La heredera del imperio Woods Capítulo 45 — La distancia que dejó un beso #3
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Capítulo 45 — La distancia que dejó un beso #3

Por primera vez desde que habían regresado a casa, la presidenta dejó que su esposa viera lo que realmente sentía.

—Te extrañé anoche. Estabas a unos metros de mí y, aun así, sentí que no podía acercarme. Quería abrazarte, preguntarte cómo estabas y asegurarme de que no te fueras a dormir sufriendo. Pero tenía miedo de que pensaras que estaba presionándote.

Eli sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.

Alexandra nunca había sido una mujer que confesara fácilmente sus debilidades. Era orgullosa, firme y acostumbraba resolver sus problemas sin mostrar cuánto le afectaban.

Sin embargo, allí estaba, admitiendo que no había sabido cómo actuar frente al dolor de su esposa.

—No tienes que tener miedo de acercarte a mí —susurró Eli.

Alexandra la miró.

—¿No?

Eli negó con la cabeza.

—Puedes acercarte. Puedes abrazarme. Si necesito espacio, te lo diré. Pero no quiero que interpretes mi silencio como si hubiera dejado de quererte.

Alexandra cerró los ojos un instante, aliviada.

—Nunca pensé que hubieras dejado de quererme.

—Entonces, ¿qué pensaste?

La presidenta soltó una pequeña risa triste.

—Que quizá estabas tan herida que verme te hacía sentir peor. Y no quería ser otra razón para que sufrieras.

Eli bajó la mirada.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte por sentirte así.

—Pero sí por haberte dejado sola toda la noche.

Alexandra negó lentamente.

—No estuviste obligada a hacer nada que no quisieras.

Eli la observó durante unos segundos.

Después, como si finalmente hubiera dejado de luchar contra el impulso, se acercó y apoyó la frente contra el pecho de su esposa.

Alexandra se quedó inmóvil por la sorpresa.

No quería asumir que aquel gesto significaba que todo estaba resuelto. No quería apresurarse ni dar por terminado un dolor que todavía existía.

Pero cuando sintió que Eli cerraba los brazos alrededor de su cintura, la rodeó suavemente con los suyos.

La abrazó con cuidado, apoyando la mejilla sobre su cabello.

Eli cerró los ojos.

Durante unos segundos, ninguna habló.

Solo permanecieron abrazadas en aquella habitación silenciosa, junto a la cuna de su hija, intentando recuperar una tranquilidad que las dos necesitaban.

—Te amo —susurró Alexandra.

Eli apretó un poco más los brazos alrededor de su cuerpo.

—Yo también te amo.

—Muchísimo.

—Lo sé.

Alexandra besó suavemente su cabello.

—Y no quiero que vuelvas a sentir que tienes que competir con alguien de mi pasado.

Eli respiró profundamente.

—No quiero competir con nadie. Solo quiero que nuestro matrimonio siga siendo nuestro lugar seguro.

Alexandra se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Lo será. Te lo prometo.

Eli le acarició una mejilla.

—No quiero promesas hechas porque te sientes culpable. Quiero que sigamos hablando, incluso cuando las cosas sean difíciles.

—Lo haremos.

—Y si Angi vuelve a acercarse a ti…

—No tendrá otra oportunidad de hacerlo.

Alexandra sostuvo su mirada.

—Voy a dejarle claro que lo ocurrido fue inaceptable. Y si vuelve a intentar cualquier cosa, tomaré las medidas necesarias para proteger mis límites y nuestra tranquilidad.

Eli asintió lentamente.

No había dejado de estar molesta. Todavía recordaba aquel beso y sabía que necesitaría tiempo para que la imagen perdiera fuerza en su memoria.

Pero ya no sentía que tuviera que enfrentarse sola a aquellas emociones.

Alexandra estaba allí.

No estaba defendiéndose de ella ni exigiéndole que olvidara lo sucedido.

Estaba escuchándola.

Y, por el momento, eso era suficiente.

Desde la cuna llegó un pequeño sonido.

Ambas se volvieron al mismo tiempo.

Alexa había despertado y movía las manos con impaciencia, reclamando la atención de sus madres.

Eli soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Creo que alguien quiere recordarnos que no podemos pasar toda la mañana abrazadas.

Alexandra sonrió.

—Nuestra hija tiene un talento extraordinario para interrumpir los momentos importantes.

—Lo habrá heredado de ti.

—¿De mí? Yo soy una mujer muy discreta.

Eli levantó una ceja.

—Alexandra Woods, eres incapaz de entrar en una habitación sin conseguir que todo el mundo te mire.

La presidenta soltó una carcajada.

Y, por primera vez desde el día anterior, Eli sonrió de verdad.

Era una sonrisa pequeña, todavía frágil, pero Alexandra la recibió como si acabara de ganar algo mucho más importante que cualquier contrato internacional.

Se acercó a la cuna y tomó a su hija en brazos.

—Ven aquí, pequeña. Vamos a darle los buenos días a mamá.

Alexa movió las manitos y soltó un balbuceo.

Eli se acercó para besarle la frente.

Después levantó la mirada hacia Alexandra.

—¿Vas a ducharte? Necesitas descansar un poco más antes de ir a la empresa.

Alexandra la observó con una ternura que no intentó ocultar.

—¿Me estás cuidando otra vez?

—Nunca he dejado de hacerlo.

Aquellas palabras hicieron que la presidenta sintiera un calor profundo en el pecho.

Eli tomó a Alexa en brazos mientras Alexandra recogía su teléfono y la manta del sillón.

Antes de salir de la habitación, la presidenta se detuvo junto a su esposa.

—Eli.

—¿Sí?

Alexandra se inclinó y le besó suavemente la frente.

—Gracias por hablar conmigo.

Eli sostuvo su mirada.

—Gracias por darme tiempo.

No habían solucionado todo.

El recuerdo del beso seguía allí, y Angi todavía tendría que asumir las consecuencias de haber cruzado un límite que Alexandra le había dejado muy claro.

Pero aquella mañana, mientras su hija descansaba entre los brazos de Eli y Alexandra permanecía a su lado, ambas comprendieron algo importante.

El amor no siempre consistía en evitar las heridas.

A veces consistía en aprender a no convertirlas en armas, en escuchar antes de responder y en recordar que una relación no debía convertirse en una lucha entre dos personas que, en realidad, querían protegerse mutuamente.

Alexandra no podía cambiar lo que Angi había hecho.

Eli no podía borrar de su memoria lo que había presenciado.

Pero podían decidir qué hacer a partir de aquel momento.

Y ambas querían seguir eligiéndose.

Aunque todavía quedaran conversaciones pendientes, aunque el orgullo siguiera doliendo y aunque el pasado de Alexandra hubiera regresado de una forma tan desagradable, ninguna de las dos estaba dispuesta a permitir que una tercera persona decidiera el futuro de su familia.

Porque Alexandra Woods tenía muchas cosas por las que luchar.

Pero ninguna era más importante que la mujer que acababa de abrazarla al amanecer.

Y Eli Sinclair, aun con el corazón todavía herido, sabía que seguía queriendo a su esposa con la misma intensidad de siempre.

Solo necesitaba recuperar la tranquilidad.

Y Alexandra estaba dispuesta a acompañarla en ese camino, sin presionarla, sin exigirle que olvidara y sin volver a confundir el silencio con la ausencia de amor.