La heredera del imperio Woods Capítulo 46 — Un almuerzo para volver a encontrarnos
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Capítulo 46 — Un almuerzo para volver a encontrarnos

La mañana en Woods International transcurrió con una tranquilidad poco habitual.

Alexandra Woods llevaba casi una hora revisando los últimos documentos relacionados con el contrato europeo.

Aunque su atención estaba puesta en los informes, una parte de sus pensamientos seguía concentrada en Eli.

La noche anterior habían conseguido acercarse nuevamente.

Habían cenado juntas, hablado con sinceridad y compartido besos que les recordaron que, a pesar de las heridas y las inseguridades, seguían eligiéndose.

Sin embargo, Alexandra conocía a su esposa lo suficiente como para saber que una conversación no siempre bastaba para sanar lo que dolía.

Quería recuperar la complicidad de Eli. Quería verla sonreír sin que una sombra de tristeza apareciera en sus ojos cada vez que recordaba lo sucedido con Angi.

Y, sobre todo, quería demostrarle que no tenía nada que temer.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

Eli apareció en el umbral con una carpeta entre las manos. Llevaba el cabello castaño perfectamente acomodado y vestía un elegante conjunto que resaltaba su figura. Sus ojos azules se encontraron con los verdes de Alexandra.

—¿Estás ocupada?

Alexandra dejó inmediatamente el bolígrafo sobre el escritorio.

—Para ti, nunca.

Una sonrisa discreta apareció en los labios de Eli.

—Eso dices porque todavía no has visto la cantidad de documentos que necesito que revises.

—Si vienen de ti, puedo pasarme el día entero leyéndolos.

—Qué romántica eres cuando quieres conseguir algo.

—No necesito conseguir nada de ti, señora Sinclair.

Eli alzó una ceja, divertida.

—¿Ah, no?

—No. Ya tengo lo más importante.

—¿Y qué sería eso?

Alexandra se levantó de su silla y rodeó el escritorio hasta quedar frente a ella.

—A ti.

La respuesta fue tan sencilla y sincera que Eli perdió por un instante la expresión burlona. Alexandra le acarició suavemente la mano antes de inclinarse para besarle la mejilla.

—¿Qué necesitas, amor?

Eli miró la hora en su reloj y después volvió a observarla.

—En realidad, venía a proponerte algo.

—Te escucho.

—¿Te gustaría almorzar conmigo?

Alexandra parpadeó, sorprendida.

—¿Almorzar?

—No, Alexandra. Te estoy invitando a una expedición por el desierto —respondió Eli con ironía—. Claro que a almorzar.

Alexandra soltó una carcajada.

—Vaya, qué carácter tiene mi esposa esta mañana.

—Mi esposa me pone nerviosa cuando se queda mirándome como si acabara de descubrir el secreto del universo.

—Es que todavía me sorprende tener tanta suerte.

La expresión de Eli se suavizó.

—Quiero que almorcemos juntas. Sin reuniones, sin teléfonos sonando y sin hablar del contrato europeo durante toda la comida.

—¿Y si necesito hablar de negocios?

—Te quito el postre.

Alexandra se llevó una mano al pecho, fingiendo horror.

—Eso es crueldad matrimonial.

—Puedes presentar una queja ante el departamento legal.

—Soy la presidenta de esta empresa. Puedo despedir a quien me quite el postre.

—Pero no puedes despedir a tu esposa.

Alexandra sonrió con una seguridad encantadora.

—Jamás cometería semejante estupidez.

Eli se rio suavemente. Era un sonido que Alexandra había extrañado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Entonces, ¿aceptas mi invitación?

Alexandra le tomó ambas manos.

—Por supuesto que sí. ¿A qué hora?

—A las doce y media. Reservé una mesa en ese restaurante pequeño que tanto te gusta, el que tiene una terraza preciosa.

Los ojos verdes de Alexandra brillaron.

—¿El de la esquina, cerca del parque?

—Ese mismo.

—Eli, ese lugar es perfecto.

—Lo sé.

Alexandra la miró con ternura y le acarició los nudillos con los pulgares.

—Gracias por invitarme.

Eli inclinó ligeramente la cabeza.

—No tienes que agradecerme por querer pasar tiempo contigo.

—Sí tengo. Porque sé que todavía estás procesando lo que ocurrió y no quiero que sientas que tienes que fingir que todo está bien para hacerme feliz.

La sonrisa de Eli desapareció lentamente, sustituida por una expresión más vulnerable.

—No estoy fingiendo, Alexandra. Todavía me duele recordar ese beso, pero no quiero que ese momento termine ocupando más espacio en nuestra relación que todo lo que hemos construido juntas.

Alexandra sintió que aquellas palabras le apretaban el corazón.

—No lo permitiré.

—Lo sé. Te vi apartarla. Te escuché dejarle claro que no tenía derecho a tocarte. No estoy enfadada contigo por lo que hizo Angi.

—Aun así, me duele haberte hecho sufrir.

—Tú no elegiste lo que pasó. Ella sí.

Alexandra guardó silencio durante unos segundos, asimilando la sinceridad de su esposa. Después, se acercó un poco más.

—Te amo, Eli. Y si alguna vez vuelves a sentirte insegura, quiero que me lo digas. No quiero que tengas que enfrentarte sola a tus pensamientos.

Eli le acarició la mejilla.

—Voy a intentarlo. Pero tú también tienes que prometerme algo.

—Lo que quieras.

