedidos. Eli eligió su plato favorito y Alexandra pidió lo mismo, alegando que cualquier comida sabía mejor cuando compartían los mismos gustos. Cuando quedaron solas, Eli dejó los cubiertos a un lado.
—Quería hacer esto porque siento que llevamos días hablando de problemas, de contratos y de lo que ocurrió con Angi. Necesitaba recordar que también podemos estar juntas sin que todo gire alrededor de algo doloroso.
Alexandra la escuchó atentamente.
—Me parece una excelente idea.
—Y quería verte sonreír.
La expresión de Alexandra se volvió más suave.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
—¿Qué?
—Que incluso cuando estás herida, sigues buscando la manera de cuidar lo nuestro.
Eli bajó la mirada por un instante.
—Porque lo nuestro vale la pena.
Alexandra extendió la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Vale más que cualquier contrato que pueda conseguir. Más que esta empresa, más que cualquier cosa que haya construido en mi vida.
—No tienes que competir con Angi para demostrarme eso.
—No estoy compitiendo con ella. Estoy eligiendo lo que tengo contigo.
Eli levantó los ojos y la miró fijamente.
—Entonces sigue eligiéndome así.
—Todos los días.
El almuerzo llegó poco después y, tal como habían prometido, evitaron hablar de negocios durante los primeros minutos.
Recordaron una de sus primeras citas, cuando Alexandra había reservado una mesa en un restaurante elegante y terminó discutiendo con el chef porque insistía en que el plato de Eli estaba demasiado frío.
—No estabas discutiendo por mi comida —protestó Eli entre risas—. Estabas discutiendo porque el chef no sabía con quién estaba hablando.
—Tu comida estaba fría.
—Y tú estabas insoportable.
—Pero conseguiste que te invitaran a cenar gratis.
—Porque tú amenazaste con comprar el restaurante.
Alexandra sonrió, sin el menor arrepentimiento.
—Era una opción perfectamente razonable.
—Eres imposible.
—Y, aun así, te casaste conmigo.
—Ese fue mi primer gran error.
Alexandra fingió quedarse paralizada.
—¿Tu primer error?
Eli se inclinó hacia ella, sonriendo.
—El segundo fue enamorarme todavía más después de casarnos.
Alexandra soltó una carcajada y se llevó la mano de Eli a los labios para besarla.
—Te amo, señora Sinclair.
—Yo también te amo, Alexandra.
Por un momento, la mujer de ojos azules volvió a sentirse completamente en casa.
No porque hubiera olvidado lo ocurrido ni porque el dolor hubiera desaparecido de repente, sino porque estaba comprobando que podía hablar de ello, recibir cariño y seguir adelante sin renunciar a sus propias emociones.
Después del postre, Alexandra pidió la cuenta antes de que Eli pudiera siquiera buscar su bolso.
—Ni se te ocurra protestar —advirtió—. Yo te invité a almorzar.
Eli sonrió.
—Fui yo quien te invitó.
Alexandra se quedó inmóvil.
—Cierto.
—Así que hoy pago yo.
—No.
—Alexandra...
—Eli...
Se miraron en silencio durante dos segundos antes de echarse a reír. Finalmente, acordaron que Eli pagaría el almuerzo y Alexandra compraría algo dulce para compartir en casa con su pequeña Alexa.
Cuando salieron del restaurante, Alexandra rodeó los hombros de su esposa con un brazo.
—Gracias por invitarme hoy.
Eli se detuvo junto a ella.
—Gracias por aceptar.
—Siempre aceptaré una invitación tuya.
—¿Incluso si te invito a comer ensalada?
Alexandra hizo una mueca.
—No arruinemos este hermoso momento.
Eli rio y se puso de puntillas para besarla.
—Vamos, presidenta. Tenemos una empresa esperándonos.
Alexandra le devolvió el beso antes de tomarla de la mano.
—Que espere cinco minutos más.
—¿Otra vez?
—Solo quiero disfrutar un poco de mi esposa.
Eli entrelazó los dedos con los suyos y apoyó la cabeza brevemente en su hombro mientras caminaban hacia el automóvil.
Aquel almuerzo no había borrado el recuerdo del beso de Angi ni había resuelto de golpe todas las inseguridades que podían aparecer en el futuro.
Pero les había regalado algo que necesitaban: un espacio para volver a mirarse sin miedo, reír sin culpa y recordar por qué habían elegido construir una vida juntas.
Y, para Alexandra, no existía contrato más importante que aquel compromiso silencioso que renovaba cada vez que tomaba la mano de Eli.
Amarla. Respetarla. Y demostrarle, una y otra vez, que su corazón ya tenía un hogar.
Ese hogar era ella.