—No vuelvas a decidir por mí que necesitas alejarte para darme espacio. Si necesito estar sola, te lo diré. Pero no quiero despertarme y descubrir que mi esposa ha pasado la noche en un sillón porque cree que debe desaparecer de nuestra habitación.

Alexandra hizo una mueca avergonzada.

—Ya entendí, amor.

—Más te vale.

—Aunque debo admitir que el sillón no era tan incómodo.

Eli abrió los ojos, indignada.

—¡Alexandra!

—¿Qué? Estoy siendo sincera.

—Esta noche vas a dormir en nuestra cama y no quiero escuchar ni una sola queja sobre el colchón.

Alexandra sonrió y rodeó su cintura con los brazos.

—Con semejante amenaza, no me queda otra alternativa que obedecer.

—Me alegra que finalmente comprendas quién manda en esta relación.

—¿Tú?

—Exactamente.

—Por supuesto, cariño. No quisiera arruinarte la ilusión.

Eli le dio un pequeño golpe en el hombro, aunque terminó riéndose contra su pecho cuando Alexandra la abrazó con más fuerza. Durante unos instantes permanecieron así, sin hablar, disfrutando de aquella cercanía que ambas habían temido perder.

Finalmente, Eli levantó la cabeza.

—Tengo que volver a mi oficina.

Alexandra frunció el ceño.

—¿Ya?

—Tenemos una empresa que dirigir, presidenta.

—Podríamos cerrar todo e irnos a almorzar ahora mismo.

—Son las diez y cuarto.

—El tiempo es relativo.

—No cuando tengo una reunión a las once.

Alexandra suspiró dramáticamente.

—Me casé con una mujer demasiado responsable.

—Y yo con una mujer que cree que el mundo puede detenerse cuando quiere besar a su esposa.

—No necesito detener el mundo. Solo necesito que tú te quedes un minuto más.

Eli la miró con una ternura imposible de disimular.

—Un minuto.

Alexandra aprovechó para besarla. Fue un beso dulce, lento y lleno de cariño. No hubo prisas ni necesidad de demostrar nada. Solo la certeza de que todavía podían encontrarse la una en la otra, incluso después de una experiencia dolorosa. Cuando se separaron, Eli apoyó la frente contra la suya.

—Ese fue más de un minuto.

—Soy la presidenta. Puedo modificar las reglas.

—Eres incorregible.

—Y tú estás enamorada de mí.

Eli sonrió.

—Lamentablemente, sí.

—¿Lamentablemente?

—Muchísimo. No tienes idea del trabajo que me das.

Alexandra volvió a besarla en la frente antes de soltarla.

—Nos vemos a las doce y media, mi amor.

—A las doce y media. Y no llegues tarde.

—Llegaría temprano incluso si tuviera que cancelar una reunión con el presidente de otro país.

—No canceles ninguna reunión importante por mí.

Alexandra la miró con una sonrisa pícara.

—Entonces no me pidas que elija entre tú y una reunión importante, porque ya sabes cuál sería mi respuesta.

Eli negó con la cabeza, divertida, y salió del despacho. Alexandra permaneció mirándola hasta que la puerta se cerró. Por primera vez en varios días, sintió que el peso que llevaba en el pecho comenzaba a disminuir.

A las doce y veinte, Eli recibió un mensaje en su teléfono.

Alexandra: Estoy lista para nuestro almuerzo. He terminado todo lo urgente y he rechazado tres reuniones.

Eli sonrió al leerlo.

Eli: ¿Tres reuniones? ¿No crees que estás exagerando?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Alexandra: Una era importante. Las otras dos podían esperar.

Eli: ¿Y cómo sabes que no eran importantes?

Alexandra: Porque ninguna incluía a mi esposa, su sonrisa ni la posibilidad de besarla durante el almuerzo.

Eli soltó una carcajada en medio de su oficina.

Eli: Compórtate, Alexandra Woods.

Alexandra: No prometo nada, señora Sinclair.

Eli guardó el teléfono y tomó su bolso. Cuando llegó al despacho de Alexandra, la encontró esperándola junto a la puerta, con el abrigo sobre el brazo y una sonrisa que parecía reservada exclusivamente para ella.

—Puntual —comentó Eli.

—Quería causar una buena impresión en mi cita.

—¿Una cita? Estamos casadas.

Alexandra le ofreció el brazo.

—Precisamente. Después de tanto tiempo, todavía me gusta invitarte a salir.

Eli aceptó el brazo de su esposa.

—Entonces espero que hayas elegido bien el restaurante.

—He elegido el mejor lugar de la ciudad.

—¿Porque tiene buena comida?

—Porque voy a almorzar contigo.

Eli puso los ojos en blanco, aunque el rubor que apareció en sus mejillas la delató.

—Un día de estos voy a descubrir cómo consigues decir esas cosas sin avergonzarte.

—Cuando lo descubras, me avisas. Yo también quisiera saberlo.

Ambas se echaron a reír mientras caminaban hacia los ascensores.

Al salir del edificio de Woods International, Alexandra llevaba una mano entrelazada con la de Eli y una sonrisa que no había conseguido disimular desde que su esposa la invitó a almorzar.

El automóvil las esperaba en el estacionamiento privado.

Alexandra abrió la puerta del acompañante para que Eli entrara, pero, antes de que pudiera hacerlo, su esposa se volvió hacia ella.

—¿Qué pasa? —preguntó Alexandra al notar aquella mirada azul fija en sus labios.

—Nada —respondió Eli, acercándose un poco más—. Solo estaba pensando en algo.

—Espero que sea algo interesante.

—Muchísimo.

Eli le rodeó el cuello con los brazos y la besó.